El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 5

Nació para salvarnos

Los días después de aquella conversación entre mi mamá y la vecina fueron distintos. Yo no era alguien que se metiera en las pláticas de los adultos, pero aquella vez no pude evitar escuchar. No fue mi intención, pero las palabras “embarazada otra vez” se quedaron dando vueltas en mi cabeza como un eco sin descanso.
Por la noche, mientras mamá colgaba la ropa cerca del fogón, me acerqué despacio. No sabía cómo decírselo. Nunca preguntaba cosas tan directas. Pero esa vez sentí que tenía que hacerlo.
—Mamá… ¿estás embarazada?
Ella dejó de moverse por un instante. Como si la ropa mojada que sostenía se hubiera vuelto más pesada. Apenas volteó, pero no me miró de frente.
—¿Quién te dijo eso, hijo? —preguntó, aunque era evidente que ya lo sabía.
—Te escuché… sin querer —respondí.
Ella suspiró. Se sentó en una de las sillas de madera, de esas que ya sonaban como si fueran a romperse. Me hizo una seña para acercarme, y lo hice en silencio. Se quedó un momento mirando al suelo, tomando aire, como si buscara fuerzas para no desmoronarse.
—Sí, hijito… estoy esperando un bebé.
Yo no sabía qué sentimiento debía tener. No sabía si sonreír o quedarme callado. Ser hermano otra vez sonaba a una palabra que todavía no estaba listo para pronunciar. Había perdido ya a mi hermanito anterior. No quería vivir eso una segunda vez.
—¿Estás feliz? —pregunté, con miedo a la respuesta.
Ella sonrió apenas. Pero fue una sonrisa triste.
—Sí… estoy feliz. Pero también tengo miedo.
No me dijo más. No me confesó lo que realmente temía: decirle a mi papá.
Esa misma tarde, mientras papá arreglaba su vieja moto en el patio, mamá salió y se quedó frente a él. Él estaba agachado revisando algo en la llanta, con las manos llenas de grasa.
—Tengo que decirte algo —le dijo ella con voz seria, sin rodeos.
Papá no levantó la vista. Era como si la palabra “algo” no significara nada para él.
—Estoy embarazada —soltó ella, firme, sin temblar.
Papá dejó caer la llave. El metal golpeó el suelo de cemento y rebotó. No dijo nada. Solo se levantó, se limpió las manos en el pantalón, caminó hacia la moto y la encendió.
Se fue sin mirarla.
Mamá se quedó parada. Sin lágrimas, sin gritos. Sólo quedó ahí, abrazándose la barriga, mirando el polvo que la moto levantó al alejarse.

Yo lo vi todo desde la ventana. No dije nada. Cada vez que hablaban así —sin palabras, sin gestos— yo sentía que algo malo iba a pasar.
Pero no pasó.
Los días siguientes hubo silencio, sí, pero no golpes. No discusiones violentas. No platos rompiéndose contra el piso ni gritos levantándose como tijeras en el aire. Solo silencio. Un silencio extraño, pesado, casi incómodo, pero sin tragedia.

Papá salía temprano y volvía tarde. Mamá se hacía cada vez más lenta al caminar. Comenzaba a apoyar las manos en la cintura cuando hacía cualquier esfuerzo. Pero aun así se levantaba temprano. Lavaba ropa en la acequia, cocinaba, barría la tierra del piso como si algo pudiera ensuciarlo aún más.
Yo la observaba. Siempre me pareció que mi mamá no caminaba: flotaba. Que no hablaba: sostenía el mundo con la boca. Que no lloraba: tragaba las lágrimas antes de que salieran.

Una tarde, después de ver cómo mamá se recostaba cansada tras lavar toda la ropa, salí a mi árbol. Ese árbol viejo, torcido, con las raíces salidas como venas, había sido mi refugio durante años. Ahí había hablado con mi hermanito muerto. Ahí había llorado cuando Daniela se fue. Ahí me liberaba sin que nadie me viera.
Me senté apoyando la espalda en el tronco.
—Mamá está embarazada —susurré al aire—. Vamos a tener otra hermanita. Yo la voy a cuidar, ¿sí? Esta vez no me voy a equivocar.
Era extraño hablarle a alguien que no estaba. Pero no era exactamente eso. En ese lugar, con ese tronco áspero y el viento soplando entre las hojas, yo sentía que sí me escuchaban. Que sí respondían.
—No te enojes —continué—. Yo también te sigo queriendo. Pero ella necesita que yo esté bien…
Me quedé ahí, hasta que el sol pintó de naranja la calle de tierra. Hasta que mamá me llamó para cenar. Comimos en silencio. Papá no estaba.
A partir de entonces, pude ver otra faceta de mamá. Aunque estaba cansada, aunque su embarazo avanzaba, tenía momentos luminosos.

En las tardes, prendía la televisión y se sentaba a ver novelas. Yo me sentaba a su lado. Era el único momento en el que sentía que éramos madre e hijo sin miedo de que algo interrumpa.
A veces lloraba por los personajes. Pero yo veía bien: no lloraba por ellos, lloraba por ella. Por su propia historia. Por las cosas que no podía decir.
Un día me susurró:
—Tengo miedo de que no me alcance el amor para todos.
No supe qué contestar.

