El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 7

Mi paz encontrada

La segunda noche en Lucma llegó más rápido de lo que esperaba.
Durante el día habíamos conocido un poco el pueblo: la plaza pequeña, las casitas juntas alrededor, la quebrada que pasaba al lado de nuestra casa y los árboles que estaban cerca del camino. Era todo nuevo para mí y aún intentaba aprender cómo era ese lugar.

Esa noche, al igual que la primera, yo no pude dormir.
Pero el motivo no era el mismo.
Esta vez no era el viaje, ni el cansancio, ni la emoción de llegar.
Esta vez era lo que ocurriría mañana.
Mamá nos había dicho que al día siguiente conoceríamos a mi bisabuela, que venía desde su otra casa, más arriba en el cerro.
Yo no la conocía.
Nunca había escuchado a nadie hablar de ella.
Ni en Huaral, ni en ninguna historia familiar y sin embargo, ahora era como si su llegada fuera un hecho importante, una especie de prueba o inicio.
Algo que tenía peso.
Me acosté mirando el techo de madera, donde podía ver las vetas como mapas antiguos. El viento movía el techo de calamina de la pequeña casita del lado, y aunque no estaba tan cerca de mí, podía escucharlo como un golpe seco cada vez que soplaba fuerte.
Mi hermana dormía al lado de mamá, en el colchón pequeño cerca de la puerta.
Papá estaba más hacia la pared del fondo.
La habitación entera tenía un olor a casa vieja, a madera húmeda, a ropa guardada por años. No era desagradable, pero sí diferente.
Me acomodé en la cama, envuelto en mi manta gruesa.
Pero mi mente no dejaba de pensar.
Mañana conocería a mi bisabuela.
Esa frase volvía una y otra vez, como si fuera una campana tocando dentro de mi pecho.
Mamá la había mencionado con naturalidad.
Había dicho su nombre.
Había dicho que era buena.
Que estaba feliz de que hubiéramos venido a vivir.
Lo dijo sonriendo, pero yo... no confiaba todavía.
Porque dentro de mí había algo que no podía evitar: miedo.
Un miedo que no tenía que ver con la bisabuela como persona, sino con lo que podía significar.
Yo ya sabía lo que era tener una abuela que fingía ser buena solo frente a mi papá.
Yo ya sabía lo que era caminar con cuidado para no hacerla enojar.
Yo ya sabía lo que era recibir gritos, humillaciones, silencios pesados.
Me tapé la cara con las manos.
No quería otra persona así en mi vida.
No quería que mamá volviera a ser tratada como antes.
No quería que ese nuevo lugar, que parecía tan tranquilo, se manchara con el mismo miedo que habíamos dejado atrás.
"Que no sea como mi abuela paterna... que no sea así..." Me repetí una y otra vez.
Era una especie de plegaria.
De súplica.
De protección.
Me giré hacia la ventana.
Desde la cama podía verla a medias.
Era un rectángulo pequeño, con un vidrio que parecía siempre empañado por el frío.

