El Niñero de Mis Trillizos.

12. Los trillizos son un caus.

Arianela

Mientras en la pantalla se proyectaban los planes estratégicos para el nuevo proyecto, mi mente divagaba sin control. Las imágenes iban y venían, no del negocio, sino de mi pasado… un pasado que he intentado enterrar una y otra vez. Me molestaba conmigo misma por dejar que los recuerdos me alcanzaran. No era amor lo que sentía, estoy segura de ello; eran simplemente cicatrices abiertas, memorias de un abandono que me marcó.

Aun así, dentro de toda esa herida, existía un motivo para agradecerle a la vida. Porque cuando él se fue, cuando pensé que todo estaba perdido, mis hijos llegaron a mí como un milagro. Ellos fueron —y siguen siendo— el mejor regalo de Dios. Gracias a ellos nunca me sentí completamente sola ni me dejé arrastrar por la tristeza. Era una época dura: había perdido a mis padres y el dolor me tenía al borde del abismo. Hoy, ellos son mi fuerza, mi motor.

Sacudí esos pensamientos cuando uno de los socios me tendió la carpeta con los informes. La tomé, respiré hondo y me concentré en leer cada página con precisión antes de firmar como una de las accionistas mayoritarias. Una vez estampada mi firma, se concretó la fusión con los demás. Habíamos cerrado un gran trato.

Cuando todo terminó, me despedí con una sonrisa diplomática. Fue entonces cuando lo vi. Maximiliano. Aún estaba allí, como si el tiempo no lo hubiese tocado… o como si todo este tiempo hubiese estado esperándome. Sentí el corazón latirme con fuerza, pero me obligué a mantener la calma.

—Arianela, ¿podemos conversar un momento? —su voz, grave y familiar, me atravesó como un eco del pasado.

Lo miré unos segundos, y aunque quise decir que no, terminé asintiendo con un suspiro.

—Vamos a mi oficina —le sugerí con tono firme, pero apenas di el primer paso, sentí cómo su mano me sujetaba y, en un segundo, me rodeaba con un abrazo intenso, desesperado.

El mundo se detuvo. Su calor, su olor… todo me golpeó con recuerdos que había prometido olvidar. Dudé, maldita sea, dudé de mis estúpidos sentimientos. Con un movimiento brusco, me separé de él y le hablé con frialdad.

—Creo que está malinterpretando las cosas, señor Valverde.

Él sonrió levemente, esa sonrisa que conocía tan bien.

—Lamento apresurarme… pero todo este tiempo te extrañé, Ari. No tienes idea de lo que fue vivir sin ti. Lo que pasó… no fue porque yo quisiera. Necesito que sepas que no te dejé porque quise, no tenía opción por…

—¡Basta! —lo interrumpí, alzando la voz más de lo que quería—. Maximiliano, no quiero tus explicaciones. El pasado quedó atrás y no pienso removerlo. Estamos aquí por negocios, eso es lo único que nos une ahora.

Su mirada se oscureció, pero insistió:

—Regresé al país por ti, Arianela. Para recuperarte.

Di un paso atrás, negando con la cabeza, sintiendo cómo la rabia se mezclaba con algo que no quería nombrar.

—No quiero escucharte. Mi vida es distinta ahora. Tengo lo más importante: mis hijos. Ellos son mi prioridad, no tú.

—Déjame explicarte…

—¡No! —mi voz salió cortante—. Ya no quiero saber nada. Lo dejé ir, ¿entiendes? Y lo único que me importa es mi presente.

Él bajó la mirada, derrotado, pero antes de marcharse levantó la cabeza y me miró con una intensidad que me heló la sangre. Y entonces, sin darme tiempo de reaccionar, se inclinó y sus labios se apoderaron de los míos en un beso tan fugaz como arrollador. Un beso que… no detuve.

Cuando se alejó, me quedé inmóvil, aturdida, mientras él abandonaba el salón sin decir una palabra más. Yo simplemente me quedé allí, sintiendo cómo todo mi mundo tambaleaba.

No quiero volver a llorar por un amor que se fue sin dar explicaciones. No quiero regresar a ese infierno donde todo terminó con un simple mensaje: “Lo siento, no podemos seguir”. Y después… enterarme de que estaba con otra mujer, una mexicana, como si lo nuestro no hubiera valido nada.

Entonces, ¿por qué? ¿Por qué permití ese beso? ¿Por qué mi corazón late así? Moví la cabeza, tratando de sacudirme el caos, tomé mi bolso y salí del salón. Pero dentro de mí… aún ardían mil emociones que no podía apagar.

***

Al llegar junto con los niños y Kenneth, ellos se acercaron corriendo, sonriendo como si tuvieran algo que contarme.

—Mami, Ken ya tiene aprobado ser nuestro niñero —dijo Andrés con una seguridad que me dejó mirando sin entender nada. Kenneth, por su parte, se encogió de hombros, intentando disimular una sonrisa.

—A ver… ¿cómo es eso? —pregunté arqueando una ceja.

—Pues que pasó la prueba. A partir de ahora haremos lo que él diga y lo vamos a respetar como se debe —aseguró Andrés, muy serio, y añadió con una picardía que me dejó helada—: De igual manera, les damos permiso para que sigan viéndose las caras sin esconder esa chispa que ambos esconden ante nosotros.

Me quedé muda.

—¿Pero ustedes de qué hablan? —pregunté atónita, mientras Kenneth soltaba una carcajada suave y negaba con la cabeza. Yo también terminé riendo por lo absurdo del comentario.

Decidimos salir a dar un paseo para que los niños no se aburrieran. Más tarde, Kenneth los llevaría a casa. Durante el trayecto, me disculpé:

—Lamento mucho que mis hijos se porten de esa manera… Más Andrés.

—Tranquila —respondió él con calma—, son muy observadores, quizá por eso especulan cosas.

Lo miré en silencio, entendiendo perfectamente a qué se refería. Tenía razón. A decir verdad, yo también he notado cómo me mira. No lo negaré: este hombre, a pesar de ser menor que yo, me atrae y me cuesta ocultarlo.

***

Llegamos al restaurante Guanacaste. Mis niños corrieron a ver el menú con entusiasmo, mientras yo pedí un pollo a la parrilla con frutos dulces y una piña colada con poco alcohol. Desde mi asiento, observaba a Kenneth hablar con el mesero, asegurándose de que el pedido de los pequeños fuera el correcto... el mesero se fue y Kenneth me miraba con una hermosa sonrisa que sentí mi piel erizarse de repente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.