Arianela
Me siento más que decepcionada… traicionada hasta los huesos. Descubrir lo que Morgan pretendía conmigo, y cómo pensaba desecharme de la peor manera después de lograr su maldito objetivo, me revuelve el estómago. Desgraciado.
Mi móvil vibra sobre la mesa. Ni siquiera necesito mirar la pantalla para saber quién llama. Maximiliano. Igual que Morgan, ninguno de los dos puede hacerme sentir bien en este momento. Morgan, con sus trampas y mentiras… y Maximiliano, que simplemente no me interesa ahora mismo.
Sigo bebiendo. No sé cómo terminé cayendo aquí. Tenía tanto tiempo de no venir… y los recuerdos me golpean como una bofetada. En este lugar me entregué por primera vez. Aquí empezó una historia que cambió mi vida, para bien ya que mis niños son lo mas hermoso que me ha pasado. Sin embargo nunca supe quien era ese tipo con quien tuve mi primera vez. Y Pensar que mis hijos quisieran tener a un padre cerca ahora, para ellos, su niñero es lo más parecido a uno.
Tomo otro sorbo, sintiendo cómo el alcohol me calienta la garganta y me entumece la tristeza. Hasta que decido marcar el número de Kenneth. Le insisto que venga. Me pregunta dónde estoy, pero solo le doy la dirección y cuelgo.
Observo el ambiente… luces bajas, música que se mezcla con risas y murmullos. Siempre hay hombres bailando en la tarima, igual que antes. Le pregunto al bartender si eso sigue igual, y él asiente.
—Sí, señorita. En ocasiones creo que la he visto antes…
—¿Sabes cuántos años tengo de no venir aquí? —pregunto, arqueando una ceja.
—¿No le se. Dígame usted?
—Exactamente cinco años.
El hombre sonríe, nostálgico.—Y esos hombres, son los mismos bailarines de hace años.
—Los que trabajaban antes ya no están. Algunos se fueron, hicieron su vida… otros trabajan en otra cosa. Solo quedamos unos pocos…, el celador, mi persona y algunas meseras que aún siguen.
Asentí soltando un suspiro.
Quise seguir preguntando, pero no me atreví.
Sigo bebiendo hasta que veo llegar a Kenneth. Apenas lo reconozco, me levanto como un resorte y le doy un beso en la mejilla, abrazándolo con fuerza. Él se sorprende, pero sonríe. Comenzamos a conversar, y sin saber por qué, termino confesándole algo que nunca le había contado:
—Sabes. Aquí conocí… al padre de mis trillizos — Hice una pausa recordando un poco esa ocasión
—¿Aqui?. ¿Aqui fue que?
—Sí… aquí fue que conocí al hombre con el que quedé embarazada. — Sonreí con nostalgia.
Sus ojos se abren con sorpresa, pero no dice nada. Solo asiento, y entonces noto cómo él y el bartender intercambian palabras como si se conocieran de antes.
Decido cortar la conversación.
—Vámonos —le digo.
Él asiente, me ayuda a salir y antes de irme le pago al bartender, dejándole una propina generosa. Él intenta rechazarla.
—No se preocupe…
—Tú no te preocupes —respondo, sonriendo apenas—. Chao.
Kenneth me abre la puerta del auto y subo.
—¿Me vas a llevar a casa? —pregunto.
—Sí, señorita. Ya es tarde, y no creo que sea bueno que siga en la calle a estas horas. Necesita descansar.
—¿Descansar? No tengo sueño. Quiero salir, distraerme… que me acompañes a tomar.
—Señorita, no puedo. Estoy manejando y es peligroso.
—Entonces vamos a tomar en la mansión. ¿Te parece?
Él suspira.
—Está bien… como buen amigo.
—Eso me gusta —digo, y le doy otro beso en la mejilla. Siento cómo se tensa y luego arranca el coche.
Saco la mano por la ventana, dejando que el aire fresco acaricie mi piel, como si pudiera arrancar toda la mala vibra que me envuelve desde que descubrí la clase de persona que tenía a mi lado todo este tiempo.
Lo peor no fue su traición. Lo peor fue escucharlo hablar mal de mis hijos… de mis trillizos. Eso jamás se lo perdonaré. Nunca permitiré que alguien los llame error. Ellos son, y siempre serán, mi mayor bendición.
***
Al llegar a la mansión, él me ayudó a subir hasta el living. Le pedí que me llevara a mi habitación. Allí, había un pequeño salón donde podíamos sentarnos a tomar algo. Al principio se negó, pero al final aceptó. Antes de ir, pasé por el cuarto de mis niños; estaban profundamente dormidos. Les di un beso a cada uno, con cuidado de no despertarlos, y salí tambaleándome un poco, dejándome sostener por él.
Entramos a mi habitación y cerré la puerta. Se quedó mirándome en silencio, como si quisiera decir algo, y luego intentó irse, pero lo detuve.
—Primero vamos a tomar —le propuse.
Él asintió y se sentó conmigo. Le serví un vaso de coñac, y otro para mí. Bebimos en silencio unos minutos. En un momento, sentí cómo la garganta se me apretaba… y sin poder evitarlo, empecé a llorar.
—¿Qué sucede? —preguntó, preocupado—. ¿Por qué lloras?
—Porque a veces piensas que tienes a personas buenas a tu lado… pero en realidad te apuñalan por la espalda —logré decir, con la voz quebrada.
Él me miró con una mezcla de ternura y comprensión, y tomó mi mano con suavidad.
—Yo no haría eso, señorita. Pero sé lo que es… yo también he confiado en personas que me han herido. No te imaginas cómo me he sentido.
—Hoy me decepcioné de uno de mis mejores amigos… escuché cosas que jamás pensé. Ahora siento que no puedo confiar en nadie.
—No diga eso. No todos somos iguales, Arianela.
Lo observé y, casi sin pensarlo, le pregunté:
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
Él se quedó mirándome fijamente, y su mirada fue directa a mis ojos.
—Dime la verdad… ¿yo te gusto?
Bajó la cabeza y asintió. Si él supiera que también me gusta…
—Pero somos de diferentes edades… —susurré.
—Eso no es nada malo. La edad no tiene nada que ver con el amor. Lástima que mi amor no sería correspondido… —murmuró
—Seguro piensas que sigo enamorada de Maximiliano.
—Sí. Me imagino — respondió mirándome con seriedad.
Seguimos tomando, mirándonos y sonriendo, como si quisiéramos escapar de todo lo que dolía. Puse música suave de fondo y reímos un poco. Entonces, él me preguntó: