Kenneth
Nervioso… sí, nervioso como esos jovencitos que se arreglan frente al espejo antes de invitar a salir a su primer amor. Pero lo mío era distinto… hoy no estaba a punto de tener novia, hoy estaba a punto de casarme con la mujer que nunca imaginé encontrar. Una mujer hermosa, dedicada, refinada… y sobre todo, madre de tres pequeños que han llenado mis días de risas, caos y amor.
¿Quién lo diría? Yo, un muchacho sin fama, sin riquezas y sin grandes amigos influyentes, encontré un lugar en el corazón de alguien así. Ella no solo me hizo sentir importante en su vida… me hizo entender que yo podía ser importante en la mía. Mis sueños de ser pintor, que antes parecían simples fantasías, comenzaron a tomar forma. Mis obras, apenas conocidas, empezaban a encontrar su camino hacia ojos expertos, incluso recibiendo invitaciones de museos importantes gracias a un contacto inesperado: Arianela Duval.
Y ahora… aquí estaba yo, a punto de comenzar una vida nueva. Con un futuro que se había multiplicado por tres desde la llegada de los trillizos. Qué ironía pensar que todo comenzó en aquella noche de locura en la que ella llamó mi atención con una mirada y, sin saberlo, sembró en mí la semilla de esta gran historia.
Papá me ayudaba a colocarme la pajarita, con la paciencia y el cuidado de un hombre que ha visto crecer a su hijo con orgullo.
—Gracias, padre… por estar conmigo y aceptar a mis hijos… y a la mujer con la que me voy a casar —murmuré, sintiendo cómo la emoción me apretaba el pecho.
Él negó con la cabeza, pero vi cómo una lágrima le escapaba antes de secársela rápido. Me abrazó fuerte, como cuando era niño y tenía miedo.
—Me siento el padre más orgulloso del mundo. Has levantado la cabeza desde muy joven, después de la muerte de tu mamá. Fuiste el sostén de nuestra casa. Ahora mírate: pronto serás un pintor reconocido, un hombre con hijos y una buena mujer a tu lado. El destino nos tenía guardado esto, hijo y yo le doy gracias por ello.
Sus palabras me atravesaron el alma. Al contarme lo duro que fue su vida antes de conocer a los padres de Arianela, y cómo la vida cambió tras su fallecimiento. Y yo recordé también el trabajo duro en aquella empresa donde nos trataron mal… pero no nos rendimos. Ahora, con el restaurante que ella nos ha confiado, papá hablaba de su nuevo puesto con el mismo brillo en los ojos que yo tenía por mis lienzos.
—Gracias, papá… —dije otra vez, porque no había mejor forma de resumir todo lo que sentía.
Él me dio una palmada en la espalda y sonrió.
—Vámonos… no podemos dejar que la novia espere. Tú eres el que debe estar frente al altar.
—Tienes mucha razón, Papá. Vámonos.
A la par que él salía, vi aparecer a Génesis con mis tres pequeños. Vestidos de traje, parecían tres caballeros en miniatura. Apenas me vieron, corrieron hacia mí con sonrisas amplias y las mejillas sonrojadas.
—¡Papi, ya estamos listos! —dijo Andrés orgulloso.
—Te pareces a nosotros —añadió Adniel riendo feliz.
—Es verdad, Papi, te pareces muchos a nosotros. —Esta vez fue Adrián.
—No, ustedes se parecen a mí —les corregí con una sonrisa, y ellos estallaron en carcajadas para luego saltar alegres.
Se tomaron de las manos, y juntos, como una pequeña procesión de sueños cumplidos, salimos rumbo a la catedral más grande de California. Afuera, el aire olía a flores frescas y campanas lejanas anunciaban que algo grande estaba por comenzar. Y claro que sin dudas era algo grande, me estaba cansado con una mujer que ni en sueño la imaginaba, pero ahora se cumplía y era lo mejor que me estaba pasando en mi vida.
Hoy no solo me casaba… hoy mi vida entera encontraba su verdadero cuadro perfecto.
****
La hora había llegado.
Los nervios me corrían por las manos, haciéndolas sudar como si hubiera corrido una maratón. El murmullo de los invitados llenaba la catedral, y el aroma de las flores blancas y lirios que adornaban el altar me envolvía como una promesa única, de pura esperanza. El sacerdote dio una leve orden a los monaguillos, y de pronto comenzó a sonar el piano. El eco de las notas se expandió por todo el lugar, suave y solemne, como si el mismísimo cielo estuviera marcando el inicio de este momento.
Giré la cabeza hacia la entrada y entonces la vi a la mujer que ahora ocupaba mi corazón.
Arianela Duval.
Venía tomada de la mano de mi padre, quien la guiaba con paso firme hacia el altar. La luz que entraba por los ventanales se filtraba justo sobre ella, iluminando su vestido blanco, que parecía flotar sobre el suelo. Llevaba una sonrisa dulce, de esas que me derriten el alma, y sus ojos estaban llenos de emoción. Por un instante sentí que el aire se me iba; era como si el mundo entero hubiera decidido detenerse para contemplarla con una luz brillosa.
Mis hijos, que estaban a un costado, comenzaron a aplaudir emocionados, incapaces de contener la alegría de ver a su madre vestida con ese hermoso vestido blanco de diseñador. El sonido de esas pequeñas palmas me arrancó una sonrisa tan grande que sentí que el corazón me latía en todo el cuerpo. Solté un suspiro, profundo y emocionado… hasta que noté un tirón en mi mano.
Cuando bajé la mirada, ahí estaba Andrés, con esos ojitos serios que pocas veces le veía.
—Papi… —me dijo con voz bajita pero firme— prométenos que vas a hacer muy feliz a mi mami… y que nunca le vas a hacer daño… porque no queremos que ella llore por ti. Entendido.— asentí incapaz de pronunciar palabras alguna, al ver la inteligencia de mi hijo. Esas palabras me atravesaron el pecho como una flecha directa al corazón. Andrés continuó:—Nosotros te queremos mucho… y tú fuiste un regalo que nos mandó desde el cielo nuestro papá Dios… pero queremos que seas un hombre bueno… sabio… y que nos quiera mucho a nosotros también. Y que nunca, pero nunca dejes a mi mami, porque si la dejas… —se le quebró un poquito la voz— ella va a estar muy triste… y nosotros también… y ya no te vamos a querer.