El Mejor

Capítulo 8

El pesaje oficial tuvo lugar en el salón de un hotel de cinco estrellas en la Gran Vía, bajo lámparas de cristal que costaban más que la masía entera. Las cámaras de televisión formaban un muro de lentes brillantes, esperando el choque visual entre el "Lobo" y el "Glaciar".

Yuri Volkov había llegado una hora antes. En el vestuario, a solas, se había sentado frente al espejo con los codos en las rodillas. Su cuerpo parecía una cartografía de operaciones: cicatrices de hombro, de cadera, de una reconstrucción de menisco que no había sanado bien. Se inyectó algo en la cadera con una jeringa que luego tiró a la papelera. No había placer en el gesto, solo resignación. Sobre la mesa, junto a los vendajes, había una foto pequeña: una mujer mayor con un chal de lana frente a una casa de madera. Volkov la guardó en el bolsillo de la chaqueta antes de que entrara su entrenador. Cuando lo hizo, la expresión de resignación se había convertido en la máscara de hielo que todos esperaban.

Cuando Yuri Volkov entró al salón y se quitó la sudadera con un movimiento mecánico, como quien se quita una coraza que ya no le protege. El silencio de la sala fue el habitual, ese murmullo de admiración mezclado con miedo. Pero Javi no miró los músculos. Miró los detalles.

Las cicatrices de agujas en los pliegues del codo. Las venas violáceas que serpenteaban por sus costillas como mapas de un territorio devastado. Y, sobre todo, la cinta adhesiva negra que rodeaba su muñeca izquierda, donde alguien había escrito con rotulador plateado un nombre: Anya.

Cuando Volkov se acercó para el cara a cara, Javi no olió el perfume de la intimidación. Olió a alcohol médico y a sudor enfermizo. Los ojos azules del ruso no estaban vacíos: estaban gastados. Como los de un hombre que ha visto el final de demasiados túneles.

Cuando Javi subió a la báscula, el contraste fue casi poético. Era más delgado, más fibroso, con una piel bronceada por el sol del Pirineo que destacaba bajo los focos de la ciudad. No había rastro de la timidez del primer día. Se mantuvo erguido, con los brazos caídos y una serenidad que a Sam Segovia le pareció suicida.

—Cien kilos exactos —anunció el juez.

Volkov se acercó para el face-to-face. Sus frentes se rozaron.

—Te voy a romper el cuello, pequeño lobo —susurró Volkov.

Pero al decirlo, parpadeó dos veces, rápido, y su mirada se desvió hacia el cinturón de campeón que colgaba del podio. No era codicia lo que Javi vio en ese segundo. Era una súplica reprimida.

Tras el pesaje, Sam intentó arrastrar a Javi a una cena con patrocinadores, pero Javi se encerró en su habitación del hotel. Necesitaba silencio. Necesitaba el norte. Alena entró poco después, cerrando la puerta con pestillo. Ella no dijo nada; se limitó a sentarse a su lado en la cama y le entregó el teléfono satelital que el Viejo Díaz usaba para emergencias.

La señal tardó en llegar, un pitido rítmico que parecía el latido de la montaña. Finalmente, una voz raspada por el tiempo y el tabaco contestó al otro lado.

—¿Hijo?

—Hola, papá —Javi sintió que se le cerraba la garganta. La voz de su padre era el único sonido real en aquel mundo de cartón piedra.

—He leído lo que escribe esa muchacha, Alena —dijo el Viejo Díaz. Hubo una pausa larga—. Escribe con el corazón, Javi. Ten cuidado con eso. El corazón es lo que te hace fuerte, pero también es por donde entra el frío.

—Mañana es la pelea, papá. Es contra el hombre de Mola. Sam dice que es por honor, pero yo solo veo suciedad.

—Escúchame bien, muchacho —la voz del viejo se volvió dura como el pedernal—. El honor no es algo que te den los demás. Es algo que guardas tú cuando nadie te mira. No pelees por mí. Ni por Sam. Ni siquiera por esa chica. Pelea por el hombre que serás cuando bajes de ese ring. Si te dejas ensuciar por su odio, habrán ganado antes de empezar. Sé nieve, Javi. La nieve es suave hasta que se convierte en alud. Entonces, nada puede detenerla.

Javi colgó y se quedó mirando el techo, procesando las palabras de su padre. Alena se recostó sobre su pecho, escuchando su corazón. Estaba acelerado, pero rítmico, como un tambor de guerra.

—¿Tienes miedo? —susurró ella.

—Tengo miedo de lo que tengo que hacer para vencerlo —confesó Javi—. Mi padre dice que sea nieve. Pero nieve limpia. Y yo siento que mis manos ya están manchadas.

Alena se incorporó y le tomó la cara con ambas manos. Sus ojos brillaban en la penumbra de la habitación.

—Entonces mañana déjame ser tu memoria, Javi. Yo recordaré quién eres cuando tú no puedas. Yo escribiré la verdad, pase lo que pase en ese ring. No estás solo en este asalto.

Esa noche no hubo sexo, solo una cercanía desesperada. Durmieron entrelazados, como si el contacto físico pudiera filtrar la toxicidad de la ciudad. Fuera, en los callejones del Raval, los hombres de Ricardo Mola ajustaban las últimas apuestas, seguros de que el "Lobo" no sobreviviría al amanecer de su propia leyenda. Pero Javi Díaz ya no era un experimento de biomecánica; era un hombre con un ancla en el cielo y un motivo en la tierra.

Y el alud estaba empezando a moverse.

El vestuario olía a linimento barato y a miedo. Volkov estaba sentado en un banco de plástico, con la espalda encorvada, respirando con una dificultad que no se debía solo a los nervios. Un hombre con chaqueta blanca, sin insignia, le palpaba el abdomen con dedos fríos. El ruso gruñó.




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