Kenneth
Cuando los niños finalmente quedaron rendidos por el cansancio del día, Arianela y yo salimos de la habitación. Ella había llegado hacía poco, y antes de que pudiera decir algo más, me notificó que teníamos una conversación pendiente, algo importante de lo que yo no tenía idea. Aquello me dejó inquieto, ansioso… aunque también expectante.
Me fui directo a mi habitación, y lo primero que hice fue darme una ducha cálida. El agua recorría mi piel, relajando mis músculos y despejando mi mente, aunque mi corazón seguía acelerado. Al salir, me puse algo cómodo: una camiseta suave, un short holgado y mis tenis. Me miré en el espejo… y no pude evitar sonreír como un tonto enamorado.
¿Quién lo diría? Al final, hasta los niños ya sabían que éramos novios. Se los tuve que confirmar después de que aquel canalla de Maximiliano hiciera pasar un mal momento a mi Nela. Se que ella no siente nada de él, pero se sintio traicionada nuevamente, lo único que había pasado era “aquel beso” en la playa. Por el que el deseaba conquistarla, sin embargo es un sinvergüenza. Y los nenes, hablaron de lo que han visto, y de lo que su mamá, quizá sin darse cuenta, ha dejado entrever. Por eso ellos dijeron que Maximiliano era el novio de su mamá.
Lo bueno es que el sol no se tapa con un dedo. Pobrecita mi chica… dos decepciones en tan poco tiempo: un amigo traidor y un exnovio que fingió estar enfermo para intentar recuperarla. Vaya jugada. Yo no soy así. Yo le voy a demostrar que soy leal, que puede confiar en mí, que con ella quiero algo verdadero y bonito. No pienso que esto sea algo pasajero; si es posible, quiero que sea eterno… y esta noche pienso dejárselo claro.
Me puse un poco de colonia, respiré hondo y salí al pasillo en silencio. No había rastro de Marva ni de las otras empleadas; Génesis debía estar ya en su habitación o en la de los trillizos. Me detuve frente a la puerta de Arianela y toqué suavemente.
No pasó ni un segundo cuando abrió, mirando a ambos lados del pasillo, y de pronto me jaló hacia adentro. Se colgó de mi cuello y me besó. Fue un beso suave, apasionado, cargado de todo aquello que no se dice con palabras pero que se siente en lo más profundo.
—¿Qué tal si primero hacemos algo y luego conversamos? —susurró, con una sonrisa traviesa.
Asentí sin dudar, y en un impulso la levanté en mis brazos. Ella soltó un pequeño gritito, pero lo callé con otro beso, esta vez más intenso. Caímos sobre su cama, y el mundo dejó de existir. Nuestras manos se encontraron, nuestras caricias fueron aumentando poco a poco, como si quisiéramos saborear cada instante.
No sé si esto que siento lo había experimentado antes, pero ahora lo sé: me he enamorado de esta mujer. No me importa la edad que diga tener ni las complicaciones que crea que existen. Me importa ella, solo ella.
—Te amo, Arianela —murmuré sin dejar de besarla.
Ella abrió los ojos, sorprendida, y su sonrisa fue como un rayo de luz.
—Yo también siento lo mismo —respondió con voz temblorosa—. Estoy completamente enamorada de ti… también te amo.
Nuestros labios se unieron de nuevo, y nos entregamos entre las delicadas sábanas, con su piel cálida bajo mis manos y su aroma llenándome por completo. En ese momento, lo supe: no había vuelta atrás… ella era mía y yo era suyo.
***
Después de aquel momento tan apasionante, nos quedamos recostados conversando un rato, con las respiraciones todavía acompasándose. Arianela se levantó de la cama, tomó su pijama y se lo puso con un aire tranquilo… aunque yo notaba en sus gestos que algo le rondaba por la cabeza. Luego me miró y me pidió que me levantara.
Obedecí sin entender mucho. Me coloqué mi short y mi camiseta, y me senté a su lado. Entonces la vi sacar un sobre de entre sus cosas. Me lo entregó en silencio.
—¿Qué es esto? —pregunté, sorprendido.
Ella soltó un suspiro y vi en sus ojos un nerviosismo que me puso alerta. Tomé el sobre, lo abrí y, antes de sacar el contenido, alcancé a leer las primeras palabras en la hoja: Resultados de ADN.
—Kenneth… sé que lo que voy a decirte te va a sorprender, tanto como me sorprendió a mí. No sé cómo lo vas a tomar —dijo, evitando por un instante mi mirada.
Fruncí el ceño, sin entender. Tomé su mano y la llevé a mis labios, dándole un beso suave.
—¿Me estás diciendo…? No sé, creo que no entiendo nada, Arianela. ¿O acaso… estás terminando conmigo? —pregunté, con un nudo en el estómago.
Ella sonrió y negó con la cabeza.
—No. Claro que no estoy terminando contigo. ¿Qué cosas dices? Bueno… si es que estamos en una relación, ¿verdad?
Me incliné hacia ella y la besé.
—Sí estamos, Arianela. Que no se te olvide eso. Yo realmente te amo y quiero estar contigo… si me lo permites.
Ella sostuvo mi mirada un momento antes de hablar otra vez.
—Sí… y lo que quiero es que sepas algo. No sé cómo lo tomarás, pero esas pruebas de ADN… son de un análisis de sangre de mis hijos y de su padre biológico.
Me quedé helado.
—Entonces… ¿encontraste al padre de tus hijos?
—Sí. Lo encontré.
Bajé la cabeza, sintiendo un extraño nerviosismo recorrerme.
—¿Y dónde está él ahora? ¿Has hablado con él?
Ella no apartó la vista de mí cuando respondió:
—Lo tengo frente a mí.
Tardé un segundo en procesar. Miré a mi alrededor, confundido.
—¿Dónde?
—Tú. —Lo dijo con una firmeza que me dejó sin aire—. Eres tú.
—¿Yo?
—Sí. Tú.
No entendía nada. Tomé la hoja y la leí con atención. Mi nombre estaba allí, junto al de uno de los niños. Y al final, en letras claras y frías, la conclusión: 100% positivo. Sentí que mis manos temblaban.
—No… no puede ser…
Ella se inclinó hacia mí, hablándome con suavidad.
—Sé que estás confundido. Yo también lo estuve. Pero ayer supe que tú eres el chico enmascarado que conocí en el club hace cinco años. Aquella noche… en la discoteca. Después fuimos a un hotel cercano. No hablamos mucho, y creo que tú tampoco te acuerdas de mí… estabas tomado —dijo rápido, como temiendo que me apartara.