El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 1

El Día Que Perdí a Mi Hermano

"La muerte nos da una sonrisa, Lo que podemos hacer es devolvérsela"
Máximo Décimo Meridio

Antes de que cumpliera cuatro años, yo ya había entendido más de la vida de lo que muchos adultos comprenden en décadas. En mi memoria, los primeros recuerdos no son juegos, ni risas, ni cumpleaños. Son gritos, son silencios tensos, son miradas que duelen más que un golpe. Son escenas que marcaron mi existencia antes incluso de que pudiera pronunciar bien mi propio nombre.
La historia comienza en Huaral, Los Naturales, un lugar donde las casas parecían sostenerse más por la necesidad que por los materiales. Una calle bulliciosa, llena de tierra, mototaxis, perros flacos y niños corriendo descalzos. Y al costado, un terreno amplio: un campo duro, sin pasto, donde mis padres y mi tío alquilaron un espacio para un taller mecánico.
En ese campo improvisado también estaba nuestro hogar: una casita de esteras donde vivíamos mi mamá, mi papá y yo. Alrededor, casi pegadas, estaban las casitas de mis tíos, mis primos, y la peor sombra de esos años: mi abuela paterna.
Yo era pequeño, sí.
Pero no era ciego.
Ni sordo.
Ni tonto.
Desde esa edad, yo ya sabía quién era quién.
Los días comenzaban temprano, mi papá se alistaba para salir a trabajar como mecánico y mototaxista. Apenas él desaparecía al final de la calle, el ambiente cambiaba. La presencia de mi papá, por más indiferente que fuera conmigo, mantenía un orden frágil. Pero cuando él se iba, la casa quedaba al mando de las mujeres: mi abuela, mi tía…mi mamá y yo, un niño testigo de todo.
Mi abuela encontraba mil formas de lastimar a mi mamá. No había motivo, no había razón: era como si mi mamá fuera el blanco perfecto para su frustración.
Un día, la escuché entrar a la casita hecha de esteras. Ni siquiera tocaba, solo empujaba.
—Oye, tú… ¿qué te crees? ¿Por qué me has contestado así? —le gritó apenas cruzó la puerta.
Mi mamá, que en ese entonces tenía poco más de veinte años, bajó la cabeza. Estaba lavando ropa.
—No le he dicho nada, señora… —respondió en voz baja.
—¡No me mientas! Tu cara lo dice todo… “esa cara de porquería” que tienes cuando me miras. ¿O no estás contenta de vivir acá gratis?
Yo estaba en una esquina, sentado sobre el suelo de tierra, jugando con un carrito sin llantas. Miré a mi mamá, vi cómo tragaba su llanto sin soltarlo. Su respiración tembló, pero no hablaba.
Mi abuela se acercó más, la empujó con la mano.
—¡Habla pues! ¿O te has quedado muda?
Yo apreté el carrito. Sentí un nudo en la garganta, sabía que estaba mal. Sabía que la estaban humillando y aun así, no podía moverme. Mis piernas pequeñas no sabían defender, solo temblaban.

Los días eran así. Mi mamá cocinaba con lo poco que tenía. Un día preparó un guiso con lo poco que tenía. Recuerdo el olor: simple, pero cálido. Lo servía para todos, como buena mujer que buscaba mantener un hogar entre ruinas.
Mi abuela lo probó y torció la boca.
—¿Qué es esto? Huele a perro muerto. ¿A quién quieres envenenar?
Tiró el plato a un lado, el contenido cayó al suelo.
—Yo no como estas porquerías. Aprende a cocinar, pues, serrana bruta.
Yo, con mis tres años, entendí perfectamente la maldad en sus palabras.
Mi mamá se arrodilló a limpiar sin decir nada. Su silencio era su única defensa… y también su condena.

Mi tía tampoco se quedaba atrás. A veces llegaba con bolsas de dulces, helados, panes recién comprados.
Los sacaba frente a nosotros, los abría, los repartía entre sus hijos… y luego me miraba.
—Ay, pobrecito, tú no puedes comer. Tu mamá no tiene plata, decía con sarcasmo.
Yo solo la miraba.
Un niño que no pide nada, pero que siente todo.

Pero el día que cambió mi vida ocurrió una tarde gris.
Mi abuela estaba fuera de la casa, conversando con mi papá. Yo estaba cerca, jugando, o fingiendo que jugaba, porque estaba escuchando. A mi edad, ya comprendía que mis oídos eran armas para defenderme, aunque fuera solo guardando memoria.
De pronto, su voz se volvió más alta. Más afilada.
—Ese hijo que tienes ahí… —dijo señalándome con el dedo— ese no es tuyo. No sé con quién se habrá revolcado esa mujer, ese niño no es de nuestra sangre.
Yo levanté la cabeza.
La tierra parecía tragarse el sonido.
Mi corazón, tan pequeño, entendió cada palabra.
Mi papá no la contradijo. No dijo “¿qué estás hablando?”. No dijo “no digas tonterías”. Ni siquiera dudó.
Solo respondió frío, seco, como quien ya lo tenía decidido:
—Sí pues… yo también creo que no es mi hijo. Nunca se ha parecido a mí.
Mi mundo se volvió mudo.
Lo miré.
Él también me miró.
Pero era una mirada vacía, ajena, como si yo fuera solo un niño que pasó por ahí.
Nunca había sentido tanto frío dentro del pecho.
—Ese niño no es mío —repitió.
Y mi abuela sonrió.
Una sonrisa satisfecha.
Una sonrisa que yo, aun siendo tan pequeño, jamás voy a olvidar.
El pensamiento que nació en mí
Ese día, mientras mi mamá lloraba a escondidas, yo me quedé sentado en el suelo, sin poder moverme.
Y una idea, simple pero devastadora, se clavó en mí:
“No soy su hijo.”
“No pertenezco a este lugar.”
“No tengo a nadie.”
Tenía tres años.
Tres años…
Y ya estaba aprendiendo a sobrevivir.

