El Mejor

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El ascenso hacia el norte fue una lenta decapitación de la civilización. Sam Segovia conducía su Range Rover negro con la precisión de quien está acostumbrado a dominar el asfalto, pero a medida que los túneles de la C-16 quedaban atrás y el perfil de Montserrat se hundía en el retrovisor, una inquietud antigua empezó a treparle por la columna.

Barcelona era ruido, neón y agendas apretadas. El Pirineo de Lleida, en cambio, era un muro de granito y silencio absoluto.

A medida que ganaba altura hacia la zona de Espot, el paisaje se volvía hostil. Los bosques de pinos negros se cerraban sobre la carretera como dedos de gigante, y el aire, antes cargado de contaminación y salitre, se volvió tan puro que resultaba hiriente. Sam bajó la ventanilla; el frío le golpeó el rostro con la fuerza de un jab bien colocado.

—¿A dónde narices me estoy metiendo? —susurró, consultando las coordenadas que le habían dado en la oficina de correos del último pueblo.

El GPS había muerto hacía veinte kilómetros. Ahora solo quedaba una pista de tierra, un rastro de barro y piedra que serpenteaba hacia la cara norte de la montaña. Sam detuvo el coche cuando el camino se volvió impracticable para un vehículo de cien mil euros. Se calzó unas botas de montaña que apenas había estrenado y empezó a caminar.

Caminó durante una hora bajo un cielo que amenazaba tormenta. El cansancio físico, algo que Sam solía evitar con ascensores y taxis, empezó a pasarle factura. Sus pulmones de fumador social protestaban. Pero entonces, al doblar un recodo del sendero, la vio: la Masía de los Díaz.

Era una construcción de piedra seca que parecía haber brotado de la propia montaña. No había cables de luz, ni antenas, ni rastro de la modernidad que Sam consideraba indispensable para la vida. Solo el humo grisáceo que escapaba de una chimenea y el olor a leña quemada.

De pronto, el silencio se rompió. Dos sombras enormes saltaron desde un murete de piedra. Eran mastines del Pirineo, bestias de setenta kilos de pelaje blanco y ojos inteligentes que le cortaron el paso con un gruñido sordo que vibraba en el suelo.

—¡Quietos! —una voz de trueno retumbó desde la casa.

La puerta de madera maciza se abrió y apareció Javi Díaz "El Viejo". A pesar de sus ochenta años, el hombre llenaba el marco de la puerta. Su cabello era una melena blanca, corta y dura, y su piel parecía cuero curtido por mil inviernos. Vestía una camisa de franela y unos pantalones de trabajo sujetos por tirantes. No cojeaba; se movía con una economía de movimientos que Sam reconoció al instante: la gracia del boxeador que nunca desperdicia energía.

—Segovia —dijo el viejo, y su sonrisa fue como una grieta en una roca—. Sabía que tu ambición sería más fuerte que tu miedo a las alturas. Pasa, antes de que el frío te hiele la sangre de ciudad.

Dentro de la masía, el tiempo no existía. Sam se sentó frente a una chimenea que escupía calor de hogar mientras el viejo preparaba un café negro en una cafetera de hierro.

—¿Dónde está el chico? —preguntó Sam, frotándose las manos.

—Cazando —respondió el Viejo Díaz sin mirarlo—. Un jabalí está dando problemas en el huerto de abajo. Javi salió al amanecer. Debería estar al caer.

El viejo se sentó frente a él y puso un fajo de papeles amarillentos sobre la mesa. Eran recortes de prensa de los años setenta y ochenta. Crónicas de sus propias peleas.

—Le he ocultado todo el fango, Sam. Para mi hijo, el boxeo es lo que nos enseñaron cuando éramos niños: nobleza, técnica y valor. No sabe qué es un contrato televisivo, ni una apuesta amañada, ni un control antidopaje. Está limpio. Es un atleta puro.

Sam iba a replicar, a decir que el mundo no funcionaba así, cuando un ruido afuera detuvo la conversación. Los perros no ladraron; gimotearon de alegría.

—Mira por la ventana —susurró el viejo.

Sam se asomó. Lo que vio le hizo olvidar el frío, el cansancio y el cinismo.

Bajando por la ladera, con una pendiente que a Sam le habría llevado horas descender, venía un joven. No corría, pero se movía con una rapidez aterradora. Cargaba sobre sus hombros un jabalí de ochenta kilos como si fuera una mochila de plumas. No llevaba abrigo, solo una camiseta de tirantes que dejaba ver unos hombros anchos y caídos, de una arquitectura física perfecta.

Su piel estaba encendida por el esfuerzo y el frío, y su cabello oscuro estaba empapado de sudor. Cuando llegó al claro frente a la casa, soltó la pieza con un movimiento seco y se quedó quieto, respirando hondo. No jadeaba. Su pecho se movía con una regularidad rítmica, profunda.

—Ese es Javi —dijo el viejo con orgullo—. Ese es el futuro, Sam.

El joven levantó la vista hacia la ventana. Sus ojos eran claros, serenos, sin rastro de la agresividad que Sam solía ver en los púgiles de la ciudad. Era la mirada de alguien que nunca ha tenido que mentir, ni que esconderse. Era, en todos los sentidos, una presa que todavía no sabe que es el mayor depredador del mundo.




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