El Niñero de Mis Trillizos.

25. Afortunado.

Kenneth

Cuando le di la noticia a mi papá de que ahora era abuelo de tres niños revoltosos, quedó más que feliz; parecía un niño pequeño saltando de la emoción. Al principio no me creyó, pensó que estaba inventando o que me había vuelto loco. Pero yo insistí. Le conté todo lo que había pasado hace cinco años, sin omitir detalles, y hasta le mostré la prueba de ADN. Fue un momento único… ver su rostro transformarse cuando entendió que, efectivamente, era abuelo de tres pequeños terremotos.

Esos niños, que al principio me habían declarado una guerra seca, ahora se habían convertido en la razón de mi felicidad. Mi padre estaba ansioso por conocerlos y yo le prometí que pronto hablaría con Arianela para llevarlo a la casa y presentárselos. También le conté la noticia a Enrique, quien se mostró igual de entusiasmado. De hecho, tenía algo para él: Arianela me había dicho que necesitaba con urgencia un jardinero con experiencia, y yo sabía que Enrique era perfecto para el puesto. Cuando se lo propuse, aceptó sin pensarlo dos veces. Quedamos en hablar del tema con más calma el fin de semana.

Ahora mismo estaba sentado con Arianela, conversando sobre algo que me había dejado la piel erizada. Ella me propuso que comenzara a compartir mis lienzos y que me daría la oportunidad de trabajar con ella para difundir mi arte en redes sociales. La idea me tomó por sorpresa. Yo no quería abusar de su generosidad; la amaba, sí, pero también quería seguir siendo el niñero de mis trillizos, disfrutando de cada instante con ellos. Sin embargo, ella me dijo que ya no era necesario, que buscaríamos una niñera para que se quedara con Génesis.

—Pero no es necesario —le respondí—. Prefiero seguir cuidando de mis hijos. Quiero estar cerca de ellos.

—Eso siempre será de esa manera. Aceptas.

—Entonces —sonrió—, ¿me estás diciendo que quieres que trabajemos juntos para que mis pinturas se hagan virales?

—Así es —continuó—. Por el momento, Génesis se hará cargo de la escuela de los niños, pero tú siempre estarás con ellos.

Me quedé mirándola, sintiendo un calor en el pecho.

—Gracias… Haré lo mejor de mí —le dije.

—Quiero que seas un hombre reconocido. Y créeme, lo vas a lograr. Ya limpié el nombre de tu padre y el tuyo de aquella empresa.

—¿Cómo hiciste eso? —pregunté, sorprendido.

Ella soltó una ligera risa confiada.

—Fácil… recuerda quién soy. Soy Arianela Duval. Tengo varios hoteles en el país, algunos no los manejo directamente, además de empresas y restaurantes que aún no sé qué rumbo darles. Y necesito a un hombre como tú a mi lado. Tu nombre no puede seguir manchado por una injusticia cometida por gente que se cree grande. Yo también soy grande, gracias a Dios… tengo influencia, dinero y, sobre todo, determinación. No quiero que te preocupes más por eso. Tu papá puede quedarse con nosotros, si estás de acuerdo.

—Claro que sí —respondí, aliviado — Y mi amigo.

—Ah, sobre Enrique, no te preocupes. Su trabajo ya está asegurado, como te lo prometí.

—Arianela, me da pena… —admití—. Me voy a sentir un mantenido.

Ella me tomó de la mano y negó con la cabeza.

—No digas eso. Estarás trabajando, y vas a triunfar con tus lienzos. No eres un mantenido. Vas a salir adelante y algún día me lo agradecerás.

—Te lo agradezco desde ya —le dije con sinceridad.

Se echó a reír, y yo no pude evitar seguirla. Nos abrazamos y nos dimos un beso… un beso único, de esos que llenan de esperanza, que te hacen sentir que tu vida está a punto de cambiar para siempre. Y la mía lo haría. También la de mi padre.

—Por cierto el cumpleaños de los niños es el 30.

—Así es, fin de mes —respondió ella—. Y ahora que me has contado lo de tu papá, haremos un banquete. Invitaré a muchas personas que conozco, amigos cercanos y otros que no tanto, pero que han estado en mi vida. Quiero que todos sepan quién es el padre y el abuelo de mis hijos.—ella rie nerviosa.—Aunque me acompleja un poco la edad…

—No importa —la interrumpí —. Además, soy más alto que tú, así que parezco un hombre de 30 años.

Terminamos riéndonos a carcajadas, abrazados. Ella tenía que irse a una reunión importante con Morgan, mientras yo pensaba aprovechar para salir con los niños, dar una vuelta por el supermercado y comprar unos paquetes con los materiales que necesitaba para una pintura especial: un retrato de mis trillizos y de ella.

***

Mientras recorríamos los pasillos del supermercado, los niños iban de un lado a otro, entusiasmados, llenando el carrito con todo lo que encontraban para preparar waffles y un pastel de chocolate. Yo, en cambio, me desvié hacia otra área para buscar cartulinas, lápices gruesos y unas acuarelas.

—Papi, ¿esto te servirá? —preguntó Adniel, mostrándome una caja de colores.

—Claro que sí, cariño. Me vendrá perfecto para el dibujo que pienso hacer —respondí, y él, con una sonrisa traviesa, agregó más cosas al carrito—. Y este también… y este otro.

El carrito ya estaba a punto de rebosar cuando nos dirigimos a la caja. Me coloqué en la fila y, de repente, mis ojos se cruzaron con los de Katia. Ella estaba de pie, mirándome fijamente, y en cuanto me reconoció, se acercó.

—Hola… —saludó con una sonrisa que parecía forzada.

—Hola, Katia —respondí.

Ella desvió la mirada hacia los niños, observándolos con atención, y luego volvió a mirarme, confundida.

—¿Ellos son los niños que cuidas? —preguntó.

—Es nuestro papi —intervino Andrés con una sinceridad desarmante.

Katia se quedó helada, alternando la mirada entre ellos y yo.

—¿Tu papi? ¿Ahora te hiciste niñero o Papá?

—Son mis hijos biológicos — Declaré con firmeza.

Vi en su rostro una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—¿Así como lo oyes? —añadío Adrián —. ¿No ves el parecido? Los ojos, el cabello…

—Vaya… entonces el que me engañó fuiste tú —dijo, cruzándose de brazos—. Y después pretendías actuar como si la infiel hubiera sido yo. No puedo creer que tengas hijos… y tan grandes.




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