El Pavelló de la Vall d'Hebron vibraba con una energía eléctrica y malsana. No era el ambiente familiar de las veladas de barrio; era un evento de gala, una puesta en escena diseñada por Sam Segovia para las cámaras de televisión y los palcos VIP. El olor a perfume caro se mezclaba con el sudor rancio de las gradas, y el humo de las máquinas de efectos especiales creaba una neblina azulada sobre el ring.
En los vestuarios, el silencio era absoluto, roto solo por el vendaje rítmico de las manos de Javi. Sam Segovia estaba de pie frente a él, ajustándole el protector bucal con una intensidad febril.
—Escúchame bien, Javi —susurró Sam—. Hay más de un millón de euros en apuestas moviéndose ahora mismo en esta sala. El tipo que tienes enfrente, "El Martillo" Vargas, es un animal. Es tosco, es ruidoso y va a salir a arrancarte la cabeza. No quiero filigranas. No quiero que bailes. Quiero que lo mandes a la lona antes del tercer asalto. ¿Me oyes? Hazlo por la masía. Hazlo por el Viejo.
Javi no respondió. Sus ojos estaban cerrados, buscando el ritmo de su propia respiración entre el estruendo de la música que atronaba afuera. No pensaba en el dinero, ni en las apuestas. Pensaba en el peso del ciervo sobre sus hombros y en el frío del amanecer en el Pirineo.
Cuando Javi salió al pabellón, el estruendo fue ensordecedor. Las luces estroboscópicas le golpearon el rostro, cegándolo por un instante. Caminaba envuelto en una bata de seda negra, sencilla, sin patrocinadores, contrastando con la parafernalia de su rival, que entró rodeado de un séquito de raperos y bailarinas.
En la primera fila, justo bajo las cuerdas, estaba Alena. Llevaba su cámara lista, pero sus ojos no buscaban el encuadre perfecto; buscaban la mirada de Javi. Cuando él subió al ring y se despojó de la bata, un silencio repentino recorrió el pabellón. Su físico no era el de un culturista, sino el de una estatua antigua: mármol vivo, funcional y aterradoramente tranquilo.
—¡Mátalo, Martillo! —gritó alguien desde el fondo.
Sonó la campana. Vargas salió como un toro desbocado, lanzando ganchos salvajes que cortaban el aire con un silbido. Javi no se movió. Permaneció en el centro del ring, con los pies firmemente plantados, pivotando apenas unos centímetros.
Vargas lanzó un derechazo brutal. Javi simplemente giró el hombro izquierdo, dejando que el guante del rival resbalara por su piel como si fuera aceite. La precisión era quirúrgica. No había desperdicio de energía.
—¡Pega, maldita sea! —rugió Sam desde la esquina, golpeando la lona con frustración.
Pero Javi seguía en su propio mundo. Estaba leyendo a Vargas. Veía la tensión en su cuello antes de cada golpe, el desequilibrio en sus pies, la fatiga que empezaba a asomar en sus ojos. Era como observar un mecanismo de relojería averiado.
En el segundo asalto, Vargas, frustrado por no poder tocar a "la sombra", intentó un cabezazo sucio durante un agarre. Javi sintió el impacto en el pómulo. El sabor metálico de la sangre llenó su boca. Por un segundo, el pabellón desapareció. Ya no estaba en Barcelona. Estaba en el claro del bosque, y el jabalí lo había embestido.
Sus ojos se volvieron de un gris gélido. Cuando Vargas se separó para lanzar otro ataque, Javi no esquivó. Dio medio paso hacia adelante, invadiendo la guardia del rival. Fue un movimiento mínimo, casi invisible para el ojo inexperto.
Lanzó un uppercut corto, de apenas diez centímetros de recorrido. No fue un golpe de fuerza bruta; fue una transferencia perfecta de energía desde el talón hasta el nudillo. El impacto sonó como una rama seca rompiéndose.
Vargas se detuvo en seco. Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron con una lentitud dramática. Cayó de bruces sobre la lona, inerte. El silencio en la Vall d'Hebron fue total durante tres segundos. Luego, el caos.
Javi no celebró. Caminó hacia su esquina, se quitó el protector bucal y miró a Sam Segovia. Sam estaba eufórico, saltando, gritando a las cámaras. Pero Javi buscó a Alena.
Ella estaba allí, con la cámara baja, pálida. Había visto la belleza del golpe, pero también la frialdad aterradora con la que Javi lo había ejecutado. No era el "Lobo" de Sam; era algo mucho más real y peligroso.
Mientras el árbitro levantaba su mano, Javi se inclinó hacia Alena y le susurró por encima de las cuerdas: —¿Esto es lo que querías escribir, Alena? ¿Ves la grieta ahora?
Alena no respondió. Solo pudo captar una última foto: Javi Díaz, el hombre que acababa de noquear a la estrella de la ciudad, con una gota de sangre corriendo por su pómulo y una mirada de una tristeza infinita.
Barcelona tenía a su nuevo rey, pero Javi acababa de entender que la corona pesaba mucho más que cualquier jabalí que hubiera cargado en su vida.
El vestuario tras el combate no era un lugar de celebración; era una oficina en hora punta. Sam Segovia gritaba por su teléfono de última generación, gesticulando hacia un grupo de hombres con trajes oscuros que esperaban en la puerta.
—¡Os lo dije! —bramaba Sam, con el rostro congestionado por la euforia—. ¡Es un animal biomecánico! Mañana quiero las portadas de todos los diarios deportivos de Madrid y Barcelona. ¡Y llamad a los de la bebida energética, el contrato sube un cincuenta por ciento desde este mismo instante!
Javi Díaz estaba sentado en un banco de madera, con la toalla sobre la cabeza, ocultando su rostro. El pómulo le latía con un ritmo sordo y el sabor metálico de la sangre seguía pegado a su paladar. El ruido de Sam le resultaba insoportable, una estridencia que profanaba la pureza del esfuerzo que acababa de realizar.
—Salid todos —dijo Javi. Su voz no fue alta, pero tenía una vibración de autoridad que hizo que el séquito de Sam se detuviera en seco.
—Javi, muchacho, están aquí los promotores de la Golden Fight... —empezó Sam.
—He dicho que salgáis. Todos. Menos Sam.