Un Ángel en la Tormenta
Mientras todo esto sucedía, apareció en mi vida una pequeña niña llamada Daniela. Tenía unos doce años y algo en ella hacía que no pudiera ignorarla. Todas las tardes venía a buscarme. Siempre preguntaba por mí:
—Señora, ¿está su hijo? —decía con voz dulce.
—Sí, está adentro —respondía mi mamá, con una sonrisa cansada.
—¿Puedo entrar? —preguntaba ella, sin esperar respuesta negativa.
Y yo no decía nada. Simplemente me quedaba quieto. No tenía ganas de hablar, ni de jugar, ni siquiera de mirar a alguien a los ojos. Pero ella se sentaba a mi lado igual, con sus ojitos brillando, como si supiera que algún día yo terminaría hablando.
—Hola… —susurraba Daniela—. ¿Cómo estás hoy?
—Bien —respondía yo, cortante.
—¿Seguro? —insistía, inclinando la cabeza—. Pareces un poquito triste.
Yo bajaba la mirada. No quería decir nada. Ella sonreía suavemente, sacando un cuaderno de su mochila.
—Mira, hoy aprendí esto en casa. Quieres que te enseñe? —preguntaba mientras me mostraba números y dibujos.
—No —contesté, con voz baja—. No quiero.
Ella no se dio por vencida. Nunca lo hizo. Cada tarde regresaba, preguntaba por mí y traía algo nuevo: un dibujo, un juego, un cuaderno, crayones.
Un día, mientras caminábamos por la calle, fui con ella un tramo. Su papá estaba afuera, revisando su taller de sastrería. La llamó:
—Daniela, ¿ya resolviste tus problemas de matemáticas? —gritó firme, pero sin odio.
—Sí, papá —dijo ella, con voz temblorosa.
—Déjame ver entonces —él se acercó, serio, pero con una mano sobre su hombro—. Muy bien… solo recuerda que puedes hacerlo mejor.
Yo la miré y algo dentro de mí se removió. Ese era un padre estricto, sí, pero cariñoso y preocupado, algo que yo nunca había tenido. Quería que alguien en mi vida se interesara así por mí.
Esa tarde, al volver a casa, Daniela se sentó a mi lado y me dijo:
—Hoy vi algo… mi papá se enojó conmigo, pero… él me quiere. Tú también tienes a tu mamá, ¿verdad?
—Sí… —dije, bajando la mirada.
—Entonces, aunque a veces duela, alguien te quiere y te protege. Eso es lo importante.
Empecé a abrirme un poco. Quizá por primera vez le conté algo de mi tristeza.
—Mi hermano… ya no está —susurré—. Y mi papá… no siempre está.
Ella me miró con ojos grandes, sinceros.
—No puedo traer de vuelta a tu hermano —dijo—. Pero puedo ayudarte a que no te sientas solo. Y aunque no lo creas… quiero verte sonreír.
A partir de ese día, Daniela comenzó a enseñarme de verdad. Sacaba su cuaderno rojo, los crayones, lápices de colores, y empezábamos:
—Vamos a sumar —decía, dibujando manzanas y palitos de colores—. Si tengo tres manzanas y tú me das dos más… ¿cuántas hay?
—Cinco —respondí yo, y ella aplaudía, feliz.
—¡Muy bien! —me decía—. Lo estás haciendo increíble.
Después venía la resta:
—Si tenías cinco manzanas y te comes dos… ¿cuántas quedan?
—Tres —contestaba, con una pequeña sonrisa que empezaba a aparecer en mi rostro.
Y así, poco a poco, pasaron semanas y semanas. Multiplicaciones, sumas más complicadas, dibujos, juegos… todo lo enseñaba con paciencia. Cada día traía algo nuevo: un dibujo, una historieta, hasta me enseñó a escribir mi nombre correctamente y a formar oraciones.
—Mira, así escribimos: “Hoy es un día feliz” —decía ella, con una sonrisa—. Intenta tú.
—H-hoy es… un día feliz —dije, temblando un poco.
—¡Perfecto! —me abrazó ligeramente—. Ves, puedes aprender todo lo que quieras.
A veces me regañaba suavemente:
—No te frustres si no entiendes algo. Nadie aprende todo de una vez. —Me tomaba de la mano y me guiaba para repetirlo.
Daniela no solo me enseñaba números o palabras. Me enseñaba paciencia, esperanza, constancia… y sobre todo, que alguien podía importarse de verdad por mí, incluso cuando yo no me importaba a mí mismo.
Yo empecé a esperar esas tardes con ansias. Esperaba que llegara, que me sonriera, que sacara su cuaderno rojo. Y aunque todavía estaba triste por todo lo que había pasado, cada vez que estaba con ella sentía que el mundo podía ser un poco menos cruel.
Aquel día llegó como cualquier otro… pero no sería uno más.
Daniela apareció a la misma hora de siempre. Traía su cuaderno rojo bajo el brazo. Me sonrió, aunque su sonrisa no era igual.
—Hoy te enseñaré a dividir —dijo, tratando de sonar alegre.
—¿Dividir? —pregunté sin ánimo—. ¿Eso es difícil?
—No —me guiñó el ojo—. Difícil es ser adulto.
Lo dijo en tono de broma, pero había tristeza escondida detrás.
Nos sentamos en el patio. El viento corría despacio entre las hojas. Ella dibujó unas pelotitas en el cuaderno.
