Cuatro años después
Arianela
Habían pasado ya cuatro años desde que me casé con Kenneth, y en ese tiempo tantas cosas habían cambiado. No solo mi vida, sino también la de mis niños. A veces, cuando miro hacia atrás, me parece increíble todo lo que hemos vivido juntos y todo ha sido memorable, recuerdos únicos.
Ahora me encuentro en una etapa que jamás pensé volver a experimentar tan pronto... bueno exagero un poco ya que ha pasado cuatros años, y ahora estoy embarazadísima. Ni yo misma lo podía creer cuando vi la prueba positiva. Durante estos cuatro años había sido cuidadosa, decidida a dedicarme de lleno a mis hijos y a mi esposo, evitando otro embarazo… tan pronto, pero parece que el destino tenía otros planes. Quizás en estos últimos meses bajé la guardia, y ahora, aquí estoy, esperando una bebé que de verdad fue creado con tanto amor.
Nuestra pequeña está a punto de llegar; me faltan tal vez dos semanas para tenerla en brazos. Mi vientre está tan redondo que casi no me deja moverme con agilidad, y mucho menos trabajar. Kenneth, siempre tan protector, se adelantó y habló con Beth para que me reemplazaran en la empresa. Incluso Sandra, que ahora es su mano derecha, se ofreció para cubrir mi puesto temporalmente. No tuve escapatoria; todos me recordaron que debía cuidarme y tomarme un descanso. Así que, oficialmente, estoy en mi descanso por maternidad y comiendo helados de chocolate mientras no hago nada mas que sentarme, dormir y jugar a las cartas con mis trillizos.
Recuerdo que, después de casarnos, Kenneth y yo viajamos a París. Allí él estudió durante tres meses un curso intensivo para perfeccionar su técnica como pintor. Disfrutaba tanto de sus clases que a veces se quedaba pintando hasta la madrugada, y yo lo observaba fascinada. Al mismo tiempo, mi suegro y Enrique —amigo de Kenneth— estudiaron para convertirse en chefs profesionales, también con un curso intensivo de meses. Más tarde, ya en California, continuaron con un año entero de preparación. Hoy en día, ambos tienen títulos que los representan y han llevado nuestro restaurante a un nivel que nunca imaginé... increíble pero cierto. Mejor que en las manos de Morgan.
Mi empresa, los hoteles y el restaurante están en buenas manos. Aunque después de algunas experiencias difíciles había perdido un poco la confianza en la gente, aprendí a abrir mi corazón nuevamente. Incluso Morgan, con quien tuve mis diferencias, demostró que merecía una segunda oportunidad. No le entregué mi restaurante, pero sí decidí venderle unas acciones para que pudiera crecer. Y lo ha hecho. Mucho. Ahora está casado y tiene un hijo de dos años y un bebé. Quizás con la llegada de su primer hijo decido cambiar.
Beth, mi querida amiga, está radiante. Tiene una pareja estable, aunque insiste en que no piensa casarse ni tener hijos. “Ya tengo suficientes sobrinos”, suele decir riendo. Génesis, por su parte, sigue trabajando conmigo, aunque su vida también ha cambiado: se casó con Enrique. No quieren hijos —al menos, no por ahora—, así que tuvimos que contratar a otra niñera para ayudar con mis niños. Claro que la mayor parte del tiempo son cuidados por su padre, que adora estar con ellos y ellos lo aman igual.
Sin embargo ellos insisten en cuidarse solos, ya que tiene diez años, y ya se creen grandes.
Mientras estoy sumida en estos pensamientos, mis ojos se detienen en los cuadros colgados en la pared. Son fotos que nos tomamos en París, y que mi esposo los dibujos, cada una cargada de recuerdos. Mi mano acaricia mi vientre, sintiendo las suaves pataditas de mi niña. El “secreto” que Kenneth me confesó hace años se siente tan lejano, y al mismo tiempo tan presente… cuándo me trajo de sorpresa a esta casa de campo en la que realmente vivo momentos inolvidable. Compro esta enorme casa con sus primeras exposiciones en el gran museo. The Getty center, que lo llevo a la cima de los grandes espectadores del arte... que orgullosa me siento de mi amado esposo.
Ahora estoy disfrutando de unos días de descanso antes de que nazca la bebé. Afuera, el aire fresco y el aroma a césped recién cortado me invitan a salir, pero mi descanso en el sillón es demasiado cómodo… hasta que siento unos brazos fuertes rodearme por detrás. Kenneth me abraza con calidez y deja un beso suave en la comisura de mis labios.
—¿En qué piensas, mi amor? —me susurra.
—En todo lo ocurrido durante estos años… —respondo con una sonrisa.
—Mira lo que te traje —me dice, mostrándome un plato rebosante de fresas frescas, rojas y brillantes—. Para que calmes esos antojos.
—Gracias… —le contesto, emocionada—. Nuestra niña será muy sana con todas las frutas que he comido y hace poco me comí un helado de chocolate.
Él ríe y acaricia mi cabello.
—Los niños están en el trampolín. Ya sabes cómo son… hace un rato estaban en la piscina y después se fueron para allá. ¿Quieres que vayamos a caminar un rato?
—Claro que sí mi amor.
Caminamos juntos hacia el jardín. El sol de la tarde tiñe todo de un dorado cálido. El sonido de las risas infantiles llena el aire, y mi corazón se siente pleno. Los niños saltan felices en el trampolín, mientras Marva, desde una mesa cercana, prepara helados con frutas para ellos. Observo las frutas frescas, mango, piña dulce, uvas y ahora con esas fresas el helado con crema será mucho mas deliciosas.
Vaya, no puedo creer que tengo ese antojo ahora mismo.
—Marva prepara un poco mas para mi esposa, aún se nota que tiene antojos.
Asentí sonriendo feliz.
Kenneth me toma de la mano, y en ese instante, siento que no me falta nada. Tengo a mi esposo, mis hijos, una vida construida con esfuerzo… y pronto, a nuestra pequeña.
Me senté en una mecedora acogedora, mis hijos apenas me vieron, se bajaron corriendo y se lanzaron a mis brazos. Me abrazaron con fuerza y, entre risas, cada uno dejó un beso en mi panza.
—¡Papi, papi! —empezaron a llamar emocionados a Kenneth, que venía detrás—. ¿Cuándo va a nacer nuestra pequeña hermana? Queremos prepararle una fiesta cuando nazca, porque será su primer cumpleaños… bueno, su primer mes de nacimiento.