El entrenamiento ya no tenía lugar en el gimnasio Sant Pau. Sam Segovia, paranoico y presionado por las deudas que Ricardo Mola empezaba a reclamar, había trasladado el cuartel general a un almacén abandonado en los muelles del Puerto de Barcelona. Era un espacio inmenso, con techos de uralita que goteaban condensación y un aire saturado de salitre y óxido.
Javi Díaz golpeaba un saco de lona pesada, relleno de arena y serrín. Cada impacto sonaba como un disparo en la inmensidad vacía del almacén. No llevaba guantes, solo vendajes toscos empapados en sudor. Sus nudillos estaban en carne viva, pero el dolor físico era el único ruido que lograba acallar las voces en su cabeza.
—Más rápido, Javi —decía Sam, sentado en una caja de madera, fumando sin parar—. El ruso, Yuri "El Glaciar" Volkov, no te va a dejar respirar. Es un tanque de cien kilos de músculo siberiano. Si te quedas quieto, te pasará por encima.
Javi se detuvo. El vapor salía de su cuerpo como si fuera una máquina térmica. Miró a Sam con un desprecio que ya no intentaba ocultar.
—Volkov no es el problema, Sam. El problema es el hombre que le paga. ¿Qué le has prometido a Mola a mis espaldas?
Sam evitó la mirada de Javi, concentrándose en la ceniza de su cigarrillo.
—Le he prometido una pelea histórica, Javi. Solo eso.
Mientras tanto, Alena salía de la redacción de la revista en el Raval. Era tarde y la calle estaba inusualmente desierta. Al doblar la esquina hacia su portal, un coche negro con los cristales tintados frenó en seco a su altura. La ventanilla bajó lentamente, revelando el rostro granítico de Ricardo .
—Bonitas crónicas, señorita —dijo Mola. Su voz era un susurro raspado, como papel de lija sobre madera—. "El Lobo que no quería ser Rey". Muy poético. Pero a veces, los poetas terminan escribiendo sus propios epitafios.
Alena no retrocedió. Su instinto de periodista, forjado en mil batallas callejeras, la mantuvo firme, aunque sintió un frío polar en el estómago. Sacó su móvil y empezó a grabar discretamente.
—¿Es una amenaza, señor Mola? —preguntó ella.
—Es un consejo editorial —sonrió—. Dígale a su joven campeón que el honor es un lujo para los que no tienen nada que perder. Si él gana esa pelea contra Volkov, usted perderá su carrera. O algo más valioso. Un accidente en estas calles oscuras es algo muy común, ¿no cree?
El coche no arrancó de inmediato. Ricardo Mola se quedó mirando por el cristal tintado el reflejo de Alena en la acera, todavía firme, todavía sin llorar. Apretó los dientes. Los dientes postizos, blancos y perfectos, le mordieron el interior de la mejilla con un dolor sordo.
—Mierda —susurró.
No era la primera vez que amenazaba a una mujer, pero sí la primera en muchos años que le provocaba náuseas. Recordó a su exmujer, que lo había dejado en el 92, cuando la cicatriz era reciente y el odio todavía le cabía en una sola maleta. Recordó a su hija, que no le hablaba desde que cumplió los dieciséis y descubrió de dónde venían los relojes de oro bajo el árbol de Navidad.
El chofer lo miró por el espejo retrovisor. Mola negó con la cabeza.
—No, a casa no. Al hospital.
Dio la orden con la voz ronca, casi avergonzada. Cuando el coche se adentró en la noche, Mola cerró los ojos y dejó que el temblor de las manos, el mismo que escondía de sus socios, le recorriera los brazos sin disimular. La amenaza le sabía a medicina barata. Pero ya no sabía otra forma de hablar.
Cuando el coche arrancó, dejando una nube de humo y a Alena temblando en la acera. No llamó a la policía. Sabía que Mola era el dueño de muchas voluntades en la ciudad. Solo había una persona a la que podía acudir.
Dentro del coche, Mola guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta. Su mano derecha volvió a temblar. La apretó contra el muslo hasta que cesó. Sacó la cartera y miró, una vez más, la foto gastada de su hija y su nieto. Tenía la esquina doblada y el color desvaído. Se la quedó un largo rato antes de volver a guardarla.
Alena llegó al almacén del puerto media hora después. Al verla entrar, Javi soltó el saco y corrió hacia ella. Notó su palidez, el ligero temblor de sus manos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Javi, envolviéndola en sus brazos. El contraste entre el calor abrasador de su cuerpo sudado y el frío de ella fue como un choque eléctrico.
Alena le contó el encuentro con Mola. Sam Segovia, desde su rincón, escuchaba con el rostro desencajado. Sabía que Mola había cruzado la línea roja.
—Me voy de aquí —dijo Javi, soltando a Alena y caminando hacia Sam. Sus ojos eran dos pozos de fuego gris—. Me llevo a Alena a la masía. Esta ciudad está podrida, Sam. No voy a pelear para tipos que amenazan a las mujeres.
—¡No puedes irte! —gritó Sam, levantándose de golpe—. Si te vas ahora, Mola te encontrará en el Pirineo. O peor, encontrará a tu padre solo en esa casa. Ya no hay vuelta atrás, Javi. La única forma de acabar con esto es en el ring. Si vences a Volkov de forma aplastante, Mola perderá millones en las apuestas ilegales y su poder se desmoronará. Es la única salida.
Javi miró a Alena. Ella asintió lentamente, secándose una lágrima de rabia.
—Tiene razón, Javi. Si huimos, seremos presas el resto de nuestras vidas. Tienes que pelear. Pero esta vez, no será por la gloria de tu padre, ni por el dinero de Sam.