El Mayor Dilema

Sin armadura

“Die Hölle muss warten” — Eisbrecher

El motor se puso en marcha sin que ninguno dijera nada más. La lluvia caía con una persistencia fina, constante, lo suficiente para borrar los bordes del camino y obligar a conducir desde otra atención. Mila se colocó el casco sin mirar a Matthias. No necesitaba preguntar. Había decisiones que el cuerpo asumía sin negociación.

La ciudad se fue deshaciendo poco a poco. Primero las luces, luego las formas, después el ruido. El espacio se abrió hasta volverse más limpio. El asfalto cambió en algunos tramos, pero Matthias mantuvo el mismo ritmo, sin brusquedad, sin pausas innecesarias. Mila no intentó anticipar el destino. Le bastaba con la coherencia del trayecto.

Cuando se detuvieron, el cambio ya estaba hecho.

Había terreno.

Pero no terminaba en lo visible.

Matthias avanzó unos metros más allá de lo evidente y detuvo la moto sobre una franja que no encajaba del todo con el resto del suelo. Apagó el motor. Durante un instante, la lluvia volvió a ocupar todo.

Mila observó.

Matthias descendió, activó un panel integrado y tecleó el código con naturalidad. La respuesta llegó como una vibración profunda. El suelo bajo ellos se abrió en dos placas limpias, revelando una plataforma con rampa integrada.

No explicó.

No hacía falta.

Mila se acomodó detrás de él y descendieron juntos. A medida que avanzaban, el sonido de la lluvia desaparecía. El aire cambiaba. La luz también.

Cuando alcanzaron el nivel inferior, el espacio los recibió sin dramatismo. Matthias estacionó. La compuerta se cerró sobre ellos con un movimiento preciso.

Arriba, no quedaba rastro.

Mila se quitó el casco y dejó que el lugar se revelara.

—¿Siempre traes a los que están en proceso aquí… o tengo trato preferencial?

Matthias sostuvo la pregunta.

—No todos llegan hasta aquí.

No añadió más.

Caminaron.

Y esta vez, él habló.

No para explicar.

Para nombrar.

Le dijo que la estructura original no servía, que tuvo que abrirla, rehacer recorridos, reforzar puntos. Que cada espacio respondía a una necesidad concreta. Que nada estaba ahí para verse bien, aunque lo hiciera.

Mila escuchaba.

Reconociendo.

Cuando él mencionó el hibernadero, su voz cambió apenas. Dijo que lo había hecho después, cuando entendió que el lugar, sin eso, se volvía rígido.

Mila no interrumpió.

No hacía falta.

La suite no era refugio.

Era previsión.

Al regresar hacia el área central, Mila lo dijo sin rodeos.

—No lo hiciste solo.

Matthias la miró.

—No.

Pausa.

—Pero sí lo terminé.

Mila asintió.

—Se nota.

La cocina apareció como una extensión natural del lugar.

Y ahí, algo en él se suavizó.

—Este es el único espacio que no dejo a medias —dijo.

Abrió compartimientos, sacó ingredientes preparados con precisión.

—¿Comiste?

—No.

—Entonces llegaste a buena hora antes de tu juicio.

Preparó un cóctel de mariscos con movimientos limpios, seguros. Luego el filete. El sonido al tocar la superficie caliente fue breve, preciso. El aroma se expandió sin invadir.

Mila lo observó.

—Aquí te gusta lo que haces.

—Aquí depende de mí.

Le sirvió.

—Empieza.

Mila probó.

—Está muy bien.

Matthias ya estaba en lo siguiente.

—Tenías cara de que necesitabas algo más que lo que sueles comer.

Mila lo miró.

—¿Eso es un diagnóstico?

—Es evidente.

Pausa.

—Te mueves como si quemaras todo.

Mila sonrió apenas.

—Entonces tiene sentido.

Se sirvió algo de beber y se apoyó en la barra frente a ella.

—¿Tú sí podrías irte del todo? —preguntó.

Mila terminó un bocado antes de responder.

—Sí.

Pausa.

—No necesito todo lo que viene con mi familia.

—¿Y te irías?

—Podría. Pude. Puedo.

Lo miró.

—¿Tú?

Matthias sostuvo la pregunta.

—También.

Pausa.

—Un lugar pequeño.

—¿Cómo?

Matthias miró un punto fijo, como si lo viera.

—Calles de piedra. Casas claras. Todo cerca.

Mila continuó.

—Una villa italiana.

Él asintió.

—Sin puertas cerradas por miedo.

—Un café donde siempre están los mismos.

—Y no importa.

Mila dejó escapar una leve exhalación.

—Un taller.

—Yo arreglaría cosas.

—Yo trabajaría sin ruido.

Matthias la miró.

—Eso es lo que quiero.

No lo adornó.

Más tarde, el ritmo cambió.

—Sigue describiendo ese lugar que te hace feliz mientras termino con mi filete, ¿te parece?

Asintió.

Con cada bocado, ese lugar parecía más real y la jugosidad de la carne, todo un manjar.

Ver el rostro relajado de Matthias aderezó su cena de una forma natural, sin especias que invadieran el panorama.

Cuando terminó el último bocado, él tomó el menaje y de una forma casi religiosa lo lavaba y ordenaba pieza por pieza.

— Mientras terminas con eso, preciso de un buen cepillado de dientes.

— Ya sabes el camino al baño auxiliar, allí encontrarás todo lo que necesitas para limpiar esa carita bonita.

Se levantó y navegó por la cueva con total tranquilidad.

Matthias observaba por el rabillo del ojo el contoneo de caderas de Mila, sonrió y una punzada le atravesó el corazón. Un peso que llevaba en el alma escapó por ese minúsculo agujero que había dejado la punzada.

Aguardó a su estilista de confianza en el hall.

—Hay un lugar que no te he mostrado.

Mila sostuvo la frase.

—Muéstramelo.

Le lanzó un beso con su aliento fresco.

De la mano la llevó a la suite principal, que pasó inadvertida por la luminarias del baño.

El baño no contrastaba con lo demás.

Lo profundizaba.

Superficies continuas, tonos cálidos. El agua descendía desde lo alto en una lámina amplia, como una cascada. No golpeaba. Cubría.




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