El nacimiento de una pasión

Capítulo 6 – La pasión no se apaga

El año seguía avanzando, y con él, una nueva ilusión futbolera: La Copa Libertadores 2015.

Diana estaba más que emocionada. No se perdía un solo partido de River.

Cada encuentro lo vivía a flor de piel, con la camiseta puesta y el corazón latiendo fuerte.

La fase de grupos, los octavos, los cuartos... todo. Diana seguía a su equipo con una fe inquebrantable.

Y, mientras tanto, su vida también seguía avanzando.

Se sentía mejor, más adaptada al barrio, más segura.

Había hecho nuevas amistades, seguía firme en sus estudios, y poco a poco, la idea de vivir en el pueblo ya no le parecía tan terrible.

Cuando llegó agosto, su papá dio la noticia que todos esperaban:

—Falta muy poco para que nos mudemos a la casa nueva.

Diana se llenó de emoción.

—¡¿En serio, pa?! —preguntó con los ojos brillosos.

—Sí, ya pueden ir llevando algunas cosas —respondió con una sonrisa.

Entonces, ella puso su mejor cara de advertencia y dijo con firmeza:

—Pero mirá que la tele no se toca, ¿eh? El 5 es la final de la Libertadores y no me la pienso perder.

—Presiento que River va a ganar —agregó convencida, cruzándose de brazos.

Su papá soltó una carcajada mientras sacudía la cabeza.

—Mirá si River va a ganar… —dijo en tono sarcástico, con esa picardía típica de un hincha de boca.

Diana lo miro con una sonrisa desafiante.

Ya estaba acostumbrada a esas chicanas futboleras.

Sabía que, aunque la cargaran, nadie le podía quitar esa pasión tan suya, tan verdadera.

Pasaban los días y la mudanza seguía avanzando.

En ese entonces, todavía tenían la vieja televisión que habían traído de la chacra.

Era una de esas teles grandes, pesadas, que funcionaban conectadas a una antena.

Cada vez que se desconectaba, volver a colocar todo era un verdadero desafío. No era cuestión de enchufar y listo.

Con el trabajo, el cansancio y tantos asuntos de la mudanza, el papá de Diana—sin darse cuenta— había desconectado

la antena un día antes para llevar la tele a la casa nueva, olvidando que faltaba horas para la esperada final.

Cuando Diana volvió del colegio, fue directo a revisar la televisión, pero al verla sin conexión, el alma se le cayó al piso.

Sintió un vacío en el pecho.

"¿Y ahora qué voy a hacer?", pensó angustiada.

Era la gran final de la Copa Libertadores, su equipo iba a jugar por la gloria, y ella no podía perdérselo.

Con el corazón apretado, se acercó a su papá:

—¿Y ahora qué voy a hacer? ¿Cómo voy a mirar la final? —preguntó, casi conteniendo las lágrimas.

Su papá, que la miró con cierta culpa, no llegó a responder.

Entonces su mamá intervino:

—Vení, Diana. Acompañame un rato, que necesito comprar unas cosas para la casa.

Diana asintió, pero su mente seguía en la final, con la preocupación latente de no poder ver el partido.

Lo que no sabía era que, mientras ella salía, su papá haría todo lo posible por solucionarlo.

Apenas Diana y su mamá cruzaron la puerta, su padre se puso manos a la obra.

Acomodó cables, ajustó la antena, buscó herramientas, revisó conexiones.

No le importaba el cansancio ni las dificultades, quería que su hija pudiera vivir esa final.

Porque, aunque hinchara por Boca, el amor por su hija estaba por encima de cualquier camiseta.

Más tarde, cuando Diana regresó, entró sin grandes expectativas.

Pero al ver la televisión perfectamente armada, funcionando y lista para el partido, se quedó inmóvil, sorprendida.

Giró hacía su papá, que la miraba con una pequeña sonrisa.

—No podía dejarte sin ver la final, hija —le dijo con tono tranquilo.

Diana sonrió emocionada, conteniendo las lágrimas.

En ese instante, comprendió que el amor de su padre iba mucho más allá de cualquier rivalidad futbolera.

El fútbol dividía colores, pero su familia siempre estaría unida.

Llegó la noche tan esperada 5 de agosto de 2015, la final de la Copa Libertadores.

River enfrentaba a Tigres de México, en el Monumental.

Era la primera vez que Diana viviría una final de ese nivel con su equipo, y lo hacía desde su nueva casa, gracias a gesto de su papá.

La transmisión comenzó, y Diana ya estaba sentada frente al televisor, con su camiseta de River puesta y el corazón acelerado.

No podía evitar mirar de reojo a su papá, que la acompañaba desde el sillón, con una sonrisa contenida, sin hacer comentarios.

Su mamá preparaba unos mates, mientras sus hermanos rondaban, algunos más interesados que otros.

El pitazo inicial la hizo contener el aliento.

Cada jugada la vivía al máximo. Cuando River abrió el marcador con gol de Alario a los 45 minutos, Diana saltó de la emoción:

—¡GOOOOOL,VAMOS CARAJO! —gritó mientras sus manos temblaban de la emoción.

Su papá solo negó con la cabeza, pero no pudo evitar sonreír al verla tan feliz.

En el segundo tiempo, cuando Sánchez marcó el segundo de penal, Diana ya no cabía en sí misma.

Los nervios empezaban a transformarse ilusión real.

"Estamos cada vez más cerca", pensaba con el corazón desbordado.

Finalmente, cuando Funes Mori selló el 3 a 0 definitivo, Diana rompió en llanto.

Pero no de tristeza, esta vez. Eran lágrimas de felicidad, de desahogo, de orgullo.

Todo el sufrimiento de años atrás, el dolor del descenso, las cargadas, los momentos difíciles...

Todo había valido la pena.

—¡Somos campeones de América, somos campeones! —repetía mientras abrazaba a su mamá y luego, casi sin pensarlo, se lanzó a abrazar también a su papá.

Él la recibió con los brazos abiertos, acariciándole la cabeza y diciendo en voz baja:

—Disfrutalo hija… te lo merecés.

Diana sentía que ese triunfo no era solo un título más.

Era la confirmación de que el fútbol, a pensar de todo, siempre encontraba la forma de devolverle alegría.




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