—Imagina que tienes doce canicas —me explicó—. Y que quieres repartirlas entre cuatro amigos. ¿Cuántas le tocarían a cada uno?
—No tengo amigos —respondí sin pensarlo.
Ella dejó el lápiz. Bajó la cabeza. Luego me miró muy seria:
—Me tienes a mí.
Yo no dije nada. Miré las canicas dibujadas. Conté. Eran tres para cada uno.
—Tres… —dije bajito.
—¿Ves? Es fácil.
Sonrió de nuevo.
Pero cuando comenzó a guardar sus cosas, lo hizo lentamente. Muy lentamente. Como si algo le estuviera pesando en el pecho.
—¿Te pasa algo? —pregunté.
Ella respiró hondo. Trató de sonreír. No lo logró.
—Mañana me voy —murmuró—. A España.
Sentí que algo se me hundía en el estómago. Parpadeé.
—¿A dónde?
—España —repitió—. Es… es muy lejos.
—¿Y vas a volver mañana?
Ella agachó la cabeza. No.
—No lo sé —susurró.
El aire se hizo pesado. Yo no entendía nada, pero sabía que era horrible.
—¿Te vas a ir… para siempre?
—No quiero —dijo, con la voz quebrada—. Pero mi hermana está allá. Mis papás dicen que es mejor para mí.
Me quedé callado. Ella se acercó y me tomó las manos.
—Te lo prometo —dijo muy seria—. Voy a volver. ¿Sí?
Yo no confiaba. No podía. No sabía si creérselo. Pero asentí.
—¿Me prometes que vas a seguir sonriendo? —insistió—. Yo… yo no quiero que vuelvas a estar triste.
No pude responder. Me quedé mirándola. Y ella, antes de irse, dijo:
—¿Me vas a recordar?
—Tú… tú me enseñaste a sumar —dije—. Creo que no podría olvidarte.
Ella sonrió, y por primera vez sentí que ella también iba a llorar.
A la mañana siguiente, mamá me despertó temprano.
—Vístete —me dijo—. Vamos a despedir a tu amiguita.
Yo quería correr, esconderme, hacer como si nada pasara. Pero me vestí.
Al llegar, su casa estaba abierta. Su papá cargaba una maleta. Su mamá sostenía una caja. Daniela apareció con su mochila al hombro.
Sus ojos se iluminaron al verme.
—Viniste…
—Claro que vine —respondí, intentando parecer valiente.
Ella bajó la mochila, corrió hacia mí y me abrazó. Fuerte. Un abrazo que me dolió más que cualquier golpe que había visto en casa.
—Gracias… por aprender conmigo —susurró en mi oído—. Eres muy inteligente, ¿sabías?
—¿Cuándo vuelves?
—Pronto —mintió con ternura—. Muy pronto.
Su mamá llamó.
—Dani, el taxi llegó.
Ella buscó algo en su bolso. Sacó el cuaderno rojo y me lo tendió.
—Es tuyo —dijo—. Quiero que sigas estudiando. Nunca dejes de aprender. ¿Sí?
Yo puse mis manos sobre el cuaderno, como si fuera un tesoro.
—Voy a cuidarlo.
Ella respiró hondo.
—¿Prometes que vas a sonreír?
Yo respiré. Tragué saliva.
—Si algún día vuelves… quiero que me veas sonriendo. No llorando.
Ella sonrió. Me despeinó suavemente.
—Así me gusta.
Su papá la llamó desde el taxi.
—¡Daniela! ¡Vamos!
Ella caminó hacia el auto. Se volteó una vez más.
—¡Voy a volver! —gritó.
El taxi arrancó. La vi hacerse pequeña, perderse entre la carretera… desaparecer.
Y cuando ya no la vi, apreté el cuaderno contra mi pecho.
Mamá se acercó.
—Lo siento, hijo.
Yo no lloré. No podía. Solo dije:
—Ella me prometió…
—¿El qué?
—Que iba a volver.
Los días pasaron.
Cada tarde, a la hora exacta en la que Daniela venía, yo me sentaba en la puerta.
Con su cuaderno rojo en las piernas.
Esperaba… aunque sabía que no vendría.
A veces caminaba hasta su casa.
—¿Cómo está Daniela? —preguntaba.
—Bien —decía su mamá con una sonrisa triste—. Extraña mucho.
Un día, por fin, la escuché por teléfono.
—¡Oye! —dijo con su voz llena de luz—. ¡¿Sigues sonriendo?!
—Sí —mentí.
—¿Estás aprendiendo?
—Sí —dije—. Nos contaron una historia con marionetas… pero era aburrida.
Ella soltó una carcajada.
—Eso quiere decir que ya sabes más que los demás.
Me quedé en silencio.
—¿Vas a volver? —pregunté otra vez.
—Sí —respondió. Pero su voz tembló.
Y me quedé esperando.
Caminé hasta mi árbol favorito, el que siempre me había visto llorar, y me senté debajo de él.
Pensé en todo lo que había pasado: en mamá, en mi hermano, en papá… y en Daniela. En cómo alguien tan pequeña había logrado enseñarme más que cualquier otra persona.
En casa no había muchas discusiones ese día, pero aún así, los gritos y la tensión se sentían en el aire. La vida seguía siendo dura, y yo, un niño que apenas entendía el mundo, estaba aprendiendo que la esperanza podía aparecer incluso en los momentos más tristes.