La mañana en el Poblenou no comenzó con el canto de un gallo, sino con el zumbido eléctrico de una cafetera Nespresso y el tráfico rugiendo en la calle Llull. Javi Díaz se despertó en el suelo, sobre su manta de lana del Pirineo; la cama del loft, con su colchón de espuma con memoria, le había resultado una superficie alienígena e inestable.
A las ocho en punto, Sam Segovia entró en el apartamento como un huracán de colonia cara y urgencia. Detrás de él venía un séquito de tres personas cargadas con fundas de ropa, maletines de maquillaje y cámaras de última generación.
—¡Arriba, Javi! Hoy te presentamos al mundo —exclamó Sam, abriendo las cortinas motorizadas con un mando a distancia. La luz cruda del Mediterráneo inundó la estancia, haciendo que Javi entornara los ojos—. Olvida el mono de trabajo. Hoy vas a parecer un modelo de Hugo Boss que podría arrancarte la cabeza con un suspiro.
Lo que siguió fue, para Javi, una tortura más refinada que cualquier sesión de sparring. Una mujer de manos frías le aplicó productos en la cara para matizar los brillos bajo los focos; un estilista intentó embutirlo en una camisa de lino blanco que Javi sentía como una camisa de fuerza...
—No puedo respirar bien con esto —protestó Javi, tirando del cuello de la camisa—. Los hombros están demasiado apretados. Si tengo que lanzar un crochet, la tela reventará.
—No vas a boxear hoy, Javi. Vas a vender —replicó Sam, ajustándole una chaqueta de sastrería italiana—. En Barcelona, el primer asalto se gana en la pupila del espectador. Si te ven como un paleto de montaña, te tratarán como a uno. Si te ven como un dios griego, te tendrán miedo antes de subir al ring.
Javi se miró en el espejo de cuerpo entero. No reconoció al hombre que le devolvía la mirada. Sus hombros, anchos y poderosos, daban a la chaqueta una caída imponente, pero sus ojos seguían siendo los de un extraño. Se sentía disfrazado, un lobo con piel de cordero de diseño.
La sesión de fotos tuvo lugar en una antigua nave industrial rehabilitada, ahora convertida en un estudio fotográfico de vanguardia. Había música electrónica a todo volumen, cables serpenteando por el suelo y un fotógrafo que no paraba de gritar instrucciones: "¡Más mentón!", "¡Mira a cámara como si quisieras matarla!", "¡Vulnerabilidad, Javi, dame vulnerabilidad!".
Javi estaba exhausto. Preferiría haber cargado con tres jabalíes bajo la lluvia que seguir allí. Pero entonces, la música se detuvo.
Al fondo del estudio, apoyada en una columna de hierro fundido, apareció ella. Alena no llevaba el equipo de anoche; vestía un traje de chaqueta azul marino con zapatillas blancas, y sostenía una grabadora digital en la mano. Su mirada era como un escalpelo.
—Vaya, Segovia —dijo Alena, alzando la voz para que todos la oyeran—. Has conseguido que el salvaje parezca un caballero. Pero, ¿qué hay debajo de toda esa cosmética?
Sam sonrió, aunque sus ojos no perdieron la frialdad.
—Alena, siempre tan oportuna. Javi, te presento a la mujer que va a escribir tu primera gran crónica... si es que logras impresionarla.
Alena se acercó a Javi. El olor cítrico de su perfume volvió a golpear sus sentidos, recordándole la noche anterior en la playa. Ella se detuvo a escasos centímetros, obligándole a bajar la mirada.
—Dime una cosa, Javi Díaz —dijo ella, ignorando a los fotógrafos—. ¿Tu padre te enseñó a pelear o te enseñó a posar? Porque aquí veo mucha percha, pero poco hambre. En Barcelona nos sobran las caras bonitas. Lo que necesitamos es saber si tienes el fuego necesario para quemar esta ciudad o si solo eres una cerilla en manos de Sam.
Javi sintió un calor repentino en la boca del estómago. No era ira; era un reto. Se desabrochó el primer botón de la camisa, ignorando el grito de horror del estilista, y dio un paso hacia ella, acortando la distancia.
—Mi padre me enseñó que el silencio es más fuerte que el ruido —respondió Javi con una calma que hizo que Alena parpadeara—. Tú hablas mucho, Alena. Pero tus ojos están buscando algo que no vas a encontrar en mi chaqueta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué estoy buscando, según tú? —desafió ella, arqueando una ceja.
—Buscas una grieta —dijo Javi, bajando la voz hasta que solo ella pudo oírle—. Buscas algo sucio para poder escribir que todo esto es mentira. Pero en mi montaña no hay mentiras. Solo hay piedra, nieve y verdad. Si quieres conocer al boxeador, ven al gimnasio mañana a las seis de la mañana. Sin cámaras. Sin Segovia. Solo tú y el sudor.
Alena se quedó muda por un segundo. No estaba acostumbrada a que los "productos" de Sam Segovia le devolvieran el golpe con tanta precisión.
—A las seis —asintió ella, recuperando su máscara de cinismo—. Pero lleva toalla, "Lobo". No querrás que tu primera exclusiva huela a miedo.
Se dio la vuelta y se marchó con ese paso decidido que Javi ya empezaba a memorizar. Sam se acercó a Javi, dándole una palmada en el hombro.
—Bien hecho, muchacho. Has picado su curiosidad. Alena es la llave de esta ciudad. Si la tienes a ella de tu lado, tienes a Barcelona. Pero ten cuidado... esa mujer tiene la lengua más rápida que tu jab, y no lleva guantes de protección.
Javi no respondió. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre una silla, volviendo a sentir el peso de sus propios hombros. Mañana empezaba el boxeo de verdad, pero sabía que el combate más difícil no iba a ocurrir sobre la lona, sino en los ojos de la mujer que acababa de salir por la puerta.
A las cinco y media de la mañana, Barcelona es una ciudad que exhala los restos de la noche. El aire en el Raval todavía conserva un rastro de humedad marina mezclada con el olor a pan recién horneado y alcantarilla vieja. Javi Díaz caminaba por la calle Sant Pau con la misma cautela con la que cruzaría un desfiladero desconocido. El eco de sus propios pasos sobre los adoquines le recordaba que estaba lejos, muy lejos, de la Masía.