Unos meses después de tantas peleas, gritos y silencios rotos, recibí una noticia que me llenó de luz. Mi mamá estaba embarazada. Yo tenía apenas cuatro años, pero lo entendí todo. Me lo dijo con una sonrisa cansada, sosteniéndose la barriga todavía pequeña:
—Vas a tener un hermanito… o hermanita.
Yo abrí los ojos como si el mundo se hubiera encendido por dentro.
—¿De verdad? ¿Un bebé? —pregunté, casi saltando.
—Sí, hijito —respondió ella, acariciándome el cabello—. No vas a estar solo.
Esa frase fue suficiente para que mi corazón explotara de felicidad. Hasta ese momento, yo había vivido rodeado de adultos que gritaban, peleaban, atacaban… ahora tendría a alguien pequeño como yo. Alguien que no me gritaría, que no me pegaría, que quizá me miraría con amor.
“Voy a tener con quién jugar”, pensé.
“Alguien que me entienda.”
Los meses pasaron. Los problemas no desaparecieron. Los gritos eran los mismos, los insultos iguales, las lágrimas frecuentes. Pero ahora, cada vez que la casa se llenaba de ruido, yo ponía mis manos sobre el vientre de mi mamá y le hablaba bajito:
—Hermano, no te asustes. No tengas miedo. Yo te voy a cuidar.
Mi mamá lloraba casi todos los días. Y aunque yo era pequeño, intentaba hacer lo que podía. Comencé a lavar mis platos. Empecé a lavar mi ropa. Lo hacía mal. La ropa quedaba igual de sucia o más mojada que limpia, pero aun así lo hacía. Sentía que tenía que crecer rápido. Que no podía ser solo un niño.
Y entonces llegó el día. Era de madrugada cuando escuché a mi mamá quejarse, llorar, doblarse de dolor. Mi papá no estaba. Mi abuela gritaba órdenes. Yo me desesperé. No entendía nada, pero sabía que algo grande estaba pasando.
Horas después, lo escuché:
Un llanto suave, chiquito, hermoso.
Mi hermanito había nacido.
Era un varoncito. Un pedacito de carne tibia, frágil, con una naricita pequeña y unos ojos que todavía no se abrían del todo. Mi mamá lo sostenía, agotada, con lágrimas y sonrisa al mismo tiempo.
Yo lo miré y supe que lo amaba.
Lo amaba sin condiciones. Lo amaba sin que me pidieran. Lo amaba como una promesa: “Yo voy a cuidarte”.
Me encantaba su olor. Ese olor a bebé, a leche tibia, a ternura. Pasaba horas mirándolo dormir. Lo cargaba siempre. A veces me sentaba en la puerta y lo abrazaba como si el mundo fuera a quitármelo.
Los meses pasaron.
Él crecía. Y aunque los gritos seguían en casa, yo ahora tenía un motivo para sonreír. Cuando mis tíos discutían, cuando mi abuela insultaba a mi mamá, yo corría hacia donde estaba mi hermano, lo levantaba y salía de la casa.
—No escuches, hermanito —le decía mientras lo apretaba contra mi pecho—. No es para ti.
No quería que él viviera el infierno que yo viví desde que nací. No quería que lo rompieran como a mí. Yo tenía cuatro años, pero ya actuaba como madre, como padre, como todo.
En el colegio, mientras otros niños jugaban y se empujaban riendo, yo pensaba en él.
“¿Habrá comido? ¿Estará llorando? ¿Estará solito? ¿Se reirá como en la mañana?”
No veía la hora de volver a casa para cargarlo.
A veces me escapaba del recreo, me quedaba mirando la calle, esperando ver a mi mamá aparecer. Pero no aparecía. Solo esperaba el momento de regresar para verlo sonreír.
Nos mudamos otra vez. El dueño del terreno donde vivíamos dijo que construiría un edificio y que teníamos que irnos. Mi abuela ya no estaba —había viajado a la sierra— pero aun así fuimos perseguidos por problemas nuevos.
Alquilamos un corralón viejo. Construimos otra vez casitas de esteras. Vivíamos con mis tíos otra vez. Yo no entendía por qué no podíamos estar solos, lejos de ellos. Pero así era la vida: siempre pegados a quienes nos hacían daño.
Mi hermanito cumplió seis meses, luego siete. Cada sonrisa suya era un milagro. Yo le hacía reír con tonterías, con ruidos, con gestos. Dormía abrazado a él muchas veces. No lo soltaba nunca.
Un día, mientras había otra pelea, mi mamá gritaba, alguien lanzó algo al suelo, yo corrí. Lo tomé en mis brazos y salí corriendo afuera.
Yo le decía bajito:
—Yo estoy contigo. No tengas miedo. Nadie te va a tocar.
Cuando salía a lavar su ropita, los vecinos me veían. Se reían con ternura al ver a un niño cargando a otro bebé.
—Ese niño parece su papá —decían.
Y lo era. Yo sentía que lo era.
Él era mío. Era mi razón.
Me gustaba mirarlo dormir. Su respiración pequeña. Su manito agarrando mi dedo como si fuera lo único que tuviera. Yo pensaba: “Lo voy a cuidar toda la vida”.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.