Mi Hogar, Mi Primera Herida
Desde que mi hermano murió, sentía que la vida se había apagado. Yo no jugaba, no reía, no preguntaba nada. Me quedaba sentado horas enteras mirando sus ropitas, oliéndolas, apretándolas contra mi cara como si en un descuido él pudiera volver y decirme: “Estoy aquí.”
A veces juraba escuchar su llanto. Lo escuchaba tan claro, tan cerca… que corría hacia donde estaba su cuna para encontrarla vacía. Mi mente lo sabía. Mi corazón no lo aceptaba.
Mi mamá era una mujer rota, caminaba por la casa como un fantasma, con los ojos hinchados, la voz apagada. Pero aun así, se obligaba a ponerse de pie cada mañana. Se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, respiraba hondo, y seguía limpiando, cocinando, sirviendo… como si pudiera recomponer su vida obedeciendo.
La vi muchas veces hablando sola, mirando al cielo como si lo regañara o le suplicara.
—¿Por qué te lo llevaste? —lloraba sin voz—. ¿Qué te costaba dejármelo? Era mi bebé… mi bebé…
Un día que mi mamá no estaba, escuché golpes en la puerta. Abrí y vi a una mujer grande, alta, con mirada de desprecio. No era la dueña. Era su hija.
Entró sin pedir permiso. Ni siquiera saludó.
—¿Qué carajo es este desastre? —dijo señalando el patio donde los patitos salpicaban agua—. ¡Han dejado todo sucio! ¡Parecen animales!
Yo no supe qué responder. Solo la miré.
—Mi mamá va a limpiar… —murmuré.
Ella se acercó más, como si quisiera aplastarme con su presencia.
—¡Tu mamá es una cochina! —escupió—. Y tú igual. Mírate. Negro, mugroso, con esa ropa de pobre. ¿Por qué alquilan a gente así? Yo no quiero que mis hijos se junten con basura.
Sentí un golpe en el pecho. No contesté. No podía.
Ella siguió insultando como si hubiera esperado ese momento toda su vida.
—¡Y prohíbo que usen la pila! ¡Y ese pato de mierda que se lo lleven! ¡Aquí no quiero animales, ni niños sucios, ni chusma! Esta casa no es un corral.
Se fue dejando el portón abierto, con el aire cargado de odio.
Me quedé quieto un momento. Luego lloré. No lloré por ella, ni por las palabras. Lloré porque estaba cansado de sentirme sucio sin razón. Aun así fui a la sequía con los galones y traje agua. Los patitos tenían sed. Ellos no tenían la culpa de nada.
Cuando mamá llegó me encontró sentado en el suelo, con las manos temblando.
—¿Qué pasó? —preguntó.
Yo no pude aguantarlo.
—Una señora vino… me gritó… dijo que era un mugroso… que tú eras cochina… que nuestros patos apestan…
No terminé la frase. Ya estaba llorando.
Los ojos de mi madre cambiaron. Antes había dolor, ahora había fuego.
Minutos después, la mujer volvió, tal vez esperando encontrarme solo otra vez. Pero esta vez mi madre estaba detrás de mí.
—¿Otra vez tú? —dijo la mujer con sarcasmo—. ¿Van a llorar juntos ahora?
Mi mamá la miró sin moverse.
—No vuelvas a insultar a mi hijo.
La mujer rió con una mueca cruel.
—Lo haré las veces que quiera. Si no les gusta, se largan. Tu hijo ensució todo con esos animales de mierda. Y tú eres una chola ignorante que no sabe vivir en una casa decente.
—Te estás metiendo con el niño equivocado —dijo mamá con los dientes apretados.
La mujer se acercó, levantó el dedo y lo puso en su cara.
—Tú y tu hijo son basura. Y si no los saco yo, los saco con la policía. No quiero gente como ustedes aquí.
Ese fue el momento exacto.
Mi mamá le agarró el brazo, la jaló del cabello y la empujó contra la pared. La mujer gritó. Yo me quedé helado. Los patitos corrieron entre nuestras piernas, piando nerviosos.
