TIMOFEI
Tuve una reunión productiva con los socios. Todo parece haber salido bien, pero no puedo sacarme de la cabeza a mi vecina Inna. Por la forma en que se cayó, entendí que el golpe fue bastante fuerte. Encima, después cojeaba. Ojalá no se haya roto nada. Todo salió muy mal. Si lo hubiera sabido, la habría ayudado a bajar del coche. Aunque estemos enfrentados, nunca quise que le pasara nada malo. Y ahora estoy preocupado. No suelo seguir la vida de mis vecinos; bastante tengo con arreglar la mía. Pero, en todo el tiempo que llevo viviendo en este barrio, nunca recuerdo haber visto a un hombre aparecer por ese patio. Inna se encargaba de todo. Incluso cortaba el césped del patio junto con el pequeño.
Al volver a casa, no logro encontrar mi lugar. En las ventanas de la casa detrás de la cerca no hay ninguna luz encendida, y eso resulta bastante extraño para ser un día de descanso. Normalmente, los fines de semana esa casa está iluminada en todas sus ventanas.
Permanezco de pie junto a la ventana de mi despacho, en el segundo piso, sumido en la penumbra, mirando fijamente el patio vecino. Parpadeo al ver que un coche se detiene junto al portón de mi vecina y, unos minutos después, entra el pequeño.
Vuelvo a parpadear con tensión, porque lleva en las manos un paquete bastante grande y un enorme ramo de rosas rosadas. No logro entender qué siento en este momento. Ni siquiera me agradan los pensamientos que cruzan por mi cabeza. Porque hasta ese pequeño gamberro es mucho mejor que yo. Me atormenta que Inna se cayera por mi culpa. Porque, si no hubiera sido por mí… Aunque, en realidad, el culpable fue precisamente ese niño. Si no hubiera pintarrajeado el coche, nada de esto habría pasado.
Cuando las luces se encienden en la casa al otro lado de la cerca, respiro aliviado y me acerco al escritorio. Me siento en el sillón, pero soy incapaz de concentrarme en el trabajo. Mis pensamientos vuelven a Kristina. Hace una semana me armó un escándalo, montó una escena de celos como si yo tuviera un romance con mi secretaria, hizo las maletas y se fue de mi lado. La convencía, le rogaba que no cometiera una tontería. Intenté hacerle entender que todo era una mentira, pero ni siquiera quiso escucharme.
Si soy sincero, esas acusaciones y el comportamiento de Kristina me tomaron completamente por sorpresa. Sí, mi secretaria es bastante joven, pero entre nosotros solo existe una relación laboral. De dónde sacó mi novia semejante idea, no tengo la menor idea. Durante toda esta semana intenté hablar con Kristina, pero, tras volver a su apartamento, me ignoró por completo. Hoy pienso ir a verla al anochecer. Quizá esta vez sí la encuentre en casa. Necesitamos hablar con urgencia. Creo que, después de una semana, ya se habrá calmado un poco y habrá comprendido que estaba completamente equivocada.
Esperaré un poco más y me iré ahora mismo. Esto ya no puede seguir así. Después de todo, ya tenía planeado pedirle matrimonio en Navidad. Aunque en nuestras conversaciones Kristina insinúa que todavía es pronto para casarse, ya tiene veinticinco años. Es la edad perfecta. Una buena edad no solo para formar una familia, sino también para tener hijos. Al fin y al cabo, yo ya no tengo dieciocho años. Hace tiempo que llegó la hora de formar una familia. Mis amigos de la misma edad ya asisten a las ceremonias de graduación de sus hijos, mientras que yo sigo soltero.
Después de pasarme en el despacho hasta el anochecer, me levanto. Echo una última mirada al patio vecino. Ahora todas las ventanas están iluminadas, así que todo está bien. Al menos, quiero creerlo con todas mis fuerzas.
Después de arreglarme, conduzco hacia la capital. En mi alma las emociones se han desbordado. En mi corazón aún arde la esperanza de reencontrarme con Khrystia. Ya me imagino reconciliándonos y viéndola regresar a mi lado. Por fin recuperaré aquella paz y aquella armonía que teníamos.
De camino entro en una floristería. Compro también unas rosas rosadas, igual que el pequeño Tarás, y salgo disparado hacia mi chica.
Al llegar al patio del edificio de Kristina, respiro aliviado al ver que en sus ventanas hay luz. Eso significa que está en casa.
Bajo del coche, tomo el ramo y me dirijo a la entrada del edificio. Estoy lleno de ilusión. Estoy más que convencido de que hoy nos entenderemos y todo volverá a ser como antes. El corazón me late con emoción.
Subo en ascensor hasta el piso que necesito. Unos segundos después, pulso el timbre de la puerta de su apartamento. Pero Kristina no se apresura a abrirme. Vuelvo a pulsar el timbre varias veces más y, tras cinco larguísimos minutos, escucho la voz molesta de mi Khrystia.
—¿Quién es?
—El reparto —respondo en tono de broma.
Las cerraduras hacen clic y mi novia entreabre la puerta. Lleva puesto un albornoz blanco. Al verme, intenta volver a cerrarla, pero la sujeto y no se lo permito. Abro la puerta de par en par y, en ese instante, escucho desde el fondo del apartamento una voz masculina y áspera.
—¿Kris, ya trajeron la cena?
Siento cómo un calor abrasador me recorre la columna vertebral. Miro fijamente a una Kristina asustada y, un instante después, aparece en el pasillo un hombre corpulento, también con un albornoz puesto. Reconozco en él a su productor.
No tengo palabras. Una furiosa mezcla de celos y odio hacia esa mujer estalla en un solo instante. Seguramente podría decir muchas cosas, montar un gran escándalo. Pero ¿para qué? Aquí todo está más que claro.
Cruzo la mirada con Zapisotski, que se queda inmóvil. Le entrego el ramo a Kristina y, dándome la vuelta, me marcho. Por dentro todo hierve. No tengo palabras. No sé qué pensar. Todo en mí está ardiendo. Nunca esperé una traición así de la mujer que amaba. Creía que de verdad me quería. Por eso pensé que aquella escena de celos había sido sincera. Pero resulta que todo era un simple juego. Solo una magnífica representación teatral. Al fin y al cabo, ella es actriz. Y actuó de forma totalmente convincente.
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Editado: 02.07.2026