“Betty Blue” – The 69 Eyes
Otra invitación a un evento llegó dos días después.
Era para un evento del mundo conocido, nada de qué alarmarse. Era uno de los contactos para los que ya había trabajado.
Mila la leyó dos veces antes de aceptar.
El mensaje era breve: maquillaje para entrevista televisiva y sesión fotográfica de un alto funcionario invitado a participar en un conversatorio sobre derechos humanos, movilidad humana y políticas de migración. Había que estar allí a las siete de la mañana. El montaje comenzaba una hora antes.
Nada extraordinario.
Ese tipo de trabajos aparecía de vez en cuando. Una entrevista institucional, una fotografía oficial, una persona que necesitaba verse descansada bajo luces demasiado blancas y cámaras que amplificaban cualquier pequeña irregularidad de la piel.
Mila aceptó.
La mañana del evento llegó con un cielo despejado, casi insolentemente limpio después de varios días de lluvia. La ciudad parecía haber recuperado una velocidad que ella todavía no sentía del todo propia. Había tráfico, buses, personas caminando con vasos de café y esa mezcla de prisa y resignación que caracterizaba las primeras horas de cualquier jornada laboral en una gran ciudad.
Llegó con su trolley de maquillaje.
El lugar era un centro de convenciones convertido temporalmente en escenario político. Había paneles con nombres de organizaciones internacionales, banderas discretamente distribuidas detrás del escenario y pantallas donde se repetían conceptos como protección, dignidad, desplazamiento, refugio y reparación.
Palabras limpias.
Palabras necesarias.
Palabras que, en determinados contextos, podían significar exactamente lo contrario de lo que prometían.
Mila había aprendido a desconfiar de las palabras que sonaban demasiado bien. Demasiado correctas. No porque fueran falsas, sino porque podían ser utilizadas por cualquiera con licencia para matar.
Un asistente la condujo hasta un camerino provisional.
—Tiene cuarenta minutos —dijo—. La entrevista empieza a las ocho.
—Perfecto.
El hombre salió.
Mila organizó sus productos sobre la mesa. Correctores, base, polvo, brochas, esponjas, spray fijador. No sabía con qué tipo de piel trabajaría y esa era una de las cosas que más amaba de su oficio: ser puesta a prueba por un rostro desconocido, descubrir en pocos minutos qué necesitaba y qué no, corregir sin borrar, equilibrar sin convertir a una persona en otra.
Todo quedó dispuesto en una secuencia que le permitía trabajar sin pensar demasiado en el siguiente movimiento.
Preparar la piel.
Corregir.
Equilibrar.
No transformar.
La puerta del camerino se abrió sin anunciarse.
Mila estaba inclinada sobre la mesa, verificando que no faltara nada, cuando una corriente de aire entró desde el pasillo.
Después llegó el aroma.
No fue una impresión vaga.
Fue reconocimiento.
La colonia le recorrió la espalda antes de que pudiera levantar la cabeza. Un escalofrío le nació en la base de la columna y ascendió lentamente, preciso, casi eléctrico, hasta la nuca. Durante una fracción de segundo dejó de escuchar el murmullo del evento al otro lado de la puerta, el movimiento de los técnicos, las voces de los periodistas, el sonido de los equipos encendiéndose.
Todo quedó detrás.
Mila levantó la mirada hacia el espejo.
Él estaba en la puerta.
No necesitó verle el rostro para reconocerlo.
La voz de la iglesia.
El hombre que había aparecido tantas veces en los bordes de su vida como para convertirse en una presencia antes que en una persona.
Pero ahora no había distancia.
No había una iglesia.
No había una espalda frente a ella ni una voz perdida detrás de un banco.
Ahora estaba allí.
A pocos metros.
Vestido con la sobriedad impecable que le permitía moverse por cualquier espacio sin parecer fuera de lugar. Había algunas líneas alrededor de los ojos, pero no había alterado la expresión. Seguía teniendo esa manera particular de mirar que nunca parecía quedarse únicamente en el rostro de alguien. Era como si buscara algo más profundo, una información que no necesitaba formular.
Sus ojos encontraron los de Mila a través del espejo.
Y entonces sonrió.
No fue una sonrisa pública.
Fue una sonrisa privada.
Una que pertenecía a otra época de su vida.
—Hola, Damita.
El mundo regresó de golpe.
Mila se volvió lava sobre la mesa de trabajo.
No respondió inmediatamente.
No porque no supiera qué decir.
Porque demasiadas cosas podían decirse.
Habían sido años de encuentros, pausas, desapariciones, llamadas a deshoras y regresos que nunca necesitaban demasiadas explicaciones. Los años vividos eran demasiado tiempo para que una persona pudiera convertirse simplemente en un recuerdo. Había hábitos que sobrevivían a las distancias, palabras que conservaban intacta la voz de quien las había pronunciado por primera vez y formas de mirarse que pertenecían a una intimidad construida mucho antes de que Mila aprendiera a desconfiar de las apariciones inesperadas.
Y todavía la llamaba igual.
Damita.
Como si el tiempo no hubiera tenido autoridad sobre aquella palabra.
—Viking —respondió finalmente.
Él cerró la puerta detrás de sí.
No se acercó.
Ese detalle hizo que Mila lo notara más que cualquier otra cosa.
No invadía.
Nunca lo había hecho.
Incluso después de tantos años, seguía teniendo esa extraña capacidad de acercarse sin ocupar el espacio de otra persona. Era una de las cosas que ella había aprendido a reconocer en él mucho antes de comprender que también era una forma de poder.
Mila sostuvo su mirada.
En ese momento su conciencia estaba con Matthias, pero había algo en la presencia del Viking que pertenecía a una zona distinta de ella, una zona mucho más antigua, menos racional, donde el reconocimiento ocurría antes que las decisiones.