El nacimiento de una pasión

Capítulo 3 – El potrero de enfrente

Frente a su casa, cruzando el camino de tierra, había un potrero. No tenía arcos, ni límites marcadas, ni pasto parejo. Pero tenía algo mejor: libertad.

Cuando la llovizna caía fina, como un susurro sobre la tierra colorada, era señal de juego.

Sus hermanos dejaban lo que estaban haciendo, agarraban una pelota gastada, y salían corriendo al potrero. Ella, detrás de ellos, con las trenzas deshechas y el pantalón arremangado.

Jugaban sin reglas claras, sin posiciones fijas. Corrían, se empujaban, se reían. El barro salpicaba hasta las rodillas. La pelota resbalaba y parecía tener vida propia. Y en ese caos de lluvia y carcajadas, ella sentía que el mundo tenía sentido.

Los fines de semana, cuando no había cosecha ni tareas urgentes, a veces se sumaba el papá. Organizaban "picaditos" en familia. Papá y los varones de un lado, del otro lado ella con sus hermanas o a veces sola. Nunca se lo tomaban muy en serio, pero ella si.

Para ella, cada pase era una oportunidad. Cada jugada, un sueño.

Y aunque nadie lo decía en voz alta, ella sabía que había un límite invisible.

—Jugás bien para ser nena —le dijo una vez uno de sus hermanos, sin intención de ofender.

Para ser nena. Como si eso fuera una categoría inferior.

A veces, después de jugar, se quedaba sola en el potrero. Se sentaba en una piedra, con la pelota entre los pies, y miraba el cielo nublado.

Soñaba.

Soñaba con una cancha grande, con gradas llenas. Soñaba con jugar de verdad.

Pero sabía que en su casa eso era difícil.

A su familia no le molestaba que le gustará el fútbol. Incluso su papá disfrutaba cuando ella comentaba un partido o discutía sobre un gol mal cobrado. Pero hasta ahí.

"Mirar, sí. Jugar, no." Esa era regla no escrita.

No por maldad, no por falta de amor.

Era sólo la costumbre, el pensamiento de que el fútbol era "cosa de hombres", como tantas otras ideas que venían de generaciones atrás.

Ella no discutía. Guardaba todo. Como siempre.

Con su rostro serio, su mirada firme, y el corazón lleno de preguntas sin respuestas, pateaba la pelota una vez más hacia el arco invisible... soñando que algún día, de alguna forma, se rompiera ese límite.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.