El Niñero de Mis Trillizos.

19. Desconcierto

.
Kenneth

Termino de ordenar la habitación de los niños junto a Génesis. Ella se mueve tratando de colocar los juguetes y la ropa de los pequeños, doblándola con ese cuidado a como se lo enseñe. Yo, por mi parte, reviso que todo esté en su lugar mientras observo la hora en el reloj de pared. Falta poco para ir por ellos. El día ha pasado tan rápido que ni siquiera lo sentí. La mañana se me escurrió entre tareas y pensamientos dispersos de todo lo ocurrido.

Estoy cerrando la gran canastilla donde guardamos los juguetes cuando me entra una llamada. El nombre “Enrique” aparece en la pantalla. Me pongo el audífono y descuelgo mientras sigo en lo mio.

—¿Qué hay, hermano? —saluda con tono relajado—. ¿Cómo estás?

—Hola, Enrique. Aquí, trabajando como siempre. Tranquilo… Normal. Me he sentido bien. ¿Por qué preguntas?

—Por lo de Katia —responde él.

Me detengo un segundo, frunzo el ceño. Lo de Katia… ni siquiera lo recordaba. Esa mujer es como una sombra pasajera, sin peso.

—¿Lo de Katia? —repito—. Se me había olvidado. Ni sabía de su existencia.

Escucho una risita al otro lado de la línea, esa risa burlona que lo caracteriza cuando cree que tiene algo que decirme.

—¿Por qué te ríes, Enrique? —pregunto, confundido.

—Es que pensé que estarías llorando por ella.

Suelto una carcajada breve mientras coloco otra prenda en su lugar.

—¿Llorar por Katia? —digo, negando con la cabeza—. Por favor, Enrique. Yo no quería a esa mujer. ¿Y por qué lloraría por alguien que ha hecho cosas que no van conmigo? Que haga lo que quiera con su vida. A mí ya no me interesa.

—En serio, amigo… qué bien. Me alegra. La próxima tenemos que disfrutar nuestra soltería —dice riendo él también.

—Eso mismo digo yo.

Me siento en el borde de la cama de uno de los niños y reviso mi móvil. Me pregunta si ella me ha escrito hoy. Muchos mensajes pero no he visto ni una.

—Bueno, sí… mandó unos audios —digo, mirando a otro lado—. Pero no los he escuchado todavía.

No quiero que empiece a decirme cosas. No me gusta hablar mal de las mujeres. Eso no es de hombres. No soy de los que andan echando cuentos de alcoba o que se burlan de los sentimientos ajenos.

—Bueno, Enrique, te dejo. Estoy ocupado y dentro de poco tengo que ir por los pequeños.

—Está bien. Salúdame a tu jefa, quizás me puede conseguir algún trabajito —bromea.

—Le preguntaré, tranquilo. Y por cierto… pasa viendo a mi papá, ¿sí? Quizás le haces compañía un rato. Ve a jugar cartas con él.

—Perfecto. Lo haré. Nos vemos.

Cuelgo la llamada, suelto un suspiro y me levanto para seguir con lo que falta. Bajo al salón y me encuentro con Marva.

—El almuerzo está listo — me notifica con una sonrisa.

—Gracias. Cuando regrese con los niños, comemos.

Salgo de casa, subo al auto y enciendo el motor. Pongo el GPS con la dirección del kínder y comienzo a conducir. El sol se cuela entre las ventanas y me obliga a entrecerrar los ojos. Mientras avanzo por las calles, ella aparece en mi mente. Otra vez.

Hoy la vi con ese vestido ceñido, hacia contraste con su color rojizo de su cabello, sus labios tan hermosos. Maldita sea. No puedo dejar de pensar en ella. Me gusta. Me encanta. Pero no puedo hacer absolutamente nada. Eso está prohibido.

Ella es mi jefa. Yo, su simple empleado. El abismo entre nuestros mundos es tan grande que ni siquiera vale la pena imaginar otra posibilidad. Ella pertenece a la élite, a los reflectores, a la cima. Y yo… un pobretón que apenas sobrevive, que pinta lienzos que nadie ve, que nunca será un nombre en una galería.

¿Para qué perder el tiempo?

Suelto un suspiro pesado. El volante aprieta mis manos mientras trato de concentrarme en el tráfico. Aparco el auto frente a la estación del kínder. Respiro hondo antes de bajar. Hoy toca volver a poner la sonrisa de niñero feliz. Guardarme lo que siento. Volver a fingir que todo está en orden.

Porque no hay espacio para soñar… cuando uno sabe que ni siquiera tiene derecho a hacerlo.

***

Estábamos en la heladería cuando decidí llamar a Arianela. Ella me dijo que la llamara si los niños querían pasar el rato con ella ya qué desean verla, pero su respuesta fue seca, distante.

—No podré verlos esta tarde, hasta en la noche, estoy ocupada —dijo con una voz pesada, seria, como si cargara algo que no se atrevía a decir del todo.

Colgó antes de que pudiera insistirle. Me quedé mirando la pantalla unos segundos. Luego giré hacia los pequeños.

—Su mami no podrá venir —les dije.

Los tres hicieron lo mismo: fruncieron el ceño y apoyaron el rostro en la palma de su mano, indignados. Esa sincronía me hizo reír un poco por dentro.

Cuando terminaron sus helados, los llevé a casa. Primero los ayude con las tareas, luego los llevé al jardín. Corrían, reían, y yo me senté cerca de ellos, con una libreta sobre mis piernas. Empecé a dibujarlos.

Los observaba con atención. Sus rostros… tan iguales, pero tan distintos. Andrés, era directo, agudo, con una claridad que a veces me desarmaba. Adniel, el del medio, era dulce, tímido, pero también transparente. Y Adrián, aunque se notaba que no lo era por mucho, tenía una chispa traviesa y juguetona. Callado, pero profundo.

Mientras los trazos tomaban forma, Adrián se acercó y me preguntó:

—¿Qué tanto haces?

Antes de que pudiera responder, les hizo señas a los otros dos y vinieron corriendo.

—¡Miren! —exclamó— ¡Pero somos nosotros!

—¿Quiénes son? —preguntó Adniel curioso.

—Ustedes. Este dibujo… son ustedes tres.

Los tres me abrazaron al mismo tiempo. Sentí algo extraño. Su abrazo me atravesó como un rayo suave. Ese cariño que me profesaban… crecía dentro de mí de a poco. Era una conexión que no entendía del todo, pero que me llenaba el pecho.

—¿Tú nos quieres mucho? —preguntó Adrián.

—Sí… mucho —respondí sin titubeos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.