Por fuera, la noche estaba tan quieta que parecía no moverse.
Ni un perro ladraba.
Ni una voz.
Nada.
Ese silencio, aunque intenso, tenía algo diferente a la primera noche.
Ya no me asustaba.
Ahora lo conocía.
Ahora lo había sentido.
Era un silencio que no venía de la soledad, sino del lugar.
Una calma profunda, como si los cerros mismos respiraran despacio, como si todo estuviera dormido pero vivo.
Me acerqué un poco más.
El piso crujió.
No quería despertar a nadie, así que caminé despacio, cuando llegué a la ventana, apoyé la frente en el vidrio frío.
El cielo estaba lleno de estrellas, nunca había visto tantas.
En Huaral, las luces las escondían.
Pero aquí, arriba, parecía que el cielo se hubiera abierto completamente para mostrarse.
Miré el cerro frente a nosotros. De día era grande y verde; de noche era una sombra inmensa, como un guardián que observaba todo.
La neblina bajaba despacio, casi como si quisiera entrar a la casa y ahí, aunque yo seguía pensando en mi bisabuela, el recuerdo de Daniela volvió a golpearme.
Pensé en cómo habría sido despertar ese día, ir a buscarme, tocar el portón ... y no encontrarme.
Pensé si estaría triste.
Si estaría enojada.
Si pensaría que yo me fui sin despedirme porque quería, cuando no era así.
Pensé si me recordaría.
Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez.
Esa herida estaba muy viva.
Muy reciente.
Me apreté la manta contra el pecho y respiré hondo.
Mañana conocería a alguien nuevo.
Pero hoy... hoy dolía haber dejado a alguien atrás.
El ruido del piso de madera me hizo girar.
Papá se movió un poco en su colchón.
Mamá también.
Yo sabía que si me veían despierto me iban a decir que me durmiera, que mañana había mucho que hacer y que tenía que estar con energía. Así que regresé a mi cama y me acosté boca arriba.