—¡SUÉLTAME! —chilló la mujer.
—¡No vuelvas a tocar a mi hijo con tus palabras! ¡Jamás! —le gritó mamá, arrastrándola varios pasos.
La mujer intentó arañarla.
—¡Chola de mierda!
—Prefiero ser chola y buena madre antes que rica y basura como tú —le respondió mi mamá sin soltarla.
La mujer logró escapar llorando, diciendo que volvería con la policía.
Yo pensé que íbamos a terminar en la calle.
Pero esa noche tocaron la puerta, no era la policía. Era la familia de ella, uno de ellos habló con respeto:
—Señora, no se preocupe, todos conocemos a esa mujer, siempre insulta, siempre humilla, nadie la soporta. Hizo bien en defenderse.
Al día siguiente, un tío de mi mamá nos ofreció mudarnos a una de sus casas. Aceptamos.
Nuevamente nos mudamos, una casa más, una esperanza más. Esta vez estábamos cerca de la familia de mi mamá, y por un momento creímos que eso significaba protección. Los primeros días tuvieron algo de calma. Los tíos venían a visitar, los primos jugaban en la calle, los vecinos saludaban desde lejos. Yo miraba todo, como si no me perteneciera. Había tantos niños jugando, riendo, corriendo detrás de una pelota, pero yo ya no podía unirme. Desde que mi hermano murió, mi infancia se apagó en silencio. Era como si hubiera envejecido de golpe.
Teníamos patitos. Muchos, la casa estaba cerca a un riachuelo y ellos nadaban felices entre el agua turbia. Yo podía pasar horas cargándolos, sintiendo su calorcito en mis manos, imaginando que mi hermano los hubiera sostenido también. A veces, mientras los veía dormir, pensaba: “Si hubiéramos llegado antes, tal vez ahora él estaría aquí”.
Pero incluso en ese pequeño respiro, la sombra de la desgracia nos alcanzó.
Mi papá insistió en traer a su hermano y a la esposa de éste a vivir con nosotros. Ellos llegaron, y con ellos llegó alguien más: la madre de la mujer de mi tío.
Una mujer que jamás ocultó su desprecio por nosotros.
La primera vez que la escuchamos llegar fue una noche, alrededor de las ocho. Golpes violentos, puñetazos contra la puerta. Mi mamá se acercó temblando. Yo me escondí detrás de ella. Afuera había cinco hombres vestidos con casacas viejas que decían ser policías. Ninguno llevaba placa visible. Y detrás de ellos, la mujer, gritando como si estuviera siendo asesinada.
—¡Mi hija está ahí adentro! ¡La tienen retenida! ¡No la dejan salir!
Mi mamá, confundida, abrió apenas la puerta.
—Señora, no entiendo qué dice.
La mujer gritó:
—¡Ustedes son unos desgraciados! ¡Mi hija no quiere estar aquí, la tienen encerrada como a un perro!
—Ella vive aquí porque quiere —respondió mi mamá—. Nadie la obliga.
—¡Mentira! —rugió— ¡A ver, entren! ¡Busquen! ¡Esta gente es capaz de cualquier cosa!
Los supuestos policías irrumpieron sin permiso. Uno empujó a mi mamá, otro me miró como si yo fuera un delincuente y dijo:
—Tú, apártate. Vamos a revisar.
Yo temblaba. Los hombres patearon las puertas, levantaron los colchones, tiraron la ropa, abrieron cajones. Uno gritaba:
—¡Hablen! ¿Dónde la esconden? ¡Aquí la tienen!
Otro abrió la caja donde mi mamá guardaba la ropa de mi hermano. La arrojó al suelo como basura. Sentí que me arrancaban algo de adentro.
La mujer gritaba desde fuera:
—¡Bola de muertos de hambre! ¡Ni agua tienen! ¡Indios! ¡Pobres! ¡Cocheros! ¡Mi hija no tiene que vivir como animal con ustedes!