Arianela
Ya estábamos listos para nuestro paseo. Morgan había dicho que nos alcanzaría después, así que Beth decidió venirse conmigo para ir juntas con los niños y con Marva, que también quiso acompañarnos. Génesis, la nueva chica, ya había dejado todo preparado: la ropa de los pequeños perfectamente doblada y lista en sus maletas. Kenneth, por su parte, se movía con una agilidad sorprendente, ya era todo un experto reconociendo a los trillizos, y eso me hacía sentir tan cómoda.
Llevaba más de un mes trabajando con nosotros, y la verdad, no podía quejarme. Ayer le había pagado su salario, y lo primero que hizo fue ir a depositarlo. Imaginé que sería para su padre… o quizá para esa chicas que seguro es su novia. Ay, Dios… ¿por qué estoy pensando en eso?
Sacudí la cabeza para alejar las ideas y terminé de preparar mis cosas. Subimos al coche, dejando todo listo. Esta vez, el chofer nos llevaría, y Kenneth venía con nosotros, sentado junto a los niños, que no paraban de hablar y cantar con él. Me quedé mirándolos… y no pude evitar sentir un nudo en la garganta.
Por un instante, un pensamiento cruzó mi mente: ¿Cómo habría sido si mis hijos hubieran crecido con una figura paterna? Ahora los veía felices, riendo con Kenneth… y él solo es el niñero. Pero en apenas un mes, mis hijos lo quieren, lo admiran, lo buscan para todo. Es increíble cómo lograron sentir afecto por él tan rápido.
Me dio risa recordar cómo le dijeron a Maximiliano. Que Kenneth son su padre. Yo no desmentí nada, solo reí, aunque por dentro pensé. Por otro lado ¿Y si lo hubiera encontrado? ¿Y si le hubiera dicho: “oye, tengo tres niños tuyos”? Pero enseguida deseché la idea. Fue solo un revolcón, nada más. Nunca supe quién era realmente. Ni su rostro recuerdo con claridad, solo aquel tatuaje en su espalda… ¿Para qué remover el pasado? El pasado está muerto, y yo no pienso volver a él.
Me concentro en la carretera. Observo cada calle, los árboles, escucho el canto de los pájaros. Todo parece tan tranquilo. Entonces vibra mi teléfono: un mensaje.
—¿Cómo vas? —pregunta mi amiga.
—Perfectamente bien —respondo.
Me dice que lleva a una amiga, pero enseguida envía otro mensaje.
—Oye… ese niñero tuyo se ve más guapo que antes.
Frunzo el ceño y río, tecleando rápido:
—¿Por qué lo dices?
—Porque lo es. Y porque veo que te mira demasiado. ¿Qué hay entre ustedes?
Me quedo helada, con los ojos como platos. Le mando un emoji sorprendido.
—Nada que ver. ¿Por qué preguntas?
—Porque hay una chispa en sus ojos… y en los tuyos también. No me mientas, amiga.
No puedo evitar soltar una carcajada que termina llamando la atención de Kenneth. Me quedo callada, bajando la mirada. Los trillizos ya se habían dormido, y uno de ellos recostó su cabecita en mis piernas. Lo acaricio con ternura y le mando un último mensaje:
—Por favor, no me hagas reír.
Ella responde con un emoji burlón, como siempre. Con ella no se puede.
Me desconecto y respiro hondo, disfrutando el viaje. Pero entonces, inevitablemente, mis ojos se desvían hacia Kenneth.
Tal como mi amiga dijo… sí, se nota que es guapo. Bueno, no es un chico, es un hombre. Su cuerpo musculoso, sus hombros anchos… y esos ojos azules. Son tan intensos que siento cómo me atraviesan. Cuando su mirada se posa en mis labios, el aire se me corta y desvío la vista de inmediato.
¿Por qué me pone así? ¿Por qué me siento atraída?
He conocido a tantos hombres… hombres poderosos, empresarios, hombres que cualquiera consideraría perfectos. Algunos han querido casarse conmigo. Pero nunca me sentí así. Nunca sentí este calor en la piel… estas mariposas en el estómago.
¿Y ahora? ¿Por qué este hombre, un simple niñero, logra que me tiemblen las piernas? Trago saliva. El viento golpea fuerte contra la ventana, pero yo siento calor. Tomo aire y cierro los ojos.
Concéntrate, Arianela. Esto no está bien.
Porque no lo está… y no debo sentir nada por él.
***
Finalmente habíamos llegado a nuestro destino. Todo era tan hermoso que por un momento me quedé sin palabras. Desde el coche ya podía verse el mar, y ese aroma salado me envolvía con una sensación de libertad. Bajamos con Kenneth y los niños, en seguida se estaciona el auto de Beth, bajan Marva y la amiga de mi amiga, los niños no paraban de sonreír. Después de casi tres horas de viaje, era lógico que estuvieran emocionados.
—Mami, ¿trajiste nuestros trajes de baño? —preguntó uno de mis hijos, con esos ojitos brillantes que me derriten.
—¡Porque queremos vernos espectaculares! —agregó su hermanito, mientras el que él otro asentía con entusiasmo.
—Claro que sí, mis amores. También traje uno para mí —respondí sonriendo.
Preparé todo antes de salir de casa, así que los trajes estaban listos. Pero antes de correr al mar, levanté la mano para detenerlos:
—¡Esperen, esperen! No tan rápido. Primero hay que ponernos bloqueador solar, ¿de acuerdo? Y sobre todo irse con un mayor.
—Pero Mami, queremos meternos ya.—protestaron casi al unísono.
—Nada de “ya”. Todos con cuidado. ¿Saben nadar bien, verdad?
—¡Sí! —respondieron levantando sus meñiques para jurármelo.
No pude evitar reírme. Eran lo más hermoso de mi vida. Beth se acercó y dijo divertida:
—Bueno, la tía se bañará primero con ustedes. ¿Les parece?
—¡Sí, tía! —gritaron emocionados antes de correr hacia la playa junto con ella no sin antes colocarles la crema.
Los vi alejarse felices, y luego busqué un lugar cómodo para sentarme. El sitio era un paraíso: tumbonas blancas con cojines estilo tropical, sombrillas que daban la sombra perfecta, y una brisa fresca que contrastaba con el sol ardiente. Una mesera se acercó para tomar la orden. Pedí para los niños pollo frito, para mí unas langostas empanizadas y, por supuesto, una piña colada bien fría. Kennet seguia sin pedir nada. Se notaba seguramente fuera del lugar.