La Mujer que No Se Rindió
Antes de contar mi historia, tengo que hablar de una persona a la que le debo todo. No solo porque fue importante para mí, sino porque debería ser importante para cualquiera que lea esto. Esa mujer… se llama mamá.
Una madre.
Una madre que lo da todo.
Que se levanta antes que todos y se acuesta después de apagar la última esperanza del día.
Una madre que ama sin preguntar cuánto cuesta amar.
Que daría hasta su propia vida por ver sonreír a sus hijos.
Una madre… no tiene hijos malos. Puede tener hijos equivocados, heridos, rebeldes, rotos… pero nunca malos. Su corazón no sabe odiarlos.
Cuando el hermano de mi papá se fue a la sierra con su mujer, el silencio se instaló en la casa como un visitante extraño. No había gritos, ni discusiones, ni puertas golpeadas. Era una calma rara, artificial. Como la paz después de un terremoto… cuando todo parece quieto, pero las grietas siguen ahí, profundas.
Pero en medio de tanta tranquilidad, seguía ardiendo un dolor que no se iba: la partida de mi hermana. De ella no se hablaba, pero todos la sentíamos. La casa era como una herida todavía abierta.
Mi mamá cargaba ese dolor como si fuera un saco de piedras. A veces pensé que si uno la tocaba, podía desmoronarse.
Una semana después, mi papá también se fue.
Lo recuerdo bien. Era mediodía. Él llegó del trabajo, con la ropa húmeda de sudor y ese olor a campo que siempre traía. Dejó su herramienta al lado de la puerta y dijo:
—Me salió un trabajo. Por Huara. Donde mis familiares. Me voy mañana.
Mi mamá dejó de doblar ropa.
—¿Te vas? —preguntó despacio.
—Sí. Paga bien.
—¿Y nosotros?
Él no respondió de inmediato. Se revisó los bolsillos, sacó un fajo pequeño de billetes arrugados. Lo contó con la mano sucia de tierra.
—Aquí hay treinta dólares. Les alcanza.
Yo estaba sentado en una esquina, sin moverme, observándolo todo. Sabía que algo estaba mal. No era la primera vez que mi papá se iba… pero esa vez había algo distinto: no dijo cuándo volvía.
Mi mamá se acercó a él.
—¿Por qué te vas, si aquí estás bien?
—Ya te dije. Es mejor.
—¿Mejor para quién?
Él empezó a guardar su ropa en un costal sin responder. Mamá lloraba en silencio. No lo gritó. No lo rogó. Solo dejó que las lágrimas cayeran, como si de ella ya no dependiera nada.
La noche antes de irse pelearon en la cocina. Yo escuchaba desde mi cuarto.
—¡No puedes irte así! —le gritó ella.
—¡Tú no sabes lo que es trabajar!
—¡Pero sí sé lo que es quedarme sola!
—Siempre exageras.
—No estoy exagerando. Te vas y… ¿y si ya no vuelves?
—Eso dices siempre. Y siempre vuelvo.
—No lo sé esta vez —ella lloraba.
Él no dijo nada más. A la mañana siguiente se fue. Sin besarla. Sin despedirse de mí. Solo se fue.
Los dos días siguientes mi mamá lloró como si cada lágrima le costara un pedazo de vida.
Cocinaba y lloraba. Lavaba ropa y lloraba. Yo me sentaba en el suelo, junto a sus pies. No sabía qué decirle. Solo estaba ahí.
—¿Mamá? —le dije una vez—. ¿Por qué se fue?
—Porque… así es tu papá —respondió limpiándose los ojos con el dorso de la mano—. Pero ya va a volver, ya va a volver, hijito…
Lo dijo tan bajito, que parecía que intentaba convencerse a sí misma.
Ese mismo día la escuché rezar por la madrugada. Yo desperté con su sollozo ahogado.
—Dios… —susurraba—. Devuélvanos la paz. Cuida a mi hijo allá arriba… dile que lo extraño. No me castigues más… ya no puedo.
Yo me tapé los oídos. No porque no quería escucharla, sino porque me dolía demasiado.
A los cinco días, el dinero se acabó.
La comida también.
No teníamos qué comer.
Ni ideas.
Ni esperanza de que papá estuviera de vuelta pronto.
—Voy a rastrojear —dijo mamá una mañana, con una firmeza que me sorprendió—. No sé si haya mucho, pero algo encontraremos.
Rastrojear significa buscar lo que queda en los campos después de la cosecha. Lo que nadie quiso. Lo que se dejó atrás. Unas papas pequeñas, un maíz incompleto, un camote medio podrido. Eso comíamos.
Ella salía con otras mujeres. Caminaban bajo el sol, con sacos vacíos, esperando volver con algo para la olla.
A veces regresaba con la ropa llena de tierra, las manos lastimadas y una sonrisa cansada:
—Hoy sí hay qué comer —me decía, intentando sonar alegre.
Servía el plato. Luego me daba el suyo.
—Come tú. Yo ya comí.
Yo sabía que era mentira.
Y ahí aprendí a odiar una frase: Yo ya comí.
