El Niñero de Mis Trillizos.

16. Beso

Arianela

Sinceramente… no sé qué locura estoy cometiendo.

Pero aquí estoy, en la habitación del hotel, acostada boca arriba, con la cabeza llena de pensamientos y el corazón dándome vueltas como si estuviera en una montaña rusa emocional. Decidí darle una oportunidad a Maximiliano, una de esas decisiones que ni yo misma sé si fueron buenas o malas. Todo ha pasado tan rápido que me cuesta entender qué fue lo que me llevó a decirle que sí. Tal vez la nostalgia. Tal vez la soledad. O tal vez simplemente… el querer sentirme querida otra vez. Y mas al saber que lo nuestro terminó por esa enfermada.

Los niños están en su mundo, conversando entre ellos en la otra cama, mientras yo miro mi celular. Literal, tengo cientos de mensajes. Bueno, quizás estoy exagerando, pero son muchísimos. Todos de Maximiliano. Me pide que baje al restaurante para cenar juntos, y después ir a la playa, donde esta noche se celebran los carnavales. Quiere bailar conmigo bajo las luces de colores, con la música caribeña y el mar de fondo.

Y yo…

Yo no puedo.

No quiero dejar a mis hijos solos, ni abusar de Kenneth, que está aquí acompañándonos y hoy tenía su día libre. Sería injusto. Así que solo le respondo a Maximiliano con un mensaje corto:

"Lo siento, no podré esta noche. Cuando regresemos a la ciudad, tal vez podamos salir."

¿Estoy haciendo bien? ¿Estoy haciendo mal?

—Mami —escucho la vocecita de Andrés llamándome.

—Dime, pequeño —le respondo.

Me mira con el ceño fruncido, esa expresión tan suya cuando algo no le gusta.

—¿Por qué estás con ese hombre?

Yo lo miro sorprendida. Antes de que pueda responder, Adniel se adelanta con otra pregunta:

—Ustedes aún no tienen edad para saberlo. Y no entenderán, el fue mi primer amor.

—¿Tu primer amor…? ¿Es nuestro papi?

Sonrío con suavidad, niego con la cabeza.

—No, cariño. Maximiliano no es el padre de ustedes.

—¿Entonces dónde está nuestro papi? —pregunta Adrián, y Andrés se queda en silencio. Un silencio espeso, casi incómodo.

Me congelé. No supe qué decir. Esa pregunta me cayó como un balde de agua helada. Ellos apenas tienen cinco años pronto los seis. No están listos para saber esa parte de mi historia, esa herida que todavía no tengo ni yo misma la respuesta.

—Mami, respóndenos —insiste Andrés, mirándome con una mezcla de seriedad y picardía.

—No sean chismositos —intento bromear, quitándole peso al momento.

—¡Nos dices a nosotros! —replica con un tono casi autoritario mientras se sienta a mi lado.

Me mira fijamente.

—Mami, estás haciendo muy mal. Nosotros no queremos a ese tipo tan feo. Le hubieras hecho caso a Kenneth.

No pude evitarlo. Solté una carcajada que me sacudió todo el cuerpo. Mis trillizos bufaron al mismo tiempo, exasperados, cruzando los brazos como si fueran tres viejitos malhumorados.

—¿Cómo me van a pedir que ande con Kenneth? Primero que nada, él tiene novia. Segundo, es más joven que yo. ¡Y tercero! No creo que le interese una señora con tres terremotos como ustedes — afirmé en tono irónico, alzando una ceja.

La verdad, me hubiera encantado saber si Kenneth sentía algo por mí. Pero lo dudo. Tal vez esas miradas que a veces me lanza son pura cortesía, o simplemente porque soy mujer. Nada más.

Aunque confieso que… me siento confundida.

No sé si hice bien aceptando a Maximiliano. Hasta me siento arrepentida. Pero al mismo tiempo, me gusta. Aún me mueve cosas por dentro. No lo he olvidado del todo. Él no tuvo la culpa de lo que pasó entre nosotros. No es justo culparlo. Él también sufrió.

—¡Mami, baja de la luna! —grita Andrés, sacándome de mis pensamientos.

—¡Hijo! ¿Qué te pasa? ¿Por qué me gritas así? —le digo con seriedad, intentando intimidarlo un poco.

Pero es inútil. Andrés es más intimidante que yo cuando se lo propone.

Suspiro y los atraigo hacia mí. Los abrazo.

—Solo quiero darme una oportunidad. ¿Me lo merezco, o no?

—Sí, mami —responde Adniel —, pero con él no.

—Le hubieras dado una oportunidad a Kenneth —agrega Adrián—. Él ha pasado su prueba. Eso significa que sí puede ser nuestro papá.

Sonreí, embobada. Por un instante, me dejé llevar por la imagen de Kenneth siendo parte de nuestras vidas… Pero no. Ya cometí la cagada —sí, así lo pienso— de acercarme a Maximiliano. Ahora me toca enfrentar las consecuencias. Aunque confieso… aún no sé qué quiero realmente.

—¡Dejen a Kenneth en paz! —les digo entre risas—. ¡Y ahora, a dormir!

—¿Por qué tan temprano? Si apenas son las siete —dice Adniel mirando el reloj digital.

—Porque mañana regresamos a casa, y necesitamos descansar.

—¡Pero no tenemos sueño! —gritan casi al unísono.

Antes de que pueda reaccionar, veo que Andrés se baja de la cama, va al mueble donde tienen su móvil para emergencias y marca. ¡Marca!

—¿Qué haces? —le pregunto, desconcertada.

—Hola, ¿Kenneth? —dice muy formalito—. ¿Puedes venir a la habitación de mami? Estamos aburridos y no queremos dormir.

Me quedo con la boca abierta. ¿Cómo demonios saben hacer esas cosas?

Cuelga, les dice algo a sus hermanos en voz baja, y luego me mira con una sonrisita traviesa.

—Entonces yo me iré a dar un paseo —digo levantándome, en un intento de que se calmen.

—¡NO! —gritan los tres—. No te vas a dar ningún paseo, mami. Estás muy equivocada.

—Kenneth vendrá por esa puerta —anuncia Adniel.

—Y nos quedaremos… los cinco. ¿Ok, mami? —remata Andrés.

Solté un bufido, rendida.

Fui al baño, me miré en el espejo. Me arreglé un poco. Me puse un vestido cómodo pero bonito, por si Kenneth venía. No quería que me viera con la cara adormilada. A los quince minutos, tocaron la puerta.

Andrés, como siempre, corrió a abrir.

—¡Ken! Buenas noches —saluda animado.

—Buenas noches pequeños. ¿Pasó algo, Arianela? —pregunta Kenneth, entrando con suavidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.