El Niñero de Mis Trillizos.

9. Un parecido con mis trillizos.

Arianela

Doy vueltas como loca por el pasillo de hospital, con el corazón en un puño, esperando que el médico salga y me dé respuestas. Siento que el tiempo se congela. Lo único que supe hasta ahora fue lo que me dijo cuando salió brevemente: mi hijo presentaba una invaginación intestinal, algo que jamás imaginé. Yo pensaba que era apendicitis, y aunque ambas cosas suenan aterradoras, al menos me dijo que lo habíamos traído a tiempo. Gracias a Dios.

Miro a Kenneth, que está sentado en una banca del hospital, con la cabeza baja, en silencio. Me acerco a él y le hablo con suavidad:

—Gracias… Creo que puedes irte. No quiero que pienses que te estoy quitando tu tiempo. Hoy es tu día libre.

Él niega de inmediato, levantando la mirada.

—No, señorita Arianela. Yo quiero estar aquí presente… incluso me siento culpable. Me pregunto si fue por mi culpa que el niño está así.

—No —respondo rápido, con firmeza—. No digas eso. No creo que sea tu culpa. Estas cosas ocurren y, por más que queramos, no podemos evitarlas. No pienses de esa manera, por favor. Aun así, me siento mal contigo. Hoy debías descansar y yo… te estoy causando demasiados problemas.

Kenneth se pone de pie, decidido.

—No quiero que piense eso, señorita. Ahora estoy cuidando a sus hijos y es mi responsabilidad. Descuide. No se preocupe, de verdad.

Solté un bufido entre la angustia y la emoción. Me conmovió. Le sonreí con gratitud justo cuando el médico apareció por la puerta.

—¿Usted es la madre del niño? —preguntó, y asentí de inmediato.

—Sí, soy yo.

—Puede pasar a verlo, pero antes necesito que se lave bien las manos. Ambos. Además, deben cubrirse el cabello y la boca. Es una sala delicada, de cuidados especiales. Como le dije hace una hora, lo que su hijo presentó no fue una apendicitis, sino una intususcepción intestinal, y aunque no requirió cirugía mayor, sí es una condición muy delicada. Ya hemos limpiado su intestino y ahora solo debemos esperar. Las próximas veinticuatro horas son cruciales. Si evoluciona bien, podrá llevárselo a casa mañana por la noche.

—Gracias, doctor. De verdad… muchas gracias.

—Es nuestro trabajo. Pase a verlo. Y no se preocupe tanto.

Le agradecí una vez más y me volví hacia Kenneth.

—Ya puedes marcharte. Creo que es mejor que tomes tu día libre.

—Está bien… pero cualquier cosa me llama —me respondió con la misma preocupación en los ojos.

Le tomé la mano en señal de gratitud. Se notaba que estaba angustiado por mi hijo, y lo entendía. Pero también sabía que él necesitaba descansar.

Entré al cuarto después de lavarme las manos y ponerme la bata, el gorrito y la mascarilla. Todo era blanco, silencioso, lleno de máquinas que hacían sonidos intermitentes... Y ahí, en esa camilla tan grande para su pequeño cuerpo, estaba mi niño. Cuando me vio, sonrió.

Me acerqué de inmediato y acaricié su cabecita con ternura. Se veía tan frágil. Se me partía el alma verlo así.

—Mami… tuve miedo —susurró, con una voz débil.

—Mami ya está aquí —le dije, tomando su manita y besando su palma con amor.

Sentí un nudo en la garganta. Me había asustado tanto… Llegué a pensar lo peor. Pero gracias a Dios, estaba bien. Lo más importante ahora era él. Ellos. Mis hijos.

Mientras lo observaba cerrar los ojos nuevamente, noté que estaba agotado. Me quedé a su lado, en silencio, esperando que los volviera a abrir, que me hablara de nuevo… pero no lo hizo. Y, aunque el doctor me había dicho que estaba fuera de peligro, mi corazón seguía intranquilo. Le habían administrado una fuerte dosis intravenosa para combatir la infección, pero igual me dolía verlo así, tan pequeño y tan vulnerable.

Más que nunca, sé que tengo que estar cerca de mis hijos. No basta con tener un niñero. Soy su madre, su refugio, su casa. Tendré que reorganizar mis horarios. En el hotel, en la empresa, incluso en el restaurante… Ese último es el que menos me debe preocupar por ahora. Sé que está en buenas manos con Morgan. Y Beth ha demostrado ser excelente en la empresa. En cuanto a los viñedos y la granja, también puedo delegar, porque confío en las personas que están ahí.

Pero mis hijos… ellos no se delegan. No se reemplazan. No se apartan.

Los amo con cada fibra de mi ser. No pienso volver a estar lejos de ellos. Si tengo que ir a la empresa, haré que Kenneth los lleve conmigo. Y estaré pendiente. Siempre.

Porque ahora lo sé: mi lugar está con ellos.

***

Gracias a Dios ya habían pasado las 24 horas críticas. El médico, al ver la mejoría notable de mi hijo, decidió darle el alta. No dudé ni un segundo en llevármelo a casa, era lo mejor para él. En el hospital se estaba sofocando. Verlo tan débil, tan apagado, me destrozaba el alma y era mas que todo porque el extraña sus hermanos y como dijo también su camita. Por lo que enseguida me hicieron los papeles de alta y ya lista sali con el rumbo a la residencia.

Apenas llegamos, sus hermanitos corrieron a recibirlo, felices, con los brazos abiertos, deseando abrazarlo. Pero no pudieron. Él, aún con su manito canalizada y tan delicado, levantó la mano con la palma extendida en señal de “stop”. No pude evitar reírme en silencio. Su gesto fue tan serio, tan maduro, como si estuviera protegiéndose con su autoridad de niño valiente.

—Me alegra que ya lo hayan sacado —escuché decir a Kenneth.

—Gracias por estar aquí con los pequeños —le respondí—. Y… perdón si por mi culpa no pudiste disfrutar tu fin de semana.

—Tranquila —respondió encogiéndose de hombros—. Fui a ver a mi padre, le llevé lo que le tenía que dar… y bueno, también…

—También fuiste a ver a tu novia —interrumpió uno de mis hijos con picardía. Lo miré, arqueando una ceja.

—¿Tienes novia? —le pregunté a Kenneth con una mezcla de curiosidad y ligera molestia que me sorprendió a mí misma.

—Bueno… se podría decir que sí —respondió él algo nervioso, mientras sacaba su celular y mostraba una foto.




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