No la odio por egoísmo. La odio porque nadie debería tener que decirla. Porque esa frase significa que una madre está dispuesta a pasar hambre con tal de que su hijo no lo haga.
Un día conoció a Liz.
Vivía al frente. Una mujer risueña, de manos rápidas para tejer y de voz cálida. Mi mamá la saludaba apenas como vecina. Pero en esos tiempos, la tristeza juntaba a las personas como imán.
Comenzaron a conversar. Luego a sentarse juntas bajo la sombra. Tejían, hablaban bajito. A veces reían.
La primera vez que vi reír a mi mamá después de todo… fue con Liz.
Pero apenas cruzaba la puerta de casa, su mirada volvía a apagarse. Yo deseaba que se quedara más rato afuera… porque cuando entraba, traía consigo otra vez la oscuridad.
La cosecha terminó.
No quedó nada más que recoger.
Un día mamá se levantó más temprano que nunca.
—Voy a buscar trabajo —dijo—. Tiene que haber alguien que necesite ayuda.
Volvió con buenas noticias.
—Conseguí trabajo.
—¿Dónde?
—Un señor que tiene maracuyá. Se llama don Calidor.
Fui con ella al día siguiente. El campo era grande, con hileras de plantas que parecían enredaderas infinitas. Tenían espinas. El sol quemaba la piel.
—Tú puedes ayudarme a juntar las ramas —me dijo.
Yo lo intenté. Me cansé rápido. Pero ella seguía. Podaba. Cargaba sacos. Se agachaba, se levantaba, se volvía a agachar.
—¿No te duele la espalda, mamá?
—No tengo tiempo para que me duela.
Trabajó así semanas. Volvía con las manos cortadas, pero con algo de dinero… y algo qué poner en la olla.
Los domingos seguíamos yendo al mercado de segunda.
—¿Quieres ver juguetes? —me preguntaba siempre.
Yo asentía. Me llevaba de la mano.
Los juguetes estaban tirados en mantas viejas. Algunos sin brazo. Otros sin color. Pero para mí era como estar en una tienda de maravillas.
Una vez, vi un avioncito ridículo. Tenía ojos enormes y sacaba la lengua cuando lo movías. A mí me pareció genial.
—¿Te gusta?
—Mucho.
No dudó. Pagó. Me lo entregó con una sonrisa cansada.
—Para que no te olvides que también hay días bonitos.
Desde entonces se volvió mi juguete favorito. También tenía un osito amarillo. Le puse un tirante hecho con un pedazo de tela. Ese oso se convirtió en mi guardián por las noches.
En ese tiempo empecé a entender que el amor no se mide en cosas grandes. A veces cabe en un juguete usado, en un plato de comida compartido, en unos zapatos remendados.
Pasaron semanas.
Mi papá no volvió.
Nunca llamó.
Nunca mandó dinero.
Una tarde, mientras ella preparaba algo parecido a sopa, le pregunté:
—¿Volverá?
Mamá dejó de revolver la olla unos segundos. No me miró.
—Dios sabe.
—¿Y tú?
Respiró profundo. Sus ojos estaban rojos.
—Yo también quiero creerlo.
—¿Te duele?
—Todos los días, hijo.
Dejó la cuchara a un lado… se agachó, y me abrazó fuerte.
—Pero mientras yo esté aquí —susurró contra mi cabello—, tú no vas a caer. ¿Me oyes? Aunque me quede sin fuerza, aunque me queden cicatrices… no voy a rendirme.
Y cumplió.
Cada amanecer la encontraba de pie, con los ojos hinchados por el llanto, pero con las manos ocupadas en cocinar, limpiar, luchar. Porque en esa casa no solo éramos dos bocas que alimentar…También teníamos patitos. Eran pocos, pero significaban algo: responsabilidad, esperanza… y otro recordatorio de que pronto se acabaría el maíz y no habría con qué mantenerlos.
Mamá siempre se despertaba temprano. Muy temprano. Antes que saliera el sol. Encendía el fogón, hervía agua, cocinaba el desayuno y dejaba listo el almuerzo, todo al mismo tiempo. Yo la escuchaba moverse desde la cama, con esos pasos suaves de mujer que no quiere despertar a nadie, aunque la vida no le haya dado un solo día de descanso.
Antes de salir, se agachaba, me acomodaba el cabello con la mano y me decía:
—La vecina vendrá a recogerte para llevarte al colegio. No te duermas.
Yo asentía con sueño. Desayunaba, me lavaba la cara, me ponía el uniforme gastado… y esperaba. Siempre esperaba el sonido de tres golpes en la puerta.
—¿Estás listo? —decía la vecina asomando la cabeza.
—Ya voy.
Pero en el salón… no podía dejar de pensar en mi mamá.
A veces trataba de escribir, pero veía las letras borrosas.
Pensaba: “¿Estará llorando? ¿Estará bien? ¿Habrá comido algo?”
Y me preguntaba si debía seguir llorando yo también, o si llorar era una pérdida de tiempo.
Ella volvía todas las tardes con las manos hechas heridas.
Las traía rasguñadas, con ampollas reventadas.
Con la piel quemada por el sol y el ácido de la maracuyá.
