El nacimiento de una pasión

Capítulo 4 – El sueño de todos

Pasaron tres años desde aquel partido entre Argentina y Uruguay. Tres años desde que el corazón de Diana empezó a latir distinto cada vez que veía un partido.

En ese tiempo, ella creció. Ya no era la nena que salía a embarrarse al potrero sin pensar en nada más. Ahora iba al colegio todos los días, tenía muchas materias, trabajos prácticos, exámenes, mucha más responsabilidad. Y aunque todavía jugaba a veces con sus hermanos, su sueño de ser jugadora había quedado guardado, casi sin querer, en un rincón del alma.

No era tristeza, ni resignación. Simplemente entendió que había cosas que no dependía solo de las ganas.

Pero si algo no cambió en ese tiempo, fue su amor por el fútbol.

Eso seguía intacto.

Cada vez que podía, se sentaba frente al televisor. No solo miraba a la Selección o a River.

Le gustaba observar a los rivales, a otros equipos, a otras Selecciones. Analizaba cómo se movían los jugadores, cómo se paraban en la cancha.

Y desde hacía meses, había algo que la ilusionaba más que cualquier otra cosa:

El Mundial de Brasil 2014.

Escuchar que se iba a jugar tan cerca le hacía soñar con la idea de que esta vez, sí, Argentina podía lograrlo. Sentía que ese era el momento, que algo grande estaba por pasar.

Las calles empezaban a vestirse de celeste y blanco. En el kiosco ya vendían álbumes de figuritas y banderitas de plástico. En el colegio todos hablaban del tema. Diana no decía mucho, como siempre, pero por dentro contaba los dias.

Faltaba poco. Muy poco.

Por fin llegó el dia. Domingo 15 de junio de 2014.

Era el debut de Argentina en el Mundial.

Se despertó temprano, aunque el partido era por la tarde. Estaba tan nerviosa que apenas pudo desayunar. Se puso la camiseta celeste y blanca, un poco gastada pero llena de historia.

Argentina vs Bosnia.

El en contra al comienzo la sorprendió. No lo gritó, lo miró con ojos grandes. Pero cuando Messi hizo el segundo, ahí se desató. Gritó con fuerza, con el alma.

Sabía que ese era su mundial. El de Leo, el de todos.

Los siguientes días fueron de análisis, discusiones y ansiedad. En el colegio hablaban de Messi, de si el equipo iba a mejorar, de que podía pasar. Diana escuchaba, siempre seria, pero por dentro contaba las horas para volver a verlos jugar.

Seis días después, el sábado 21 de junio, llego el segundo partido.

Argentina vs Irán.

Diana lo sufrió. Se mordía las uñas. Irán se defendía como podía y Argentina no encontraba el camino, hasta que, en el minuto 91' otra vez él: Messi.

Zurdazo, ángulo, locura.

Diana gritóel gol con los ojos llenos de lágrimas.

No era solo un gol. Era el gol. El que define a los distintos.

Tres días después, el 25 de junio, tocó el último partido de fase de grupos.

Argentina vs Nigeria.

Ese día Diana salió del colegio corriendo bajo la llovizna. No le importó nada.

La mochila colgando, los pies mojados, el corazón acelerado.

Su papá la encontró en el camino, empapada.

—Diana, ¿estás loca?

—¡Tengo que ver el partido! —le gritó sin freno.

Llegaron justo para ver el primer gol. Messi otra vez. Y luego otro.

Ella no paraba de repetir en voz baja:

—Es el Mundial de Messi…

Aunque el equipo sufría atrás, aunque les hacían goles, Diana tenía una fe ciega. Sentía que algo grande se estaba armando.

El 1 de julio llegaron los octavos de final.

Argentina vs Suiza.

El partido fue eterno. Tenso. Cerrado. Hasta que, en el minuto 118', Messi volvió a aparecer.

Esta vez para asistir. Pase a Di María, gol y estallido.

Diana se largó a llorar. Literalmente.

Sentía que el destino quería a Argentina en la final.

Cuatro días después, el 5 de julio, llegaron los cuartos.

Argentina vs Bélgica.

Gol tempranero de Higuaín. Después, aguantar. Sufrir.

Diana gritó el gol con bronca. Como si necesitara descargar todo lo que venía guardando.

Sabía que ese equipo no era perfecto, pero tenía corazón.

Y eso a ella le bastaba.

Miércoles 9 de julio. Día patrio, y día de semifinal.

Argentina vs Países Bajos.

Fue unos de los partidos más parejos del mundial, ida y vuelta los arqueros se lucieron fueron las figuras del partido cuando el árbitro pito el final fue como un balde de agua fría se definía todo desde los doce pasos.

Diana casi no podía mirar los penales. Tenía las manos heladas.

Romero atajó el primero. Después, el segundo.

—¡Romero te amo! —gritó.

Cuando Maxi Rodríguez metió el último, se abrazó a su papá.

Fue la primera vez que él la llamó “mi campeona”.

Y llegó la gran final. 13 de julio de 2014.

Argentina vs Alemania.

Diana se puso su camiseta, se sentó en silencio.

Gritó la jugada de Higuaín. Sufrió la de Palacio.

Aplaudió a Mascherano. Rezó. Se quebró.

El gol de Götze fue una daga.

No lloró solo por perder.

También lloró por ver a Messi solo.

Con los ojos bajos, con la tristeza pegada al cuerpo.

Había dado todo, y aún así le pedían más.

Ella no entendía cómo podían criticarlo.

Messi era el alma del equipo. El que arrastraba marcas, el que armaba, el que corría sin hablar.

Y ahora, era el blanco de todos.

—No apareció.

—No es como Maradona.

Diana sentía un nudo en el pecho.

Entendía por primera vez que en el fútbol —como en la vida— a veces no alcanza con darlo todo.

Que aunque dejes el corazón en la cancha, siempre habrá quien te lo exija un poco más.

Esa noche no pudo dormir.

Y aunque la tristeza era profunda, algo dentro suyo se encendió aún más fuerte.

Ya no solo amaba el fútbol. Ahora lo entendía.




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