El nacimiento de una pasión

Capítulo 2 – Preguntas, pasiones y un amor que nace

Desde aquella noche del partido contra Uruguay, algo cambió en ella. Al principio fue apenas una inquietud, una chispa encendida en medio de la rutina diaria. Pero esa chispa no tardó en volverse fuego.

Empezó con preguntas. Muchas.

—¿Por qué patearon penales si iban empatados?

—¿Qué es un “offside”?

—¿Por qué los jugadores se cambian tanto de equipo?

—¿Quién es Messi?

Su papá, acostumbrado a hablar de fútbol con los varones

de la casa, al principio se sorprendió. Pero en el fondo, le encantaba ver a su hija tan interesada, aunque no lo decía mucho. La miraba con cierta ternura mientras intentaba explicarle con ejemplos simples, usando piedritas o ramitas en el suelo del patio.

A veces, ella lo escuchaba como si le estuvieran contando un cuento.

Porque para ella, el fútbol empezaba a parecerse a eso: un historia llena de héroes, villanos, batallas y sueños imposibles.

Una historia que quería entender, vivir... y sentir.

Con el tiempo, empezó a mirar partidos siempre que podía. Si pasaban unos por la tele, corría a sentarse aunque fuera unos minutos. Aprendió a reconocer camisetas, apellidos, escudos.

Y así, sin darse cuenta, encontró otro amor.

RIVER PLATE.

No había una razón lógica. Nadie se lo había enseñado, nadie la había influenciado. Era algo que simplemente sintió.

Tal vez fue el juego elegante, la historia, los colores, o un gol visto en el momento justo. Pero una tarde, mientras miraban un resumen en la tele, lo supo con certeza.

—Yo soy de River —dijo en voz baja, casi como un secreto, mientras un escalofrío le recorrió la espalda.

La confesión no tardó en llegar a oídos de la familia.

—¿¡Qué!? —gritó uno de sus hermanos varones, con la camiseta de Boca puesta—. ¡Traición!

—¿River? ¿Y eso? —preguntó el padre, sin enojo pero con una sonrisa burlona en la comisura de los labios.

Ella se encogió de hombros. No necesitaba explicaciones.

Tenía esa convicción que solo se tiene a los diez años, cuando todo se siente más puro, más fuerte, más verdadero.

No discutió. Solo se quedó en silencio, con la misma expresión de siempre... Pero por dentro, una sonrisa tibia le crecía en el pecho.

Desde entonces, cada partido era una cita sagrada. Aprendió a leer los gestos de los jugadores, a adivinar jugadas, a emocionarse con cada gol. Y aunque a veces le dolía no tener con quién compartirlo del mismo lado, también le gustaba esa sensación de llevar algo propio. Algo que era solo de ella.

Su pasión había nacido.

Y aunque no lo sabía, no iba a detenerse jamás.




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