El Mejor

Capítulo 4

La oficina de Sam Segovia en el Poblenou se había convertido en un hervidero de agentes de prensa, patrocinadores de bebidas energéticas y expertos en redes sociales. El aire estaba saturado de humo de cigarrillos electrónicos y el tecleo frenético de ordenadores portátiles. En el centro de todo, Javi Díaz permanecía sentado en un sofá de diseño, sintiéndose como un animal exótico en una subasta de lujo.

—No lo entiendes, Javi —decía Sam, caminando de un lado a otro con un gráfico de audiencias en la mano—. La exhibición del sábado en el Pavelló de la Vall d'Hebron no es solo un entrenamiento con público. Es tu lanzamiento. Necesitamos un knockout rápido. El público no paga para ver técnica; paga para ver sangre y potencia.

Javi levantó la vista del libro de poesías que descansaba en su regazo. Sus ojos, antes serenos, mostraban una chispa de cansancio.

—Mi padre dice que el boxeo es economía, Sam. Si puedo ganar sin dañar innecesariamente al otro hombre, eso es maestría. No voy a buscar un golpe de efecto solo para que alguien grite más fuerte en la grada.

Sam se detuvo en seco y suspiró, cerrando los ojos con una paciencia impostada. Se acercó a Javi y puso una mano en su hombro, apretando con esa falsa camaradería que Javi empezaba a detestar.

—Tu padre vivía en otro siglo, muchacho. Hoy, si no eres viral, no existes. He invitado a los mayores apostadores de la ciudad. Si les das un espectáculo brutal, tu bolsa de premios se triplicará. Piensa en la masía. Piensa en las medicinas que tu padre necesitará pronto.

Javi se tensó. La mención a la salud de su padre fue un golpe bajo que Sam ejecutó con precisión quirúrgica.

—¿Estás pidiéndome que sea un verdugo, Sam? —preguntó Javi con una voz gélida.

—Te estoy pidiendo que seas una estrella —respondió Segovia, volviendo a su mesa—. Por cierto, Alena ha publicado un adelanto de su crónica. Dice que eres "demasiado puro para esta ciudad". Eso es oro puro para el marketing. Mañana tienes una entrevista en televisión. Prepárate.

Esa noche, Javi no pudo quedarse encerrado en el loft. El zumbido de la nevera y el brillo de las farolas de la calle Llull le asfixiaban. Salió a caminar, pero esta vez no fue a la playa. Sus pies, guiados por un instinto que no comprendía, lo llevaron hacia el edificio donde sabía que estaba la redacción de la revista de Alena.

La encontró saliendo del portal, cargando una mochila pesada y con ojeras que delataban horas frente a la pantalla. Al verlo, ella se detuvo, sorprendida. El aire nocturno de Barcelona soplaba con una frescura húmeda que agitaba el cabello de ambos.

—¿Me estás siguiendo, "Lobo"? —preguntó ella, aunque su sonrisa carecía de la mordacidad habitual—. ¿O es que el aire acondicionado de Sam te ha dado alergia?

—Sam quiere que sea alguien que no soy —dijo Javi, acercándose a ella. El ruido de los coches en la distancia parecía un murmullo lejano—. Quiere un final sangriento el sábado. Dice que es lo que la gente espera.

Alena suspiró y dejó la mochila en el suelo. Se apoyó contra la pared de piedra fría del edificio.

—Bienvenido al circo, Javi. En Barcelona, la verdad es aburrida. Sam sabe que si te conviertes en un monstruo, venderás más entradas. Pero... —ella hizo una pausa, mirándolo fijamente— si haces lo que él dice, destruirás lo único que te hace especial. Esa "pureza" de la que escribí.

Caminaron juntos por el barrio, evitando las zonas más concurridas. Se detuvieron en una pequeña plaza escondida, donde una fuente de agua susurraba en la oscuridad. Javi se sentó en un banco y Alena se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus hombros se rozaran.

—¿Por qué escribes sobre mí de esa manera, Alena? —preguntó él, mirando el reflejo de la luna en el agua de la fuente—. Dices que soy una anomalía. Que no encajo.

—Porque no encajas, Javi —respondió ella, suavizando la voz—. Y eso me asusta. Me asusta que esta ciudad te rompa. He visto a muchos como tú llegar con luz en los ojos y terminar siendo sombras en los bares del Raval. No quiero que seas una sombra.

Javi se giró hacia ella. La luz de una farola cercana bañaba el rostro de Alena, dándole un aspecto casi etéreo que contrastaba con su espíritu guerrero. Javi recordó el consejo de su padre sobre "la única". Sintió una urgencia primitiva de proteger a esa mujer que, paradójicamente, era la que más peligro representaba para su carrera.

—No me voy a romper —dijo Javi con una convicción absoluta—. Y no voy a ser el monstruo de Sam. El sábado pelearé a mi manera. Con honor.

Alena alargó la mano y, por primera vez, fue ella quien inició el contacto. Apretó la mano de Javi entre las suyas. Sus dedos eran pequeños y cálidos contra la piel endurecida de él.

—Entonces prepárate para la guerra, Javi. Porque si no le das a Sam lo que quiere, él buscará la forma de cobrárselo. Y yo estaré allí para grabarlo todo.

Se quedaron allí, en el silencio de la plaza, dos extraños unidos por una tensión que iba mucho más allá del boxeo o del periodismo. Javi entendió que el ring no era el lugar más peligroso de Barcelona. El verdadero peligro estaba en ese banco de madera, bajo la luz de una farola, en los ojos de una mujer que empezaba a importarle más que la gloria de su propio nombre.




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