El Niñero de Mis Trillizos.

10. ¿Que me estaba pasando con Arianela?

Kenneth

Después de haber pasado un sábado junto a mi padre y saber que se encontraba bien, sentí una enorme paz. Le dejé la compra de la semana lista, los pagos hechos, todo en orden. Me sentía tan, pero tan jodidamente feliz… por fin podía decir que estaba cumpliendo, que no había de qué preocuparme por un rato.

Con ese alivio encima, quise distraerme un poco. Pensé en pasar un momento con Katia, pero… las excusas de siempre. Ya ni sabía qué pensar. Ni siquiera un obsequio la animó, y terminó rechazando mi invitación una vez más. Así que decidí desistir. No iba a seguir hablándole si cada vez encontraba una pared del otro lado.

Ahora me encontraba con los pequeños, observando la fachada imponente del Gran Hotel de la señora Arianela Duval. Uno de ellos estaba encima de mí, el pequeño Adniel, quien, gracias a Dios, ya se encontraba mejor tras haber estado enfermo. La señora Arianela nos había pedido que la acompañáramos al hotel, y mientras tanto, decidimos sentarnos en una de las áreas donde hay un pequeño cafetin. Incluso había una zona con juegos para que los niños huéspedes disfrutaran del ambiente.

—Oye, tú —escuché de pronto.

Volteé y, era Andrés. El jefe. El que me da miedo. El que parece saberlo todo, más inteligente que sus dos hermanos y capaz de ponerme en aprietos en un abrir y cerrar de ojos. Ese niño tiene algo que impone… no sé qué es.

Sonreí con resignación y le pregunté:

—Dime, ¿qué sucede, pequeño?

—¿Por qué no nos traes un refresco de allá? Pero mami dice que no podemos tomar cualquier refresco… Así que tú vas a probarlo primero. Luego nosotros, ¿entendido?

Lo miré levantando una ceja, suspiré hondo y asentí.

—Como diga el capitán.

—Así me gusta. ¡Soldado, vamos, levántate! Y tú —dijo señalando a Adniel— quédate aquí sentadito, no te muevas, estás enfermo todavía.

Replicó con un tono tan serio que hasta a mí me hizo estremecer. Parecía uno de esos ancianos gruñones de los años 60, metido en el cuerpo de un niño. Estuve a punto de soltar una carcajada, pero me contuve. Caminé rápido hasta la cafetería. Mientras los observaba desde lejos, pedí tres malteadas. No sabía cuál sabor les gustaría, pero como a mí me encantaba la de fresa, decidí irme por lo seguro: las tres de fresa.

—Por favor, me gustaría tres malteadas —le dije a la encargada.

—Hola, ¿usted es el padre de esos pequeños? —preguntó de pronto.

Giré la cabeza. Ella veía hacia donde estaban los niños, que, sin vergüenza alguna, levantaban las manos hacia mí.

—No… —empecé a decir.

—Es que… se parecen tanto a usted —comentó con una sonrisa curiosa.

Tragué saliva. ¿Está ciega o necesita nuevos lentes? Aunque ahora que lo pienso, los lleva puestos… deben ser de medida.

—Bueno, sí es mi papi —interrumpió Andrés, apareciendo a mi lado como si fuera un fantasma bien entrenado.

—¿Qué haces aquí? —le pregunté, agachándome a su altura.

—Vine a decirte que queremos sabor fresa.

—Ya pedí el de fresa…

—¿Y por qué no lo dijiste antes? —respondió mientras me daba un tirón en la oreja con el dedo.

—¡Auch! —me quejé fingiendo dolor.

—¡Tontín! ¡Apúrate, tenemos mucha sed! —ordenó con autoridad.

La mujer soltó una risa.

—Wow… su hijo le habla así. Sí que se parece a usted.

—No, no se confunda… —respondí incómodo, pero ya no tenía ganas de discutir.

—Por favor, que sean tres malteadas con fruta de fresa en cada una —le dije mientras trataba de no pensar demasiado en sus palabras.

Esperé un rato. Cuando estuvieron listas, tomé dos de los batidos y se los llevé a los niños. Luego volví por otros dos, regresé a sentarme junto a ellos, observando cómo los niños de los huésped, se divertían en la piscina.

—¿Por qué pediste fresa tú también? —preguntaron los tres al unísono.

Los miré, sorprendido, y respondí con una sonrisa:

—Porque a mí también me gusta la fresa.

—Hmm… —asintieron satisfechos.

—Oye, ¿lo probaste? —preguntó Andrés, en tono de reproche.

—Sí, capitán. Lo probé. — Respondí con ganas de reírme.

—Muy bien… ten mucho cuidado. Porque si algo nos pasa… —hizo un gesto cruzándose el dedo por el cuello, luego se echó a reír.

Los otros dos lo miraron mal, negando con la cabeza.

En el fondo, no pude evitar reír también. Andrés tenía ese tipo de carácter que podía ser irritante y adorable al mismo tiempo. A su manera, me hacía sentir vivo, como si estos momentos con ellos valieran oro.

Pero entonces, algo se me quedó rondando en la cabeza. ¿Por qué esa mujer vio el parecido con ellos ? ¿Será sólo por el cabello rubio? Me encogí de hombros, tratando de restarle importancia. Hay muchos rubios en este mundo. Yo soy uno más… al igual que ellos. ¿O no?

***

Cuando la señora Arianela terminó su jornada, nos dirigimos todos hacia su coche. Ella se detuvo unos instantes para saludar a unas personas que se le acercaron, se veía cordial, tan dulce y tan ella, a como la llevo conociendo estos dias. Yo me quedé junto a los trillizos, que parecían tener la batería cargada al 100% y el mio creo que estaba al 1%.

Mientras tanto obseve a una señora que se acercó y saludó amablemente a los pequeños.

—Cada día se parecen más entre sí… Son los hijos de Arianela Duval, ¿verdad?

Andrés, con esa expresión de fastidio elegante que lo caracteriza, cruzó los brazos y respondió con su tono más sarcástico:

—Obviamente somos trillizos idénticos. —Remarcó la palabra con una pausa dramática que me hizo querer reírme, pero me contuve.
—Y sí, somos hijos de mi bella mami. —Remató, como si fuera la conclusión más obvia del universo.

—Wau… qué inteligente, pequeñín. —rió la señora, divertida—. Por cierto, — Se dirigió a mi y la escuche con atención —¿Usted es su pa…?

No terminó la frase porque la voz de Arianela nos interrumpió con ese tono suave, pero siempre firme.




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