La luz de la mañana en el piso de Alena era suave, filtrada por unas cortinas de lino que bailaban con la brisa. Javi se despertó en el sofá, cubierto por una manta de lana. El silencio era tan profundo que por un segundo creyó estar de nuevo en la masía, hasta que el rugido de una moto en la calle le devolvió a la realidad de Barcelona.
Alena estaba en la cocina, de espaldas, preparando café. Llevaba una camiseta de Javi que le quedaba enorme y el pelo revuelto. Al oírlo levantarse, se giró. Sus ojos, antes afilados como cristales, tenían ahora una suavidad que la asustaba a ella misma.
—Sam ha llamado veinte veces —dijo ella, señalando el móvil de Javi que vibraba sobre la mesa—. Y no es el único. El video de tu knockout tiene tres millones de visitas. Eres la tendencia número uno, Javi. El mundo quiere un trozo de ti.
Javi se acercó y tomó la taza de café. Sus dedos rozaron los de Alena, y la chispa eléctrica de la noche anterior volvió a encenderse.
—No quiero ser una tendencia, Alena. Quiero que esto se detenga.
—Es demasiado tarde para eso —susurró ella, acariciándole el pómulo inflamado—. Has despertado a los tiburones. Y hay uno en particular que acaba de salir de las sombras.
Mientras tanto, en un club privado de la zona alta de Barcelona, Sam Segovia se reunía con un hombre que no aparecía en las revistas de sociedad. Se llamaba Ricardo Mola "El Caimán", y había sido el gran rival del Viejo Díaz en los ochenta. Un boxeador sucio, vinculado a las apuestas clandestinas, que nunca perdonó que Díaz se retirara con el honor intacto mientras él terminaba en la cárcel por amaños
Antes de que Sam llegara, Ricardo Mola estaba solo en su despacho del club. Tenía sesenta años, una cicatriz que le atravesaba la ceja derecha y los ojos de quien ha enterrado a muchos amigos. Sobre la mesa de caoba, junto a un vaso de whisky a medio llenar, había una fotografía enmarcada en plata: una mujer joven con un bebé en brazos. Su hija. Mola la miró unos segundos, luego la metió en el cajón con un movimiento seco. Se frotó la mano derecha; le temblaba ligeramente, un temblor que no podía controlar ni fingir. Se tomó un vaso de agua con una pastilla blanca antes de que llamaran a la puerta.
—Así que el cachorro es tan bueno como el padre —dijo Mola, saboreando un whisky de malta—. O quizás mejor. Sam, tenemos un problema. Ese chico es demasiado "limpio". Si gana el título nacional con esa actitud de santo, mis negocios de apuestas se van al traste. Necesito que pierda. No ahora, pero sí en la gran final de Madrid.
Sam Segovia se puso pálido. Sabía que con Mola no se jugaba.
—Javi no se dejará caer, Ricardo. Es imposible. Antes se dejaría matar en el ring. Su padre le grabó a fuego el honor en los huesos.
—Todo el mundo tiene un precio, Sam —sonrió Mola, mostrando unos dientes demasiado blancos para ser reales—. Y si no es el dinero, es el miedo. He oído que el chico tiene una debilidad... una periodista preguntona.
Sam se había ido. Mola se quedó solo en la penumbra del reservado, girando el vaso de whisky sin beberlo. El silencio del club le permitía oír el zumbido leve de su propio oído izquierdo, el que le habían destrozado de un gancho en el ochenta y tres. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una fotografía doblada por las esquinas. En ella, un joven Javi Díaz padre levantaba los brazos en el Gimnasio Sant Pau, y al fondo, borroso, aparecía Mola con la ceja aún intacta y una mirada que no era todavía la de un sepulturero.
—Se fue al monte, el muy cabrón —murmuró Mola.
Sus dedos, huesudos y moteados por manchas de la edad, temblaban ligeramente sobre el papel. No era el temblor del miedo, sino el de un cuerpo que llevaba décadas pagando intereses. Dejó la foto sobre la mesa y se sirvió un vaso de agua con una mano que necesitó de la otra para sostener la jarra. El agua le supo a oxígeno de hospital.
—Y yo me quedé —dijo al aire vacío, como si le hablara a la cicatriz que le cruzaba la ceja—. Yo me quedé a contar el dinero.
Guardó la foto. Cuando se levantó para irse, la espalda le crujió y tuvo que apoyarse en el respaldo de la silla un segundo más de lo que hubiera querido. Nadie lo vio.
—Javi, tenemos un problema —dijo Sam, cerrando la puerta con llave. Su voz temblaba ligeramente—. Ha aparecido gente del pasado de tu padre. Gente peligrosa. Dicen que tu padre les debe algo. Una pelea que nunca se celebró. Una deuda que ha crecido con los intereses del odio.
Javi se levantó, protegiendo instintivamente a Alena con su cuerpo.
—Mi padre no debe nada a nadie, Sam. Él pagó todas sus deudas con sudor y soledad.
—Para hombres como Ricardo Mola, las deudas solo se pagan con sangre o con obediencia —replicó Sam, mirando a Alena con una mezcla de envidia y advertencia—. Quieren que tu próxima pelea sea contra su protegido, un peso pesado ruso que es una máquina de picar carne. Y quieren que el contrato incluya cláusulas que tu padre nunca firmaría.
Javi sintió que las paredes del loft se cerraban sobre él. El consejo de su padre resonaba en su cabeza: "Ten cuidado con las ciudades, hijo. Te pedirán que vendas lo que no tiene precio".
Se acercó a la ventana y miró el mar. El Mediterráneo parecía hoy más oscuro, más hambriento.
—Diles que acepto la pelea —dijo Javi, sin volverse—. Pero diles que no habrá cláusulas. Pelearé a mi manera. Y si ese tal Mola quiere cobrar su deuda, tendrá que venir a buscarla al centro del ring.
Alena le tomó de la mano. Sentía el temblor de la tensión en los músculos de Javi. Sabía que Sam estaba ocultando algo, que el mánager estaba jugando a dos bandas para salvar su propio pellejo.
—Javi, es una trampa —susurró ella—. Sam te está vendiendo. Lo veo en sus ojos.
—Lo sé —respondió Javi, girándose para mirarla. Sus ojos grises eran ahora puro acero—. Pero en la montaña, cuando un lobo está acorralado, solo hay una forma de salir: atacando al cuello.