El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 6

Cuando el Adiós Nos Empuja a Nacer de Nuevo
La madrugada todavía no rompía del todo, el cielo seguía cargado de ese gris espeso que se pega a los techos, a las calles húmedas y a los postes que parecen dormidos. Eran las cuatro y algo, quizás un poquito más, pero a mí no me importaba la hora; lo único que sentía era ese apretón en el estómago que me hacía caminar más lento de lo normal. Sabía que ese era mi último día ahí. El último día en ese barrio donde había aprendido a reír, a correr sin miedo, a imaginar historias que antes no sabía inventar. El barrio donde había conocido a Daniela.
Mi mochila estaba llena, casi reventada, pero no de ropa: llevaba piedras que había recogido del parque, un soldadito que me había encontrado bajo el árbol, una hoja seca que parecía una mano abierta, y el cuaderno rojo que ella me había regalado. Ese cuaderno que me quemaba las manos cada vez que lo tocaba porque me recordaba que ya no estaría.
En casa todos andaban apurados, mi papá acomodaba cosas sin hablar, como si las palabras fueran estorbos; mi mamá organizaba lo que faltaba con los ojos hinchados de cansancio. Arianna dormía tranquila, ajena al ruido y al apuro, a la partida que nos estaba empujando sin explicaciones.
Yo, mientras tanto, solo tenía una idea fija taladrándome la cabeza: tenía que despedirme de Daniela.
Sabía que era temprano, demasiado temprano. Sabía que ella estaría durmiendo, con su cabello enredado sobre la almohada y su pijama rosa con estrellas. Sabía que su papá seguramente estaría roncando. Sabía que no era hora de tocar su puerta… pero aun así, mis pies me llevaron hacia su casa como si tuvieran voluntad propia.
Mientras caminaba, el barrio parecía un pueblo fantasma. Las ventanas estaban cerradas, algunas lámparas todavía encendidas parpadeaban como si también quisieran dormir. Las veredas frías se llenaban de sombras largas. Cada paso mío sonaba como si el eco estuviera despidiéndose del suelo.
Al doblar la esquina, vi su casa.
Era una casa pequeña, pintada de un amarillo que en el día parecía feliz, pero en la madrugada lucía triste, apagado. Me acerqué despacio, como quien se acerca a un recuerdo. Me detuve frente a la reja, la miré y ahí fue cuando lo entendí realmente:
Ya no la vería más.
Me quedé parado sin saber qué hacer. Tenía dos opciones: tocar la puerta y despertarla, o simplemente irme. Y aunque mi corazón me gritaba “¡tócala! ¡tócala!”, mi cuerpo no se movía. Había algo dentro de mí que me detenía: el miedo a molestarla, el miedo a que su papá saliera molesto, el miedo a que ella me mirara con sueño y no entendiera por qué estaba ahí o peor: el miedo a que ella me dijera adiós sin emoción, como si todo lo vivido fuera algo pequeño, algo sin importancia.
Entonces no toqué.
No quise que mi última imagen de ella fuera borrosa, confundida, medio dormida. Preferí quedarme ahí, quieto, mirando su ventana.
Y lloré.
Lloré como si me estuvieran arrancando algo del pecho. Lloré porque así lo sentí: como si me estuvieran quitando una parte que recién había empezado a crecer, las lágrimas caían despacio al principio, tibias, pero después ya no pude contenerlas y se volvieron torrentes que me quemaban los ojos.
Mientras lloraba, me acordé de todo.
De la primera vez que la vi, llegando con sus cuadernos y esa sonrisa de niña mayor. De cómo me explicó cosas que nadie me había enseñado. De cómo me decía “¡Tu puedes, Junior!” cuando intentaba hacer las tareas. De cómo se reía cuando yo decía alguna tontería. De cómo me abrazó antes de viajar. De cómo prometió que volvería pronto.
De cómo me dejó el cuaderno rojo.
Ese cuaderno que yo apretaba entre mis manos ahora.
Me temblaban los dedos cuando lo abrí, en la primera página había escrito con su letra bonita:
“Sigue aprendiendo. No te olvides de sonreír.”
Volví a llorar, no pude evitarlo.
En ese momento, el viento cambió, sopló largo, y frío. Me movió el cabello como si fuera una caricia o un empujón. Se metió entre las rejas de la casa de Daniela y por alguna razón tonta, aunque sé que no era ella, aunque sé que no tenía sentido, imaginé que ese viento venía de su cuarto. Que cruzaba su ventana, que salía a despedirme por ella.
Me senté en la vereda, abrazando mis rodillas, y solo dejé que el llanto hiciera su trabajo y mientras lloraba, pensaba:
“¿Volverá? ¿Me buscará?
¿Recordará lo que yo sí recordaré para siempre?”
La calle seguía vacía, pero mi cabeza estaba llena. Tan llena que dolía.
Me quedé ahí un rato más, hasta que escuché la voz lejana de mi mamá llamándome. Su voz sonaba como cuando te piden que apures, pero también como cuando te piden algo más: “ven, ya es hora”. Era una voz de despedida.
Me levanté. Miré la casa de Daniela una última vez. La memoricé, memoricé la ventana, la puerta, la maceta rota que siempre estaba al lado. El color, el olor del amanecer, el sonido suave que hacían las hojas moviéndose.
Guardé el cuaderno en mi mochila, inhalé hondo y, con lágrimas todavía colgando como gotas que no querían caer, murmuré:
—Adiós, Daniela…
Gracias por enseñarme a sonreír.
Después me di la vuelta.
Y me fui.
Caminé hacia el camión donde mi familia ya subía. Cada paso era como una despedida pequeña. Como cortar hilos invisibles. Como arrancarme de un lugar donde, por primera vez, había sentido que yo podía ser importante para alguien.
Cuando llegué, mi papá ya estaba sentado adelante, revisando su moto amarrada con sogas gruesas. Mi mamá acomodaba cosas en un costal. Arianna lloró un poquito por el movimiento. Yo me subí sin decir nada, con los ojos rojos y la nariz fría.
Desde el camión, antes de que arrancara, me atreví a hacerlo:
Miré por la ventanita improvisada que tenía atrás…
Y vi la calle por donde había venido.
Vi la esquina.
Vi el poste.
Pero ya no vi la casa de Daniela.
Habíamos doblado.
Y ahí entendí que todo realmente había terminado.
Sentí como si el mundo, o al menos mi pequeño mundo de niño, hubiera cerrado una puerta que yo quería dejar entreabierta. El camión avanzó, cruzó las calles del barrio, pasó por lugares donde yo había jugado tantas veces, por la tienda de la señora que siempre me regalaba caramelos, por el árbol donde alguna vez hice dibujitos con una piedra.
Cada cosa era una despedida más.
Cada cosa era un pedacito que dejaba atrás.
Hasta que finalmente…
Salimos del barrio.
Y ahí empezó el viaje.
Y ahí empezó la nueva historia.
Pero mi corazón…
Mi corazón se quedó un ratito ahí, frente a la casa amarilla con una niña que me cambió la vida.




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