Las primeras luces del amanecer empezaban a asomarse tímidamente por el borde del cerro.
Aún era de madrugada, pero el cielo había dejado de ser totalmente negro.
Me quedé despierto así, mirando ese cambio lento de color y mientras la luz crecía, aunque mi corazón estuviera lleno de dudas, la mañana parecía darme un pequeño mensaje:
"Pase lo que pase hoy... vas a estar bien."
Y por primera vez desde que habíamos llegado, yo quise creerlo.
Yo no había dormido. Mis ojos ardían, pero mi cuerpo seguía despierto, inquieto, como si algo dentro de mí supiera que ese día sería importante.
Había un frío distinto, uno que no se parecía al frío de Huaral. Este era un frío limpio, seco, que quemaba un poco, pero que también despertaba.
Me acerqué a la ventana. Afuera, el cielo era de un color entre blanco y azul claro, como si alguien lo hubiera pintado con tiza. Las nubes estaban tan bajas que parecían rozar la punta de los cerros. El aire se movía despacio, cargado de olor a tierra húmeda y a leña recién encendida.
Las gallinas comenzaron a cantar primero.
Luego los gallos.
Luego un burro que estaba quién sabe dónde, pero que parecía reclamarle al mundo que ya era hora de levantarse.
Por un momento pensé que estaba soñando. No estaba acostumbrado a ese tipo de sonidos. Allá, donde vivíamos antes, los únicos amaneceres eran ruidos de motos, radios viejas y vecinos gritándose de casa a casa.
En cambio aquí...
Era como si la naturaleza fuera la que te despertaba.
Me acerqué a la puerta del cuarto, la abrí con cuidado, y escuché la casa respirar.
Sí, la casa respiraba.
Crujía, se movía, como si cada tabla de madera tuviera vida propia.
Mamá ya estaba despierta.
La escuché hablando bajito, creo que con mi hermanita.
Papá también caminaba por el segundo piso, con pasos lentos. Él siempre se levantaba temprano cuando estaba en un lugar nuevo. No sé si por costumbre o por desconfianza.
En mi cabeza todavía rondaba la idea de la bisabuela.
Ese día la conoceríamos y aunque quería verme valiente, el miedo seguía en mi pecho.
Al salir vi que el pasillo era angosto y tenía una ventana al final que dejaba entrar una luz pálida.
Mamá estaba preparando algo en la cocina pequeña que teníamos afuera. Ese era otro cambio que todavía no entendía: aquí la cocina no estaba adentro de la casa, sino en un cuartito aparte, hecho de adobe y calamina.
-Buenos días -dijo mamá al verme-. ¿No has dormido nada?
Negué con la cabeza.
-¿Te duele algo?
-No... solo pensé mucho.
Mamá me acarició la cabeza. Tenía el cabello suelto y un poco alborotado por la noche. Cuando ella estaba cansada, sus ojos se ponían tristes, pero ese día no se veían tristes: se veían preocupados.
-Hoy conoceremos a tu bisabuela -me dijo, mientras removía algo en una olla-. Ella ya sabe que estamos aquí. Está contenta. Dice que hace tiempo quería vernos.
Yo solo asentí, aunque la palabra contenta no me tranquilizó. No quería que pasara lo mismo que con mi abuela paterna: que pareciera amable al inicio y luego... no lo fuera.
-¿Es buena? -pregunté bajito.
Mamá se quedó en silencio unos segundos.
El tipo de silencio que ella hacía cuando quería decir la verdad sin que doliera.
-Sí, hijo. Es buena.
Pero su voz tenía un borde inseguro.
Como si no estuviera completamente segura de su respuesta.
Como si no supiera realmente qué esperar tampoco.
La olla comenzó a hervir.
El olor a hierbas llenó el aire.
La cocina de adobe tenía un humo que salía por una abertura en el techo, pero igual se quedaba un poco en el ambiente, como si quisiera acompañarnos.
-Papá va a ir a ver si ya llegó la leche -dijo mamá-. Tú quédate cerca. No quiero que vayas lejos todavía. No conoces bien el pueblo.
Asentí otra vez.
Pero dentro de mí, la curiosidad comenzaba a crecer.
Quería explorar.
Quería saber qué había alrededor.
Quería ver el mundo que me rodeaba, ese mundo nuevo que parecía querer contarme historias desde el primer día.
Mientras mamá servía algo caliente en una taza, escuché que alguien golpeaba la tranquera afuera.
Era un golpe suave, como si no quisieran despertar a nadie.
-A ver, anda, hijo -dijo mamá-. Debe ser algún vecino.
Cuando abrí, vi a un chico de unos doce años, delgado, con una gorra gastada y la sonrisa más relajada que había visto desde que llegamos.
-¿Tú eres Junior? -preguntó.
Asentí, mirándolo con curiosidad y un poco de desconfianza.
-Soy Ronal. Tu primo -dijo, con una voz tranquila, pero firme.
Algo en su cara sí me parecía familiar, aunque no sabía por qué. Tal vez mamá lo había mencionado alguna vez. Ronal se acercó un poco más, pero antes de intentar decir algo más, miró hacia dentro de la casa y dijo con respeto:
-Hola, tía... soy Ronal. Me mandó la abuela a saludar y a acompañar a Junior un rato.
Mi mamá lo miró y sonrió, sorprendida pero contenta de verlo.
-¡Ah, Ronal! -dijo ella-. Qué gusto verte. Ven, hijo, entra un momento y abrió un poco más la puerta para que él pasara.
Ronal entró con cuidado, saludando de nuevo:
-Hola tía, soy Ronal -repitió-. Me alegra verte.
Mi mamá lo abrazó fuerte, con la emoción contenida de quien no veía a su sobrino hace tiempo. Él la abrazó también, como si quisiera asegurarse de que todo estaba bien entre ellos.
-¿Está bien si vamos a la plaza un rato? -preguntó Ronal, después de separarse del abrazo,la abuela me dijo que ahí estará su papá y el resto, y quería que Junior no estuviera solo.
Mi mamá me miró, sonriendo, y luego me preguntó:
-¿Quieres ir con Ronal un momento?
Yo dudé un instante, pero al ver la mirada confiada de mi primo y recordar que no me dejaría solo, asentí.
-Está bien, ve -dijo mi mamá, acariciándome la cabeza-. Cuídense y no se alejen mucho.
Ronal me tomó del brazo con suavidad y me dijo:
-Vamos, no te preocupes, estoy contigo.
Y así, juntos, comenzamos a caminar hacia la plaza, mientras yo todavía sentía ese cosquilleo raro en el pecho: miedo, curiosidad y emoción mezclados.




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