El Niñero de Mis Trillizos.

3. El Niñero.

Arianela

Desperté de golpe, jadeando, con el corazón acelerado y la garganta reseca como si llevara días sin beber una sola gota de agua. Apenas abrí los ojos, sentí unas manos cálidas sujetándome suavemente por los hombros. Una voz femenina y tranquila me hablaba con dulzura, intentando calmarme.

—Tranquila, señora, ha recuperado la conciencia. ¿Cómo se siente?

Parpadeé un par de veces. La luz blanca del hospital me cegaba por momentos. Observé mi mano vendada, mi brazo conectado a un suero. El pitido constante de una máquina acompañaba la respiración pausada de otras personas. ¿Qué había pasado? Traté de incorporarme, pero un mareo me obligó a recostarme otra vez.

—¿Dónde estoy?

—En el hospital. Ese chico la trajo —respondió la enfermera, señalando con la cabeza hacia un rincón de la habitación.

Giré la cabeza lentamente y lo vi. Sentado en una silla de plástico, era un joven rubio de ojos azules.

—Muchas gracias por traerme — agradeci tratando de levantarme.

—Hola, no fue nada —dijo él, levantándose apenas. Tenía la voz ronca pero amable. Sin embargo se veía joven.

— Pueda ser que si, pero igualmente gracias —repliqué aún aturdida—. Te agradezco de verdad. Gracias por no dejarme ahí.

—No fue nada — Volvio a responder encogiéndose de hombros—. Cualquiera lo habría hecho.

—Eso no es cierto —susurré para mí misma, recordando todas las veces en que estuve sola, completamente sola.

—Señora, necesita descanso —intervino nuevamente la enfermera mientras revisaba el suero—. Está deshidratada, anémica, incluso parece que no ha dormido en mucho tiempo. Debe quedarse en observación al menos esta noche.

Negué con la cabeza, con desesperación. Busqué mi móvil en la mesa de al lado, lo desbloqueé y vi la hora. ¡Pasaban de las diez de la mañana!

—¡No puede ser! Tengo que ir a la empresa.

—Señora, contrólese —dijo la enfermera con un tono un poco más firme—. ¿Puede darme el número de algún familiar para que venga por usted?

—No tengo familia más que mis hijos… —mi voz se quebró por un segundo, pero me obligué a mantener la compostura—. Pero tengo una amiga. Puedo llamarla.

Marqué a Beth. Una vez. Dos veces. Nada. Ni siquiera un mensaje de voz.

—¡Demonios! —murmuré con rabia contenida—. Este no es mi día.

En ese momento, escuché al joven responder una llamada telefónica. Su rostro se transformó completamente. Palideció, empezó a sudar y se mordía los labios con nerviosismo.

—Sí… lo que pasa es que no, no… Claro que no le pasó nada al coche… solo fue un rasguño… Lo siento… No, por favor, no me despida. Yo necesito este trabajo… Prometo repararlo… solo fue un accidente de tránsito… no pasó a más…

Al colgar, lanzó una palabrota ahogada, golpeó su rodilla con rabia y se cubrió el rostro con las manos. Su frustración era tan palpable que me removió la culpa en el pecho. Lo quedé mirando. Por mi culpa, él había perdido su trabajo. Yo había sido la que se metió en su carril. Fue mi torpeza, mi necedad, mi desesperación por llegar a tiempo.

—¡Necesito un trabajo urgente o me volveré loco!

Pobre pero tipo, pero entonces el busca trabajo y yo busco trabajadores, en el restaurante, en la empresa... y una niñera o podria ser niñero. "Varon más varón se llevarán bien" ¿o no?

—Hola —dije, con voz algo temblorosa.

Él me miró con el ceño fruncido, como si aún no comprendiera por qué me dirigía a él.

—¿Que paso, señora?

—Discúlpame. No me llames señora. Por favor. Soy señorita.

—Está bien, señorita —dijo alzando una ceja.

—Perdón por el accidente. Fue mi culpa. Pero me siento mal por lo que te pasó. ¿De verdad perdiste tu trabajo?

—Sí. No es la primera vez que pasa. Pero hoy había vendido muy bien… y ahora… todo se fue a la mierda.

—¿Necesitas trabajo? —le pregunté de repente.

Él me miró con incredulidad, como si no creyera lo que acababa de escuchar. Rodó los ojos, claramente molesto por lo obvio de mi pregunta.

—¿No me escuchó? Claro que necesito trabajo.

—Yo puedo darte uno.

—¿Cómo puede usted darme trabajo?

—Me imagino que quieres trabajar y ganar muy bien… —dije con una sonrisa ladeada.

Él soltó una carcajada irónica. Se acercó un paso, se puso las manos sobre la cintura y me miró directamente a los ojos.

—¿A qué se refiere? No me diga que quiere acostarse conmigo porque no estoy en esa lista.

Sonreí con picardía. Me encantaba ver cómo sus prejuicios se desmoronaban al segundo siguiente.

—Vaya… qué pensamiento tan sucio. No es eso. Necesito un niñero urgente para mis hijos.

—¿Niñero? ¿Un hombre cuidando niños?

—Sí. Uno que los busque del colegio, juegue con ellos. No necesitas bañarlos ni lavar ropa. Solo asegurarte de que estén bien. Te daré un auto para transportarlos. Vivirás en mi residencia. Solo de lunes a viernes. Tendrás los fines libres. ¿Qué dices?

—¿Cuántos hijos tiene?

—Tres.

—¿Trillizos? O en escalera

—Sí. Tres en uno. Trillizos.

Se quedó en silencio unos segundos, como si estuviera procesando todo. Me crucé de brazos y esperé. Al fin, respiró hondo y asintió con la cabeza.

—Me interesa. ¿Cuánto es la paga?

—Mil dólares por cada uno y semanales, más una bonificación.

—¿Mil? ¿Mil por cada uno?

—Exacto. Tres mil por semana.

Abrió la boca sorprendido, y por un segundo creí que se iba a reír. Pero no lo hizo.

—¿Qué necesitas de mí?

—Papeles que indiquen quién eres. Algún documento que diga que no tienes antecedentes.

—No soy maleante, señorita. Si lo fuera, la habría dejado tirada cuando se desmayó.

—Lo sé. Solo es por protocolo. ¿Tienes papeles?

—Tengo un problema. Mi identificación está bloqueada.

—¿Cómo que bloqueada?

—Trabajaba en la empresa de mi padre. Tuvimos un problema, hubo un escándalo y... bueno, ahora no puedo trabajar legalmente por eso.




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