Kenneth
Luego de que Marva entró y me dijo que fuera a darme una vuelta, salí decidido a buscar a Arianela. Quizá sería bueno hacerle compañía, distraernos un poco. Caminé por todo el lugar, con la esperanza de encontrarla. Sin embargo, mis pasos se detuvieron de golpe cuando mi mirada se fijó en una pareja abrazada junto a la orilla. Sentí un vuelco en el estómago.
Era ella.
Arianela... y ese hombre. El mismo de aquella vez.
Y para empeorar las cosas, se estaban besando.
—¿Kenneth, has visto a Arianela? —me preguntó Beth al acercarse.
La miré por unos segundos, pero su mirada se desvió justo hacia donde yo estaba viendo. Cubrió su boca con la mano.
—Supongo que... ese ella con ese sujete.
—¡¿Pero qué c...?! Esperame un minuto que me va escuchar... —Beth estaba claramente molesta—. ¡Ese idiota!
—Seguramente la señorita y él tienen algo.
—¿Sabes qué? Mejor vámonos a caminar los dos. No puedo creer esto. No lo puedo creer... ella me va escuchar luego.
—Bien, vamos—respondí sin ganas.
Comenzamos a caminar por la playa. Yo llevaba la cabeza agachada, perdido en mis pensamientos.
—Oye, ¿qué te sucede?
—Nada... no sucede nada.
Beth se detuvo, se me quedó mirando y se puso ambas manos en la cintura. Esa típica postura cuando está por decir algo muy directo. Llevo un mes conociéndola y ya se ese gesto.
—Ahora que lo veo bien... Te gusta tu jefa, ¿verdad?
—No, no piense eso...
—Sí te gusta. Se te nota. Te brillan los ojos cuando la ves. Y no es malo, Kenneth. Incluso yo lo pensé desde hace rato. Pero verla besándose con su ex novio... te puso mal, ¿verdad?
Te juro que Maximiliano me cae muy mal.
No supe qué responder. Porque sí, me dolía. Me ardía por dentro.
—Ella... me gusta —empecé a decir, pero bajé la voz
—Sí, lose y tendra que darme una buena explicación.
—Seguramente.— logré decir.
—Vamos a tomar algo. Mañana tenemos todo el día para dormir y más playa. No estés frustrado, aunque te entiendo. Yo también quiero saber qué está pasando por la cabeza de mi querida amiga.
Me encogí de hombros y seguimos caminando hasta llegar a una pequeña terraza con vista al mar. Nos sentamos en una mesa y, sin saber bien por qué, terminé pidiendo un Smirnoff.
—¿Tomas eso? —preguntó Beth sorprendida.
—Sí. Pero casi no me emborracho. Por eso prefiero tomar algo suave. No hay ningún problema.
—Vamos a tomar entonces. Yo pediré una Margarita.
Así comenzamos a tomar y conversar. Y no sé cómo, ni por qué, pero terminé aceptando lo que me pasaba: estaba celoso. No me gustó ver a la señorita Arianela con ese hombre, ese supuesto ex. Me dio rabia. Una rabia silenciosa, contenida.
Sin embargo, no podía hacer nada. Solo soy el niñero de sus hijos. No tengo derecho a sentir lo que siento. No puedo pensar que ella podría sentir lo mismo por mí.
Cuando llegué a la habitación, me despojé de la ropa y me tiré sobre la cama. Me sentía exhausto, física y emocionalmente. Pero más que nada... dolido. Arianela estaba con ese tipo. Según Beth, él la había abandonado justo cuando murieron sus padres. Entonces, ¿por qué volver con alguien así? ¿Qué le puede ver?
Negué con la cabeza y revisé mi teléfono. Tenía un mensaje de Katia. Fruncí el ceño y le respondí con una simple carita, insinuando que tenía sueño.
Pero enseguida llegó otro mensaje:
"Quiero verte este domingo."
Le respondí rápidamente:
"No podré. Estoy en un viaje por mi trabajo."
Ella insistió:
"Tengo entendido que no trabajas los fines de semana. ¿Entonces no tienes tiempo para mí?"
"El tiempo que quería tener contigo no lo pudimos aprovechar la vez pasada. Y ahora estoy ocupado. Buenas noches, Katia."
Ella me respondió con una carita triste. Dejé el teléfono en la mesita de noche.
Cuando yo quiero hablar con ella, nunca está para mí. Así que ahora... no quiero saber nada. No quiero verla. No quiero fingir. Porque mi mente —mi maldita mente— está ocupada por otra mujer.
Una mujer refinada. De ojos hermosos y cabello rojizo.
No debería sentir esto por ella. Es una mujer prohibida. Mi jefa. La madre de los niños que cuido.
Pero me doy cuenta... estoy enamorado.
Y lo peor... ella está enamorada de su ex. Ese tal Maximiliano.
Con un suspiro profundo, cerré los ojos y decidí dormir. Mañana será otro día. Un domingo más. Y aprovecharé al máximo. Sacaré muchas fotos, luego las dibujaré en mi cuaderno. No pierdo la fe de que algún día seré un gran pintor. Aunque lo vea lejano, tengo esperanza. No todo está perdido.
Apagué la lámpara, pero al cerrar los ojos... esa imagen volvió.
El beso.
El maldito beso de Arianela con ese tipo.
Y la verdad, me destruyó por dentro. Estoy celoso. No lo puedo negar.
***
Por la mañana me encuentro con los nenes, sentados en la arena observando el mar. La playa estaba más que tranquila, pero dentro de mí todo era un terremoto, un huracán… como si la calma del paisaje fuera una burla cruel a lo que sentía por dentro.
De pronto, veo a la señorita Arianela acercándose hacia nosotros con una sonrisa, pero lo que me golpea de frente es ver que detrás de ella viene ese tipo… el mismo con el que la vi besándose ayer.
—¡Hola, pequeñitos! —saluda con voz dulce.
Uno de los nenes la mira y pregunta con inocencia:
—Mami, ¿dónde te fuiste tan de mañana? No te vimos en la habitación, ni en el desayuno.
Ella sonríe.
—Quiero presentarles a alguien.
Los tres niños se pusieron rectos de inmediato. Sus caritas se endurecieron, miraban fijamente al hombre. A ese Maximiliano… Podía notar que los niños estaban tramando algo. Se miraban entre ellos, cómplices, serios.
—Maximiliano —dijo ella—, déjame presentarte bien. Estos son mis pequeños, y él —señalándome— es el niñero de ellos.
—Mucho gusto —dijo el hombre, inclinándose levemente.