La oficina de Sam Segovia no parecía el centro de mando de un mánager de boxeo. Situada en la planta veinte de un edificio de cristal en el Poblenou, olía a café de especialidad y a éxito aséptico. A través del inmenso ventanal, el Mediterráneo se extendía como una lámina de mercurio bajo el sol de marzo, cortado por la silueta geométrica de la Torre Glòries.
Sam se reclinó en su silla de cuero italiano, observando cómo el mundo exterior se movía a un ritmo que él ya no compartía. A sus cuarenta y cinco años, Segovia era un hombre de superficies pulidas: trajes a medida, un reloj que costaba más que el sueldo anual de muchos de sus púgiles y una mirada cínica que había visto demasiadas toallas caer sobre la lona.
—Basura —masculló, deslizando el dedo por la pantalla de su iPad.
Su bandeja de entrada era un vertedero de ambiciones frustradas. Había videos de adolescentes en barrios periféricos golpeando sacos de arena, grabados con móviles de mala calidad y música trap de fondo. Había propuestas de promotores de Dubái que olían a estafa y amenazas veladas de sindicatos de apuestas que no aceptaban un "no" por respuesta. Sam lo borraba todo con la indiferencia de un verdugo. Nada le hacía vibrar. El boxeo se había vuelto predecible, un negocio de marketing y coreografías pactadas.
Hasta que apareció aquel correo.
No tenía asunto. El remitente era una dirección encriptada, pero el nombre en la firma detuvo el corazón de Sam por un latido completo.
De: J. Díaz (Privado) Para: Sam Segovia Asunto: (Sin asunto)
“Sam, llegaste al negocio cuando yo ya era una sombra, una nota al pie en las crónicas amarillentas, pero te he estado observando desde mi retiro. Vi cómo levantaste a Nat Belson del fango y cómo te mueves por los despachos de Madrid con la sangre fría de un tiburón. Eres, posiblemente, el único mánager con el instinto necesario para lo que voy a proponerte.
He criado a mi hijo, Javi, en un aislamiento que hoy considerarías medieval. Durante veinte años, este muchacho no ha conocido el humo de las ciudades, ni la distracción de las pantallas, ni la técnica adulterada de los gimnasios modernos. Lo he moldeado bajo un experimento de pureza biomecánica.
El resultado es algo que el ring no ha visto en un siglo.
Javi posee un sentido del tiempo y de la distancia que roza lo sobrenatural. No calcula; siente el hueco. Sus golpes no necesitan recorrido; nacen de una torsión de cadera que genera una energía cinética devastadora. En sus manos, el boxeo vuelve a ser una ciencia exacta y letal.
Ven a buscarlo a las montañas. Mi salud está en el último asalto y no puedo bajar a la ciudad. Quiero que tú seas su arquitecto. Hay una fortuna esperando, Sam, pero sobre todo, hay un legado que debe ser reclamado.
Firma el contrato en persona. Ven por los viejos tiempos.
Javi Díaz (Padre)”
Sam dejó el iPad sobre la mesa de cristal. El silencio de la oficina se volvió pesado. Javi Díaz "El Viejo". El nombre evocaba imágenes de un boxeo en blanco y negro, de peleas épicas que terminaban con los nudillos destrozados y el honor intacto. Díaz había sido el "Campeón sin Corona" de Barcelona, un hombre al que la mala suerte y la corrupción le habían robado el destino cuatro veces. Se decía que se había marchado al Pirineo tras la muerte de su mujer, llevándose consigo un secreto que nadie pudo desentrañar.
Segovia se levantó y caminó hacia el ventanal. Su reflejo en el cristal le devolvió la imagen de un hombre que lo tenía todo, excepto algo en lo que creer. ¿Sería una broma? En el mundo de los promotores, los engaños eran una forma de arte. Pero había algo en la sobriedad del mensaje, en esa mención al "experimento", que le erizaba la nuca.
—¿Un hijo? —susurró para sí mismo—. Un segundo Javi Díaz criado en la salvajez...
Si aquel chico existía y tenía la mitad del talento de su padre, Sam no solo tenía un boxeador; tenía una bomba atómica. Pero en la Barcelona moderna, una figura así era un peligro. ¿Cómo encajaría un "hijo de la naturaleza" en un mundo obsesionado con la imagen y los escándalos?
Esa misma tarde, Sam no fue a su cena en el Paseo de Gràcia. Canceló sus citas y bajó al Raval, buscando el rastro de un fantasma. Necesitaba saber si el Viejo Díaz seguía respirando antes de lanzarse a la carretera.
Se dirigió al Gimnasio Sant Pau, un lugar donde el tiempo se detenía entre el olor a cuero viejo y linimento. Allí, en la penumbra de un bar cercano frecuentado por viejas glorias, encontró a Tim Donovan.
—¿Díaz? —Donovan soltó una carcajada que terminó en una tos asmática—. Ese hombre no murió, Sam. Los hombres como él se convierten en piedra. Se fue al norte con un bebé en brazos y una maleta llena de fantasmas. "Me voy al bosque", me dijo. Y te aseguro que cuando Javi Díaz dice algo, la tierra se mueve.
Sam Segovia tomó su decisión en ese instante. No era solo por el dinero. Era por la curiosidad morbosa de ver si todavía existía la pureza en un mundo tan sucio.