Pasaron los meses. Papá siguió distante, pero no agresivo. A veces llegaba con pan. A veces con pescado. No hablaba, pero estaba y cuando no gritaba, eso ya era una forma de cariño.
A Mamá le comenzó a crecer más la barriga, caminaba lento. También se reía más, como si dentro de ella creciera algo más que un bebé: tal vez una esperanza, una promesa.
La noche del 26 de enero todo cambió.
Mamá se levantó de golpe. Yo escuché cómo resoplaba. Me levanté, aún medio dormido, y la vi inclinada apoyándose en la mesa.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Creo… creo que ya viene —dijo con la voz rota.
Corrí sin pensarlo a buscar a mi tío. Toqué su puerta con desesperación. Él abrió medio dormido.
—¡Mi mamá está con dolores! —grité.
Mi tío reaccionó de inmediato. Se puso pantalón, agarró su billetera y salió.
—¿Llamaron a tu papá? —preguntó mientras cerraba con llave.
—No está.
Se subió a su moto sin preguntar más y se fue. Escuché el motor alejarse como un latido desesperado.
Volvió diez minutos después, con mi papá en la parte de atrás. Papá no preguntó. Entró a la casa y sin decir nada cargó a mamá en brazos. Ella temblaba. Yo no sabía si estaba llorando, riendo o ambas cosas a la vez.
—¡Súbete! —me dijo mi tío.
Nos fuimos los tres. Yo abrazado al tanque de gasolina, sintiendo el viento frío cortarme la cara. No sentía miedo. Solo algo parecido al vértigo.
Llegamos al hospital. Todo era blanco, frío y olía a desinfectante. Una enfermera tomó a mamá y la llevó adentro. Papá quiso seguirla, pero se lo impidieron.
—Tiene que esperar afuera, señor.
Él se quedó de pie. Encendió un cigarro. Lo fumó en silencio, sin caminar, sin moverse. Como si solo existiera el humo.
Yo me senté en una banca. Abrazaba mis rodillas. Mi tío iba y venía. Cada tanto se detenía frente a mí.
—Todo va a estar bien —decía.
Yo asentía, pero no movía la boca.
El tiempo dejó de tener forma. Pudo haber pasado media hora o tres horas.
Cuando escuché el llanto, creí que me había imaginado algo.
Pero después lo escuché de nuevo.
Un llanto nuevo.
Logré ponerme de pie. La puerta se abrió. Una enfermera salió con el cabello cubierto y anunció:
—¡Es una niña!
Mi tío puso su mano sobre mi hombro. Sonrió.
—Tienes una hermanita, campeón.
Papá soltó el cigarro. Lo pisó en el suelo. No dijo nada. Pero yo vi que sus ojos brillaron, como si estuvieran a punto de romperse.
Esperamos unos minutos más. Luego nos dejaron pasar.
Mamá estaba pálida, sudorosa, exhausta… pero con una sonrisa que nunca antes le había visto. De esas sonrisas que pesan y alivian a la vez. Sostenía algo envuelto en una manta blanca.
—Ven, hijito —susurró.
Me acerqué. Me levanté en puntas para mirar.
Mi hermana era tan pequeña que parecía una muñequita vieja, arrugada, rojita, con las manitos temblando como si buscara agarrarse de la vida.
—Se llama Arianna —dijo mamá—. Arianna Juliana.
El nombre vibró en mi pecho. Lo repetí mentalmente. Arianna.
Le toqué la mano con un dedo. Era suave y cálida.
—Yo la voy a cuidar —le dije a mamá, sin pensarlo.
Ella me miró con los ojos cansados.
—Lo sé, hijito. Esta vez no estarás solo.
Papá se acercó después. Miró a mamá, miró a Arianna, me miró a mí… pero no habló. Sólo apoyó una mano en la baranda de la cama. Me di cuenta de algo:
Aunque no podía decirlo, papá también la quería.
Salimos del hospital muy temprano. El cielo estaba apenas aclarándose. En la vereda se veían charcos de lluvia vieja. El aire olía a pan recién horneado, aunque no sabíamos de dónde venía ese olor.
Mamá iba en brazos de mi tío. Yo caminaba al lado de papá, cargando una bolsita con pañales.
Por un momento, sentí algo extraño en el pecho. No era tristeza. Tampoco alegría total.
Era algo que nunca había sentido.
Era la certeza de que algo comenzaba.
No sabía si sería bueno o malo, pero era nuevo.
Los días que siguieron fueron diferentes a todo lo que había vivido antes. Arianna dormía mucho. Mamá la envolvía en mantas viejas que parecían demasiado grandes para ella. Yo la miraba dormir durante horas. A veces le hablaba en voz baja.
—Perdóname si no soy buen hermano todavía —le decía—. Pero voy a intentarlo, lo prometo.
Y aunque ella no respondía, sentía que me escuchaba.
Nunca olvidaré el sonido de su llanto las primeras noches. No era molesto, era como escuchar a la vida misma quejarse. A mamá no le importaba no dormir. Se levantaba cansada, pero en paz.




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