El Mejor

Capítulo 2

El desayuno fue un ritual de silencio y proteína. Javi hijo devoraba la carne de jabalí asada sobre las brasas con una eficiencia animal, sin las distracciones de un hombre de ciudad: no miraba el móvil, no buscaba conversación, no perdía el tiempo. Sam Segovia, sentado a la mesa de madera rugosa, lo observaba como un marchante de arte observa un cuadro de recién descubierto.

—¿Cuándo fue la última vez que viste a un médico, Javi? —preguntó Sam, intentando romper el hielo.

El joven levantó la vista. Sus ojos eran de un gris tormentoso, limpios de malicia.

—Nunca he estado enfermo —respondió con una voz profunda, estriada por el aire de la montaña.

—No le hace falta —intervino el Viejo Díaz, limpiando un cuchillo—. Sus pulmones son de fuelle y su sangre es puro oxígeno. Pero sé a qué has venido, Sam. Quieres ver el motor bajo el capó.

Salieron al claro que rodeaba la masía. El suelo estaba cubierto por una fina capa de escarcha que crujía bajo las botas de Sam, pero Javi caminaba sobre ella con sus mocasines de cuero como si flotara. No sentía el frío. Se quitó la camisa de lana, quedando a torso descubierto.

Sam tragó saliva. No era el físico de un culturista de gimnasio, hinchado de suplementos y vanidad. Era el físico de un nadador de aguas abiertas cruzado con un felino. Sus hombros caían con una naturalidad asombrosa, y sus dorsales se expandían como alas cuando estiraba los brazos. No había tensión, solo una disponibilidad absoluta para el movimiento.

—Ponte los guantes, Sam —ordenó el viejo, lanzándole un par de cueros viejos y endurecidos por el sudor de décadas—. Enséñale lo que es un profesional de Barcelona.

Sam Segovia había sido un peso pesado decente en su juventud. Sabía boxear. Conservaba el instinto y, sobre todo, los trucos sucios. Se calzó los guantes, sintiendo el peso de los años, y se puso frente al joven.

—No te cortes, Javi —dijo Sam, intentando recuperar su arrogancia—. Golpéame si puedes.

Empezaron a moverse. Sam lanzó un jab de tanteo, rápido y seco. Javi ni siquiera parpadeó. No retrocedió; simplemente inclinó la cabeza un par de centímetros. El guante de Sam rozó el aire donde un milisegundo antes estaba la mandíbula del chico.

Sam aumentó el ritmo. Lanzó una combinación clásica: izquierda, derecha, gancho. Javi se movía en el espacio mínimo. No utilizaba el juego de pies saltarín de los boxeadores modernos; sus pies estaban pegados al suelo, pivotando con una economía de movimientos que Sam encontró aterradora. Parecía que Javi sabía dónde iba a ir el golpe antes de que el cerebro de Sam enviara la orden a sus músculos.

—¡Trabaja el cuerpo, Sam! —gritó el viejo desde la valla.

Segovia se agachó y lanzó un derechazo potente al plexo solar, uno de esos golpes que cortan la respiración y terminan con la voluntad de cualquiera. Javi no bloqueó con los brazos. Simplemente contrajo los oblicuos y giró la cadera. El golpe de Sam impactó contra una superficie que se sentía como el casco de un barco. La fuerza del impacto rebotó hacia el hombro de Sam, arrancándole un gemido de dolor.

—Es geometría, Sam —dijo el Viejo Díaz, riendo—. Él no recibe el golpe, lo desvía con el ángulo de su cuerpo.

Frustrado y dolorido, Sam intentó un truco de callejón: fingió un tropiezo para entrar en el clinch y, una vez pegado, intentó presionar el guante contra la boca de Javi para asfixiarlo. Fue su último error.

En un parpadeo, la serenidad de Javi desapareció. Sus ojos se volvieron metálicos. Sam sintió que sus brazos eran atrapados por unas tenazas de hueso y tendón. Antes de que pudiera reaccionar, Javi deslizó su guante bajo la barbilla de Sam y presionó hacia arriba. No fue un puñetazo, fue una palanca hidráulica. El cuello de Sam crujió. El mundo se volvió borroso por un instante.

Javi lo soltó de inmediato. La agresividad se evaporó tan rápido como había llegado.

—Lo siento —dijo el joven, volviendo a su expresión soñadora—. No me gusta que me toquen la cara.

Sam se tambaleó hacia atrás, sujetándose el cuello. Estaba sin aliento, pero su mente gritaba de euforia. Había encontrado el Santo Grial. Javi Díaz no era solo un boxeador; era un arma de precisión que todavía no conocía su propio poder.

Aquella noche, mientras la nieve empezaba a caer suavemente sobre el Pirineo, Sam y el Viejo Díaz firmaron el documento en el iPad. Sam tuvo que aceptar condiciones que harían llorar a cualquier promotor de la ciudad: nada de publicidad engañosa, nada de apuestas, y una cláusula de rescisión inmediata si el chico era corrompido.

—Mañana bajamos a Barcelona —dijo Sam, mirando a Javi, que leía un libro de poemas de Antonio Machado junto al fuego—. Javi, la ciudad no es como este bosque. Allí la gente muerde sin dientes. Te van a lamer los pies y luego intentarán cortártelos.

El joven cerró el libro y miró las llamas.

—Mi padre dice que el boxeo es honor, Sam. Si hay honor, no tengo miedo de la ciudad.

Sam Segovia no respondió. Sabía que el honor en Barcelona era una moneda de cambio que Javi todavía no sabía tasar. Y sabía algo más: Alena, la periodista más feroz de la prensa deportiva, ya le había enviado tres mensajes preguntándole por qué había desaparecido dos días en las montañas.

Antes de marcharse, el anciano llamó a su hijo.

—Y otra cosa —dijo con gravedad—. Ten cuidado con las mujeres. Una mujer puede ser la ruina de un hombre. Recuérdalo. Pero si algún día encuentras a la adecuada… a la única… entonces agárrala y no la dejes escapar. Valdrá más que toda la gloria y todo el dinero del mundo.

El viejo sonrió con ternura.

—Una buena mujer, hijo… eso es lo primero y lo último en la vida.




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