El Mayor Dilema

La revelación del cristal

‘’Wrap Your Troubles in Dreams’’ - The 69 Eyes

La ausencia de Matthias empezó a convertirse en una especie de ruido de fondo.

No estaba.

No llamaba.

No aparecía en el ascensor, en el salón, en el parque ni en ninguno de esos lugares donde mi mente, contra mi voluntad, había empezado a esperarlo. No había una explicación clara y tampoco una pregunta que pudiera hacer sin admitir que su ausencia me importaba más de lo que quería reconocer.

Así que hice lo que mejor sabía hacer cuando algo amenazaba con ocupar demasiado espacio dentro de mí: darle prioridad a lo que estaba presente.

Durante los días siguientes, mi apartamento dejó de parecer una vivienda y se convirtió en una extensión improvisada de un estudio de producción. Había muestras de telas sobre el sofá, fotografías impresas sobre la mesa del comedor, paletas cromáticas junto al computador y pequeñas bolsas transparentes llenas de accesorios que había clasificado según su textura, acabado y utilidad, percheros móviles con atuendos preseleccionados por Andrew Burns, nuestro modisto de alta confianza.

Las videollamadas sucedían una detrás de otra.

Reuniones con producción.

Reuniones con la delegación.

Reuniones con los artistas.

Reuniones con personas que parecían estar seguras de lo que precisaban, pero que luego cambiaban de idea por las tendencias.

Desde hacía semanas cuando acepté ser parte de una delegación, todo había sido una sucesión de documentos, horarios, referencias visuales y decisiones técnicas. Ahora la fecha se acercaba con una velocidad incómoda.

Tres días.

En tres días teníamos que viajar a Austria.

Todavía no habíamos terminado.

Yanis trabajaba conmigo desde hacía suficiente tiempo como para que pudiéramos entendernos casi de forma telepática. Tenía una memoria extraordinaria para los detalles y una paciencia que yo consideraba casi sobrenatural. Si yo decía que algo debía sentirse más pesado, ella sabía si hablaba del cabello, de la silueta o de la presencia general.

No preguntaba innecesariamente.

Observaba.

Pensaba.

Y después proponía.

Por eso confiaba en ella.

No solamente porque fuera excelente en lo que hacía, sino porque sabía guardar silencio para hablar cuando sus ideas estaban en orden.

Valentina había entrado al equipo unos días antes aunque era un personaje invitado frecuente en nuestro sitcom desde hacía varios años. Desde la primera reunión de este proyecto, había dejado claro que no pensaba convertirse en una presencia decorativa.

Nuestra Valentina es una estilista veterana, experta en maquillaje estructurado y construcción de rostro para cámara. Tiene una personalidad arrolladora, de esas que pueden llenar una habitación sin necesidad de elevar la voz, pero hay algo particularmente agradable en su manera de relacionarse con los demás: sabe escuchar y actuar.

Y cuando da un consejo, lo hace sin disfrazarlo de verdad absoluta.

—Dame las ideas, las cámaras ¡La acción! —me había dicho durante nuestra primera reunión— La técnica para materializar la escena la decido yo.

Lumière StudiÖ no trabaja con extraños, trabajamos con amigos, familia, seres excepcionales que con el tiempo se convierten en miembros vitalicios de esta maquinaria de mundos de fantasía donde la belleza se encuentra con la vida en medio del caos.

Tengo esa extraña esa costumbre: Conservar personas de valor durante años..

Mi círculo es pequeño precisamente porque no sé tratar los vínculos importantes como objetos reemplazables.

Aquella tarde, mientras revisábamos las referencias de vestuario, fue Valentina quien cerró una carpeta y me miró.

—Estás distraída, mi amor.

—Estoy cansada.

—Eso también.

Yanis levantó los ojos del computador.

—Tiene razón.

—Qué solidaridad tan conmovedora.

Valentina sonrió.

—No te preocupes. Cuando una está enamorada trabaja peor.

La miré.

—No estoy enamorada.

—Yo no dije de quién.

Yanis soltó una carcajada.

Le lancé una mirada.

—Ustedes dos están muy cómodas.

—Es porque nos pagan para ser honestas —dijo Valentina.

—Todavía no nos han pagado, lo que nos bebimos antenoche fue parte del anticipo.— Yanis recordó.

—Entonces con mayor razón.

Me reí.

Y durante unos momentos, Matthias desapareció de mi cabeza.

Era extraño.

El trabajo tenía esa capacidad.

Me devolvía a un territorio donde las cosas obedecían a reglas concretas.

Una tela tenía una caída determinada.

Una piel reaccionaba a un producto.

Un color podía corregirse.

Una silueta podía modificarse.

Un rostro podía prepararse para una cámara.

No había misterios.

Solo decisiones.

La banda necesitaba una identidad visual que pudiera sostenerse tanto en fotografía como sobre el escenario.

No quería que parecieran cuatro personas vestidas por la misma persona.

Quería algo más difícil.

Que parecieran cuatro individuos pertenecientes al mismo universo.

Esa diferencia era fundamental.

La unidad no significaba uniformidad.

Extendí los bocetos sobre la mesa.

—No quiero que parezcan un grupo fabricado —dije.

Yanis tomó una de las fotografías.

—Entonces necesitamos un lenguaje común.

—Exactamente.

Valentina se inclinó sobre la mesa.

—¿Qué estás pensando?

Señalé las referencias.

—Textura. Contraste. Estructura. Pero cada uno tiene que conservar algo propio.

—¿Y el maquillaje?

—Que no los disfrace.

Valentina sonrió.

—Eso me gusta.

La conversación continuó durante horas.

Analizamos iluminación.

Temperatura de color.

Materiales.

Texturas.

Cómo se comportaría cada prenda bajo determinados focos.

Qué elementos podían resultar demasiado pesados frente a una cámara de alta definición.




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