Barcelona quedó atrás como una mancha de neón en el retrovisor del viejo Land Rover que Javi había insistido en comprar con sus propios ahorros, ignorando el lujo que Sam Segovia le había ofrecido. El ascenso hacia el Pirineo fue un despojo lento de tensiones; a medida que el aire se volvía más ralo y frío, las heridas de Javi —el pómulo cosido, las costillas vendadas— parecían doler menos.
Alena iba en el asiento del copiloto, en silencio. Llevaba su cámara en el regazo, pero no había hecho una sola foto en todo el viaje. Su mirada estaba perdida en los picos nevados que empezaban a recortarse contra el cielo de un azul cobalto, un color que no existía en el asfalto del Poblenou.
—¿Crees que tu padre nos está esperando? —preguntó ella, rompiendo el hechizo del motor.
—Él siempre está esperando, Alena —respondió Javi con una sonrisa tranquila—. La montaña no se mueve. Somos nosotros los que damos vueltas.
Llegaron a la masía cuando el sol empezaba a teñir de naranja las crestas de granito. El Viejo Díaz estaba sentado en su banco de piedra, con los mastines a sus pies. Al ver aparecer el coche, no se levantó de inmediato. Se limitó a entrecerrar los ojos, escrutando la figura de su hijo mientras este bajaba del vehículo.
Javi caminó hacia él. Ya no era el muchacho que se había marchado semanas atrás. Sus hombros tenían una carga diferente, una madurez tallada a golpes de realidad. Se detuvo frente a su padre y, sin decir palabra, le entregó el cinturón de campeón que Sam Segovia le había enviado por mensajería urgente.
El viejo ni siquiera lo miró. Se fijó en la cicatriz de la ceja de Javi y en la sombra de sus ojos.
—¿Está limpio, hijo? —preguntó con una voz que temblaba levemente.
—Está limpio, papá. No hubo trucos. No hubo pactos. Solo boxeo.
El Viejo Díaz asintió y, por primera vez en su vida, abrazó a su hijo con una fuerza que hizo crujir los huesos. Fue un abrazo de perdón y de orgullo, un relevo generacional que no necesitaba medallas.
Alena se acercó tímidamente. Llevaba en la mano un sobre con la última edición de la revista. En la portada, una foto de Javi en el ring, ensangrentado pero con una mirada de una serenidad sobrenatural. El titular rezaba: "EL HONOR QUE BARCELONA NO PUDO COMPRAR".
—Señor Díaz —dijo Alena, extendiéndole la revista—. Aquí está la historia de su hijo. La verdadera.
El viejo tomó la revista, miró la foto y luego miró a Alena. Sus ojos, expertos en detectar la mentira, se suavizaron al ver la honestidad en el rostro de la mujer.
—Tú eres la que escribe con el corazón —dijo el viejo—. Pasa a la casa. El café está puesto.
Esa noche, sentados frente a la chimenea de la masía, el silencio era diferente. Ya no era el silencio del aislamiento, sino el de la plenitud. Javi y Alena compartieron una manta, viendo cómo las llamas consumían los restos de un tronco de encina.
—¿Qué vas a hacer ahora, Javi? —preguntó Alena, apoyando la cabeza en su hombro—. Sam dice que tiene ofertas de Las Vegas. Dicen que podrías ganar millones.
Javi miró sus manos, las herramientas que le habían dado la victoria y que casi le habían arrebatado el alma.
—Las Vegas es solo otra Barcelona con más luces, Alena. No voy a volver a ese circo. Abriré un gimnasio aquí, en el valle. Enseñaré a los chicos de la comarca lo que es el boxeo de verdad. Geometría, honor y respeto. Sin apuestas. Sin mentiras.
Alena sonrió y le tomó de la mano.
—Supongo que tendré que aprender a escribir sobre vacas y nieve, entonces. Porque no pienso dejar que este Lobo se escape solo a la montaña.
Javi la besó, un beso que sabía a hogar y a futuro. Recordó el último consejo de su padre: "Si encuentras a la única... no la dejes escapar". Ya no tenía que buscar más.
Fuera, la nieve empezaba a caer suavemente sobre el Pirineo, cubriendo las huellas del pasado y dejando el mundo blanco, puro y listo para empezar de nuevo. Javi Díaz, el campeón que renunció a la corona para salvar su alma, cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, durmió sin soñar con el rugido de la multitud.