Arianela
Abro los ojos con el primer rayo de luz entrando por las cortinas de lino blanco, mientras me levanto lentamente. Hoy es un día importante. Beth estará en el hotel, y yo tengo una conversación pendiente con Morgan. Necesito hablarle seriamente sobre la venta de mis acciones. Además, tengo que reclamarle por no presentarse en la playa de la bahía sur. Quedamos en encontrarnos allí y simplemente… no apareció. Entro a tomar una ducha de unos quince minutos, mínimo, al finalizar me visto con lo primero que veo.
Mientras bajo las escaleras al gran salón, el aroma del café recién hecho me envuelve. Me sirvo una taza y doy un sorbo mientras observo por la ventana cómo el cielo aún conserva ese tono rosado del amanecer. Escucho las voces de mis hijos al fondo —los niños están preparándose para ir al kínder—Las vacaciones han terminado.
Entonces, Kenneth entra por la puerta del salón. Se detiene al verme, esbozando una sonrisa tenue.
—Buenos días —saluda con cortesía.
—Buenos días —le respondo con una sonrisa suave.
—¿Vengo a tiempo? —pregunta.
—Claro que sí. Siéntate. ¿ Debes desayunar?
—Pero yo...
Me mira y baja la cabeza, como si no esperara esa atención. Pero antes de que diga nada, lo detengo con la mano y repito:
—Siéntate.
Lo hace, sin protestar. Llamo a la criada para que prepare su desayuno. Él, aún con cierto nerviosismo, pregunta mientras observa el lugar como si buscara algo:
—¿Y los niños?
—Están con Génesis —respondo sin dejar de mirarlo—. Los está vistiendo. Aunque no querían, estaban decididos a esperarte antes de irse.
—Pero sí, irán al kínder.
—Claro que sí.
Asiente con un gesto de disculpa.
—Es verdad… Discúlpame por venir un poco más tarde.
—Tranquilo, la hora está perfecta. Tampoco tienes que venir de madrugada. ¿Cómo pasaste el día ayer?
Duda un instante, y luego suelta un:
—Más o menos.
Lo observo con más atención. Su rostro luce cansado, algo demacrado. Tiene los ojos un poco hundidos, como si hubiera dormido mal… o no hubiese dormido del todo.
—¿Por qué dices “más o menos”? ¿Sucede algo?
—No sucede nada, señorita. Usted tranquila.
Su respuesta me deja una sensación amarga. No puedo evitar preguntarme si todo está bien con él… o si tal vez, está cargando con algo que no quiere decirme. Me quedo en silencio, observando cómo comienza a desayunar cuando la criada le sirve el plato.
Termino mi café de un trago. Mi mente, sin que yo quiera, regresa a aquella noche… ¿Lo hizo por impulso? ¿Fue un simple arrebato o realmente deseaba besarme? ¿Por qué sigo pensando en eso? Es tan absurdo.
Tengo una cena esta noche con Maximiliano. Y, sin embargo, mi deseo más profundo es cancelarla. No quiero distracciones. No quiero vínculos emocionales en este momento. Tengo demasiado trabajo, demasiados proyectos. Mis hijos me necesitan centrada, no dividida. No puedo jugar a enamorarme o a comenzar algo con alguien que no estoy segura de querer.
Me levanto, lo saludo con un gesto de cabeza y camino hacia el lavabo de la cocina para cepillarme los dientes una vez más antes de salir.
Antes de irme al restaurante, doy instrucciones claras a Kenneth sobre los pequeños. Le pido que me mantenga al tanto si algo sucede o si los niños desean que pase la tarde con ellos. Me despido, subo al coche y enciendo el motor.
Hoy hablaré con Morgan. Tengo que dejarle muy claro que la venta de mis acciones no es una sugerencia, es una decisión firme. Estoy completamente segura de lo que quiero hacer. Sé que se negará. Conozco su orgullo. Pero es mi derecho. Si no acepta, tengo otros colaboradores, socios influyentes, todos interesados en adquirir las acciones de Arianela Duval.
¿Quién no querría hacerlo?
Miro la carretera con determinación. No puedo permitirme dudas ahora. Sé que voy por el camino correcto. Lo único que me desconcierta es… Maximiliano.
¿Realmente me precipité al decirle que sí a esa cena? ¿Qué quiero de él? ¿Qué siento?
—Arianela, estás cometiendo el peor error de tu vida al estar indecisa —me reprocho en voz baja, mientras me detengo en un semáforo.
No entiendo qué demonios me pasa. Pero tengo que concentrarme. Por ahora, solo quiero seguir mi plan. El trabajo, mi independencia, mis hijos. Lo demás… puede esperar.
O quizá, simplemente, no tiene lugar en mi vida.
***
Estacioné mi auto justo frente a la entrada del restaurante. Había varios autos lujosos aparcados, lo que me hizo dudar por un instante. No me apetecía entrar por la puerta principal y tener que saludar hipócritamente a todo el mundo. Así que decidí rodear por la parte trasera. Solo estaba el celador, quien me saludó con una sonrisa amable. Más adentro, algunos empleados limpiaban el área del servicio. Caminé firme, cruzando por el pasillo que da hacia la oficina, mientras el aroma a especias y pan recién horneado flotaba en el aire.
Los chefs, al verme, me saludaron con cortesía, pero sus miradas eran distintas… como si estudiaran cada detalle de mi rostro, de mi expresión. Alcé las cejas sorprendida. ¿Desde cuándo me miraban así? En fin, siempre me ven como quieren. Seguí mi camino.
Cuando estaba a punto de empujar la puerta del despacho de Morgan, me detuve en seco.
—Arianela no podrá hacer eso nunca… tiene un contrato firmado —escuché la voz de Morgan, claramente irritado. Agudicé los oídos. Mi nombre, mencionado con ese tono, ya me daba mala espina.
—Ella quiere vender sus acciones y abandonar el restaurante… pero no se lo permitiré. Sin su influencia, sin su figura, este lugar se viene abajo, y no lo voy a permitir. ¿No lo entiendes? Ella piensa, crea, transforma. Sin ella no podemos hacer nada. Y mis planes ya están definidos.
—¿Qué planes?
—¡Los japoneses! Ellos y los chinos quieren invertir, pero solo si Arianela está presente. Su presencia es lo único que les interesa. Su figura es primordial para mí. Sin ella, estoy fregado. ¿No lo ves? Mira todos los que están ahí afuera… están aquí por ella. Porque conocen a una figura importante de este país. Con su firma bastará para cerrar la asociación y luego haré que se largue sin llevarse nada.