Arianela
Por la mañana me encontraba con mis niños desayunando en el jardín. Había decidido tomarme un par de días libres. Hablé con Beth para que se encargara del hotel y, como la reunión se había cancelado, puse una buena excusa: les dije que me sentía enferma. Así la pospusimos para pasado mañana, y ese día dejaré las cosas claras. No quiero a Maximiliano en mis proyectos para el hotel que construiremos en las playas. Si no quieren participar, no me importa; tampoco pienso rogar. Soy una figura internacional y muchas personas desean trabajar y colaborar conmigo. El que no quiera, que se marche: la puerta es ancha.
El restaurante sigue cerrado y muchas personas han preguntado, incluso en redes sociales, pero no pienso dar explicaciones todavía. Morgan quiso hablar conmigo, pero le dije que hoy no podía; quedamos para este viernes. No sé qué pretende, pero no pienso caer otra vez en sus mentiras.
—Mami, ¿por qué no fuiste a trabajar hoy? —preguntó Andrés, mientras Adniel asentía.
Mi pequeño Adrián se acercó y repitió:
—¿Es verdad, mami? ¿Por qué no fuiste?
—Porque quiero conversar con ustedes, pasar el día juntos… y darles una noticia.
—¡Ah! —exclamaron los tres al unísono.
En ese momento apareció Kenneth, cargando unos paquetitos. Lo miré y mordí mi labio inferior, sin poder evitarlo. Era tan lindo… y cómo no notar el parecido entre él y mis hijos. Apenas se sentó, los niños corrieron a abrazarlo.
—¿Ken a donde te fuiste tan temprano? —preguntó uno de ellos.
—Fui a buscar unos obsequios para ustedes —respondió Kenneth, sonriendo.
—¿Unos obsequios? —dijo Andrés—. ¿Acaso es nuestro cumpleaños y no lo sabíamos?
—No, pequeño. Sus cumpleaños es a fin de mes.— Afirme riéndome.
—¡O vaya! —reaccionó Andrés.
Kenneth me miró sorprendido.
—¿Es cierto? ¿A fin de mes?
—Sí, exactamente a fin de mes —respondí.
—Qué casualidad… —murmuró él.— El de mi papá es el fin de mes.
—Entonces vamos a celebrar en grande —dije emocionada.
—¿En serio, mami? —preguntaron los tres, casi al mismo tiempo.
—Sí, porque ese señor que ven aquí es muy importante para ustedes.
—¿Por qué tu papá es importante para nosotros, Kenneth? —preguntó uno de ellos.
—Así es… y yo también lo soy para ustedes —contestó él, con una media sonrisa.
Los niños se miraron entre sí, y uno dijo con picardía:
—Ya sabemos que son novios.
—¡Sí, son novios, son novios! —rió Adniel.
—¡Yupi! —gritó Adrián, mientras Andrés solo sonreía.
—Stop… —dijo Andrés —. Pero, ¿por qué se sorprenden si ya lo sabían?
Andrés siempre haciéndome reír… —pensé.
—Bueno, vamos a conversar. Siéntense. Luego Kenneth les da sus regalitos, ¿de acuerdo?
—Claro, porque este regalo es muy especial para ustedes tres —aseguró él.
Los niños guardaron silencio, mirándonos con atención. Entonces saqué un sobre. En su interior estaba el resultado de la prueba de ADN.
—Bueno, pequeños… —comencé—. Este papel que tengo aquí es un examen de ADN. Resulta que les hice una prueba a ustedes y a Kenneth.
Sus ojitos fueron de mí a él, y de él a mí.
—Ajá… —dijeron los tres al unísono.
—Mami… entonces cuando me peinaste el cabello, ¿era para hacer un examen? —preguntó Andrés.
—Exactamente —respondí—. Un examen con Kenneth. ¿No ven el parecido? Él se parece mucho a ustedes… y ustedes a él. Que creen que seria.
—¿Entonces quién es nuestro papá perdido? —preguntaron con inocencia.
—Soy yo. — mencionó Kenneth.
Kenneth sonrió mostrando sus dientes y sus hoyuelos. Los niños, sin embargo, seguían serios, procesando la información.
—No. Entendemos— mencionó Adrián.
—Bueno, chicos… —dijo él—. Yo soy su verdadero padre. No sé cómo explicarlo, pero me di cuenta recién ayer, igual que su mamá. Este papel dice que mi sangre y la de ustedes coincide en un 100%. Eso significa que soy su padre biológico… el padre que creían perdido, ha aparecido.
Los niños bajaron la mirada. Yo me mordí el labio y sentí la mano de Kenneth bajo la mesa de cristal, apretando la mía. La tensión nos envolvía. No sabía si ellos lo creerían o si estaban tratando de asimilarlo. Yo debía entenderlo: era algo nuevo, inesperado… y un cambio enorme en sus vidas.
Pero como si fuera arte de magia, los tres se lanzaron sobre Kenneth y lo abrazaron. Sentí cómo el nudo que llevaba horas formándose en mi estómago explotaba de golpe, y mis lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas sin poder contenerlas. Los niños también empezaron a llorar, abrazándolo con fuerza, mientras él les devolvía el cariño apapachándolos. Yo, sin pensarlo, me uní a ese abrazo.
—¿Tú eres nuestro papi de verdad? —preguntó uno de ellos con los ojitos llenos de esperanza—. ¿No estás bromeando? Porque las bromas no son buenas para los niños.
—De verdad, mis amores… —respondí, sintiendo cómo la voz me temblaba.
—Entonces… —añadió Andrés —, ¿somos tu espermatozoide Kenneth?
No pude evitar soltar una carcajada, y Kenneth también rió conmigo.
—Sí, mis niños… ustedes, son mis hijos, y los quiero mucho —dijo él, mirándolos con ternura—. Nunca imaginé que esto pasaría, pero así es la vida.
Los niños lo abrazaron con más fuerza, como si quisieran asegurarse de que no se iría. Y yo… yo sentía que ese momento era un regalo del destino.
En ese instante, Marva se acercó, observando la escena con expresión curiosa.
—¿Qué sucede, señora? Los niños están llorando y ustedes también.
—Estamos llorando de felicidad, Marva. —Le sonreí entre lágrimas—. Acabo de descubrir que el padre de mis hijos estaba frente a mí todo este tiempo, y no me di cuenta.
—¿Cómo? —preguntó sorprendida—. ¿El padre de sus hijos?
—Sí —respondí, apretando más fuerte la mano de Kenneth—. Kenneth es el padre de los trillizos.
Marva se llevó una mano al pecho, sonriendo con emoción.