El Niñero de Mis Trillizos.

13. Mi corazón late

Kenneth

Miro a los pequeños mientras juegan a la canastita. Estoy sentado en medio de ellos, suelto un suspiro y me pregunto qué demonios me está pasando. Creo que me estoy volviendo loco… Más aún después de escuchar a esos niños decir que yo era su padre.

En ese momento pude notar el rostro de Arianela sonrojarse, y aquel tipo que estaba cerca la observó con demasiada atención. ¿Quién será él? ¿Alguien importante en su vida… o alguien que fue parte de ella?

Lo que más me dejó impactado fue la rapidez con la que estos pequeños actuaron, como si supieran exactamente qué hacer. Y, ¿saben algo? Se los agradecí en silencio.

Pero no, esto es una completa locura.

Porque sí… me gusta. Me gusta esa mujer. No me importa que sea una mujer adulta… Bueno, tampoco es tanta diferencia; quizá me lleve tres o cuatro años, pero eso no me importa. Me encanta. Es como si la conociera desde hace mucho tiempo. Y sí, sé que suena estúpido, pero no puedo negarlo.

Verla sonreír, ese rostro angelical, y su cuerpo… Dios, su cuerpo parece el de una Barbie, una escultura perfecta.

—¡Te toca! —escucho de pronto, y me sobresalto.

Uno de los pequeño me grita.

—No debes gritar —le advierto—, recuerda que aún estás enfermo.

Pero los niños no se detienen.

—Estás muy pensativo… ¿qué tanto piensas? —me recrimina Adniel, con esa inocencia que incomoda.

Antes de poder responder, Adrien me apunta con un dedo y Andrés mueve la cabeza con complicidad para luego soltar una risita.

—Últimamente estás muy pensativo —dice uno de ellos, y lo que sigue me deja helado—. Diles la verdad, tu novia te ha dejado para que tengas oportunidad con mi mami.

Abro los ojos sorprendido. ¿Qué? ¿Cómo pueden decir algo así? No deberían decir eso delante de su madre. ¡Por Dios!

—Oigan, no… no digan esas cosas —tartamudeo, sintiéndome expuesto.

—Pero te gusta mi mami… se te nota a leguas —replica el otro con total naturalidad.

¿CÓMO demonios saben estas cosas? ¡Son tan pequeños! ¿Qué entienden ellos de “gustar”?

—¿Ustedes cómo saben de eso? —les pregunto, intentando sonar tranquilo.

—No sé… —dice Andrés, encogiéndose de hombros—. Quizá por las telenovelas que ve la señora de la limpieza cuando viene a llevarnos al jardín. Siempre está pendiente de su teléfono, viendo telenovelas y dramas.

Me quedo mirándolos con incredulidad. ¿Cómo pueden ser tan observadores? Son demasiado inteligentes para su edad. Saben lo que uno piensa o siente… No lo puedo creer. Por un segundo me pregunto si son telepáticos o si tienen algún poder como los Gremlins.

Sacudo la cabeza, intentando sacarme esas ideas tontas, y me levanto.

—Vamos, sigamos jugando —digo, sonriendo para disimular mi nerviosismo.

Así pasamos toda la tarde, jugando a la canastita y al escondite. Todo iba bien hasta que escucho el motor de un coche entrando al patio. Ellos me jalan de la mano.

—¡Vamos, Kenneth! ¡Vamos a recibir a mami!

Corremos hasta la entrada. La señorita Arianela baja del coche, elegante como siempre. Los niños salen disparados.

—¡Mami! ¡Te extrañamos! —gritan los tres al unísono.

Ella sonríe, radiante, y se agacha para abrazarlos.

—Yo también los extrañé, mis amores… Bueno, a uno no tanto… —bromea, y yo abro los ojos sorprendido.

—¿Extrañaste a Ken también?

—Uhm... bueno si.

—Bueno, qué bueno que me extrañaste — respondi, jugando con mi mano, para que no se note mi nerviosismo.

—En fin —responde ella, sonriendo—, vámonos para adentro que muero de hambre. Hoy quiero cenar con ustedes. Además, les tengo una noticia muy favorecida para los pequeños trillizos… Bueno, creo que para Kenneth no ya que el se va este fin de semana.

Levanto una ceja, curioso.

—¿Y eso?

—¿Tienes que quedarte en casa este fin de semana?— pregunta con serenidad.

—¿Qué? ¿Yo? —pregunto, intentando sonar neutral, aunque por dentro estoy brincando de emoción.

—Si. Me imagino que no podrás ir donde iremos

—Claro que sí podré. Mi padre seguirá el fin de semana con unos compañeros viendo los juegos de voleibol, por eso quería comunicarte que… bueno me quedaré esta semana aquí. Si se puede.

Antes de que pueda responder, los niños saltan y gritan como un coro musical:

—¡Yupi! ¡Este fin de semana Kenneth se queda con nosotros!

Yo solo sonrío, intentando que no se note cuánto me emociona. Porque sí, me emociona quedarme con ellos… pero, sobre todo, con ella. Aunque eso… eso no puedo admitirlo.

***

Al entrar en mi habitación, después de que los niños se quedaron a cenar con su madre, cerré la puerta y solté un suspiro profundo. Saqué un cuaderno que había traído de casa, junto con unos lápices. Me senté al borde de la cama, quedé mirando las páginas en blanco por unos segundos y empecé a dibujar.

Cada trazo lo hacía con admiración, con devoción y con deseos que no quería aceptar. Sonreí mientras mi mano se movía con firmeza sobre el papel, dándole vida a ese rostro que no podía sacarme de la mente. Una piel limpia, salpicada de pecas, un cabello rojizo que parecía fuego cuando le daba la luz, un rostro blanco, bello y delicado, y esa sonrisa… esa maldita sonrisa que me dedicó.

—Maldita sea —murmuré entre dientes, dejando el lápiz a un lado—. ¿Cómo voy a poder negarlo? Jamás.

Esa mujer me pone mal. Lo niego y lo niego, intento pensar en Katia, pero ¿para qué? Katia nunca está para mí. Siempre tiene una excusa, siempre está ocupada, siempre hay algo más importante que yo. ¿Entonces? ¿De qué sirve seguir pensando en ella?

Guardé el boceto debajo de la almohada en cuanto escuché la puerta abrirse. Salgo de la habitación y la veo en el pasillo, hablando por teléfono, con esa voz suave pero firme que me enloquece. Nuevamente entro a la habitación. Me doy una ducha express. Luego tomó una blusa del perchero y salgo otra vez, me quedo disimulado en el pasillo, ella sin siquiera notar que estaba ahí, con el corazón acelerado como un adolescente camino con rapidez.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.