Su ropa era un desastre: verde de hojas machacadas, manchada de tierra, húmeda de sudor.
Hasta que un día… la temporada de maracuyá terminó. Y con ella, el trabajo de mi mamá.
Recuerdo cómo llegó esa tarde. No habló.
Solo se sentó en el banquito de la cocina. La miré. Era como si hubieran apagado una luz dentro de ella.
—¿Qué pasa, mamá?
—Ya no hay trabajo —respondió con la mirada perdida.
Los días siguientes los pasó sentada, haciendo los quehaceres en silencio. Lavar, barrer, guardar los platos… sin alma.
Yo la observaba desde cualquier rincón.
Sus ojos ya no eran ojos.
Parecían ventanas abiertas a una casa vacía.
Teníamos un televisor blanco y negro, viejo, que había sobrevivido a más pobreza que nosotros. Una tarde, papá dejó puesto un melodrama. Una novela coreana llamada “Escalera al Cielo”.
Mamá y yo nos sentábamos a verla todos los días a la misma hora.
Yo no lo hacía por la novela. Lo hacía porque era el único momento del día en que la veía sonreír. Le gustaba la historia. Le gustaba llorar con ella, aunque ya llorara en silencio todo el día.
—¿Te gusta, mamá?
—Sí, hijito… es bonita —decía mientras se le humedecían los ojos.
Yo la miraba de reojo. A veces pensaba que no lloraba por los personajes… sino por ella.
Pero los problemas regresaban cada mañana.
La comida se acababa.
La ropa se rompía.
El dinero no aparecía.
Yo ya no tenía qué vestir.
Mi pantalón tenía roturas, mis polos ya no daban pena… daban vergüenza.
Así que mamá comenzó a llevarme a caminar por los campos. A veces… robábamos.
Había hectáreas enteras de frutas abandonadas. Frutas que nadie recogía, que se pudrían al sol. Mamá siempre decía:
—Si nadie las va a comer… ¿por qué no hacerlo nosotros?
Un día, nos encontraron los dueños.
—Buenas tardes… disculpen… —dijo mamá, sin miedo, con el orgullo doblado—. ¿Nos podrían regalar algunas? Mi hijo tiene hambre.
Yo estaba detrás de ella, escondido, avergonzado.
El dueño nos miró. Miró mis zapatos rotos. La ropa desgastada de mi mamá.
—Llévense lo que puedan —respondió—. No se preocupen.
Ese día comimos fruta como reyes.
Otro día, mamá habló con una señora que tenía un hijo grande. Esa mujer nos regaló la ropa que ya no le quedaba a su niño.
Ese fue mi uniforme durante años: ropa de otros, ropa que ya había tenido vida antes de mí.
Pero yo nunca pedí nada.
No quería ser otra angustia para mamá.
Ya tenía suficientes dolores con los que cargar.
Había tardes en las que no podía más.
Me escapaba de casa. Subía una pequeña colina hasta mi árbol preferido. Me sentaba bajo su sombra y hablaba… conmigo mismo.
—¿Para qué nací? —decía entre dientes—. Si mi papá no me quiere… si solo soy una carga para mi mamá…
Miraba el cielo entre las ramas.
—Si yo no estuviera, ella sería más feliz… podría irse lejos… podría dejar de llorar…
Y entonces pensaba en mi hermano.
Lo imaginaba allá arriba, en silencio.
Yo quería irme con él.
Lo deseé muchas veces.
Pero bastaba pensar en mi mamá, sola… sin nadie… y la idea se rompía.
“No —me decía—. Yo no puedo dejarla. Si mi hermano ya no está… y yo tampoco… ella no se levanta nunca más.”
Ese día entendí algo sin que nadie me lo explicara:
Mi misión no era vivir para mí… era sostenerla a ella.
Un día descubrí algo que no supe digerir.
Mi mamá llegaba tarde. Más tarde de lo normal. Yo pensaba que seguía buscando trabajo, o que se quedaba conversando con Liz. Hasta que un día, una curiosidad me devoró.
“Voy a seguirla.”
Salí de la escuela muy temprano. Caminé rápido para alcanzarla. Recordaba el camino… porque ella me lo había enseñado antes: hacia el cementerio.
Hice el recorrido con el corazón latiéndome recio en el pecho. Caminé y caminé. Cuando llegué, ya era tarde. Las cinco de la tarde. El sol moría.
La vi.
Estaba arrodillada frente a la tumba de mi hermano.
Le hablaba como si la escuchara.
—Hijito… ya pasará este dolor, ¿sí? Yo estoy bien… no te preocupes por nosotros…
Pero lloraba. Lloraba como si todo su ser se estuviera vaciando.
—Cuida a tu hermanito —susurró entre sollozos—. No me dejes caer.
Yo me quedé detrás de un árbol… mirándola. Sin acercarme. Nunca en mi vida me sentí tan pequeño.
Volví a casa solo. En silencio.
Cuando ella llegó, me sonrió fingiendo que venía de otro lugar.
Yo fingí también.
Nunca hablamos de eso.
Nunca se lo confesé.
Inventé mi propia herida para no tocar la suya.