El Niñero de Mis Trillizos.

17. Engaño

Kenneth

No podía creerlo. La besé. No me aguanté más las ganas y simplemente lo hice. Ahora me siento como un estúpido por haberme atrevido a tanto. ¿Qué pensará la señorita Arianela de mí? Quizás hasta me despida por haber abusado de su confianza. Camino de un lado a otro por mi habitación, reviviendo el momento una y otra vez sin entender por qué cometí semejante locura.

Pero… no me arrepiento.

Sí, estoy celoso. Y no, no pude soportarlo más. Ese beso fue mi manera desesperada de demostrarle lo que siento por ella. Aunque sé que no será correspondido, que no debo hacerme ilusiones. Solo soy un simple chofer y ahora su niñero. Un empleado más. Y ella… ella es todo lo que yo no soy.

A pesar de todo, siento algo real. Ya no es solo cariño por sus hijos, que en tan poco tiempo han logrado llegarme al corazón. Es algo más fuerte, más profundo. También es por ella. Por su forma de ser, por cómo trata a los niños, por su sonrisa cansada al final del día… pero no tuve el valor de decirlo. Y ahora me consume.

Me metí a darme un baño, necesitaba despejarme. Luego me recosté en la cama y, sin darme cuenta, me quedé dormido.

Al día siguiente, cuando desperté, me di una ducha expres, para luego prepararme e irme a buscar a los nenes, sin embargo ya estaban en el restaurante, desayunando con Arianela. Se le veía tranquila, como si nada hubiera pasado. Me pregunté si acaso el beso no había significado nada para ella. Tal vez lo había olvidado… o fingía que nunca sucedió.

Más tarde, todos nos preparamos para el viaje de regreso. Beth decidió adelantar el viaje con Marva y una chica llamada Andrea. Mientras tanto, Maximiliano insistió en llevar personalmente a la señorita. Ella negó. Ese tipo me observó con una mirada cargada de hostilidad, y no me costó imaginar el motivo: seguramente estaba molesto al verme salir la noche anterior de la habitación de su novia. La mujer que según él, ama.

Y sí… cualquiera habría pensado lo mismo.

Pero dolía. Dolía verlo cerca de ella, sonriéndole, teniéndola. Porque yo también la deseo. Pero no me corresponde.

Subimos al coche. Los pequeños estaban animados, cantando sus canciones favoritas mientras la música sonaba en la radio. El ambiente era alegre, pero yo apenas podía contagiarme de esa energía. Durante el viaje, vi a Arianela hablando por teléfono. Me imaginé que era con él… con Maximiliano. Su rostro se iluminaba de vez en cuando, y eso bastó para que apretara el volante con fuerza, conteniéndome.

El viaje fue largo, como el de ida. Al llegar a la mansión, ella me miró y me dijo que podía tomarme el día libre.

—Gracias —respondí, intentando no sonar afectado—. Me iré a visitar a mis padres. Mañana estaré de vuelta.

—Ken te vamos a extrañar —dijeron los niños.

—Yo igual, pequeños.

—¿Y qué nos vas a traer, Kenneth?

Sonreí por primera vez en el día.

—Cariños, no sean así. No molesten a Kenneth.

—Mami, pero no tiene nada de malo que molestemos a Kenneth —agregó uno de ellos con picardía.

—Es verdad, tranquila señorita Arianela, por mí no hay ningún problema. Y sí, les traeré un obsequio —respondí, mirándola. Ella solo asintió levemente.

—Pasa un buen día, nos vemos… —fue lo único que dijo.

Me despedí de los niños, y salí. No se mencionó lo que ocurrió la noche anterior, y quizás era lo mejor. Tal vez no hacía falta hablarlo. Tal vez... simplemente no significó nada para ella.

***

Llegué a casa de mi padre. Bajé del taxi con cierta emoción. Necesitaba estar con él, alejarme de todo, respirar un poco. Mi padre estaba en el patio, acomodando unas herramientas.

—¿Qué hacés por aquí, hijo? —preguntó sorprendido.

—La señorita me dio el día libre —respondí—. Yo decidí trabajar el domingo, y ella decidió darme el dia hoy.

—Y hiciste bien. ¿Querés que te prepare algo?

—No tengo mucha hambre, pa. Gracias.

—¿Seguro? Te veo raro. ¿No te gusta tu trabajo?

—Claro que sí, es uno de los mejores trabajos que he tenido. Los niños son tranquilos, me llevo bien con ellos. Pero a veces me siento trizton.

—¿Será por tu novia?

Me quedé callado.

—Por cierto, ayer vino a buscarte Katia —dijo, mirándome de reojo—. Le dijiste que estabas trabajando.

—En serio. En fin, esta semana decidí enfocarme en el trabajo.

—Estaba enfurecida.

—¿Y por qué tendría que estarlo? Es mi trabajo, es mi decisión.

—Exacto, hijo —dijo mi padre, dándome una palmada en la espalda—. Bueno, ven, vamos a comer. No te pongás así.

—Por cierto, ¿Enrique? ¿Vino a buscarme? Me mando un mensaje diciéndome que estaba en la ciudad.

—Sí. Dice que volvió de la comunidad, que no hay mucho trabajo por allá, y quiso pasar a visitarte.

—Entonces enseguida voy a buscarlo. Pa, prepará el almuerzo, regreso pronto.

Salí caminando, buscando despejar mi mente. El beso seguía ahí, latente en mi recuerdo. Pero por ahora… necesitaba distancia. O tal vez, necesitaba aceptar que entre Arianela y yo… nunca podría haber nada.

***

No podía creerlo cuando lo vi. Enrique salió corriendo a mi encuentro, eufórico, y yo también lo saludé con una sonrisa sincera.

—¡No te imaginas cuánto gusto me da verte! —replico eufórico dándome un abrazo fuerte—. Tuve que venirme porque el trabajo allá está feo, en serio. ¿Y tú? Me di cuenta que estás trabajando como niñero… ¿quién lo diría? ¡Tú, soportando niños ajenos!

Solté una risa.

—Vaya, no los soporto… —respondí con ironía—. Pero son tranquilos conmigo y, la verdad, es una buena paga.

—¿Ah, sí? ¿Cuánto es una buena paga?

—No necesitas saberlo —le dije, dándole un codazo—. Y no hablemos de trabajo, estoy en mi tiempo libre.

—Está bien, no hablemos… ¿qué tal si salimos esta noche a la disco?

Negué con la cabeza, suspirando.

—Estoy muy cansado. Salir no me gusta. Además es lunes.

—Pues vamos a salir hoy —insistió—. Invita a tu novia, siempre estás con ella… ¿cómo se llama? ¿Katia?




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