Abril: Aprender a ser querido duele
Nunca supe en qué momento mi abuela empezó a quererme, o quizá siempre lo hizo y yo no sabía notarlo. Tal vez era yo quien había llegado roto, cosechando silencios y heridas que no me dejaban ver las manos que querían acercarse.
Lo cierto es que, en esos días, ella comenzó a demostrarme su cariño de formas simples: un dulce envuelto en papel rosado, una fruta recién cortada, un gesto pequeño que para mí, acostumbrado a la austeridad emocional, era como un misterio.
—Toma, hijito —me decía, poniendo sobre mi mano un durazno o una caña dulce—. Come, para que crezcas fuerte.
Pero yo… yo siempre lo guardaba para mi hermana.
No sé si ella notó eso desde el principio. Creo que sí, porque cada vez que me veía esconder el dulce en el bolsillo, me observaba con una mezcla de ternura y tristeza que yo, en ese tiempo, no estaba preparado para comprender.
Su mirada no juzgaba. Me dejaba ser y eso, para un niño que había crecido con miedo a fallar, era extraño.
Demasiado extraño.
Ese primer gesto, esa primera fruta, ese primer dulce, fue como una pequeña grieta en el muro que yo llevaba en el pecho.
Comencé a darme cuenta de que mi abuela no solo me daba cosas: también buscaba acercarse a mí.
Me preguntaba cómo estaba, si había comido, si me habían tratado bien mis compañeros. Yo respondía con monosílabos, incapaz de sostener su ternura. Había aprendido a sobrevivir, no a recibir cariño.
Pero ella insistía.
No con fuerza, no con exigencia. Insistía con presencia.
Una tarde, mientras pelaba una mandarina, me dijo:
—¿Por qué no comes tú primero ?
Me quedé quieto.
—Es… para mi hermana —respondí bajito.
Ella sonrió, una sonrisa tan suave que casi me desarmó.
—Qué buen corazón tienes —murmuró.
Ese día, mientras me alejaba con la fruta guardada, pensé en su voz. En su forma de hablar. En su idioma.
Porque mi abuela hablaba quechua y cuando lo hacía, sonaba como si cantara. Sonaba a raíces, a cosas antiguas, a historias que yo no entendía pero quería conocer.
Fue ahí cuando nació la idea: aprender su idioma.
En el colegio, la profesora Margarita era la única adulta que me daba confianza. Su voz era dulce y su mirada, paciente. Ella siempre me preguntaba cómo iba con las tareas y, aunque yo no hablaba mucho, sentía que a ella sí le importaba.
Ese día levanté la mano, temblando un poco.
—Profesora… quiero aprender quechua.
Ella se quedó mirándome, sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Y por qué quieres aprender, hijito?
Mi garganta se apretó.
—Para entender a mi abuelita —dije, sintiendo que esa frase era más grande que yo.
La profesora se llevó una mano al pecho y sonrió de una manera que nunca nadie me había sonreído en la escuela.
—Qué lindo lo que dices, hijito. En los recreos te voy a enseñar, ¿sí?
—¿De verdad?
—Claro que sí. Vamos a aprender juntos.
Cumplió su palabra.
En cada recreo se sentaba conmigo bajo un pequeño árbol del patio. Mientras los demás corrían o jugaban, yo sostenía un cuaderno viejo donde ella escribía palabras básicas.
—Allinlla —decía—. Significa “bien”.
—Allinlla —repetía.
—Muy bien. Ahora, “mikhuy” es “comer”.
—Mikhuy —decía yo, esforzándome en cada sonido.
Me prestó un libro desgastado. Las páginas olían a humedad y estaban llenas de anotaciones con tinta azul, como si antes hubieran pasado por muchas manos.
—Léelo en tu casa y tráelo mañana.
Yo asentí, sintiendo que tenía entre mis manos algo valioso.
Cuando la profesora no podía, Ronal, que era mayor que yo, me enseñaba.
—Habla así —decía, pronunciando lentamente.
—¿Así?
—No, más suave. El quechua es suave, como hablar bajito.
Me hacía repetir las palabras una y otra vez, hasta que finalmente me salían.
A veces se reía, no de burla, sino como quien observa a un niño dar sus primeros pasos.
Yo, sin admitirlo, también me alegraba.
A medida que aprendía, mi abuela se acercaba más y más.
Cuando me pedía traer leña, ir a la tienda o recoger agua, yo lo hacía rápido. No por obligación, sino porque quería verla contenta. Quería demostrarle algo que no sabía poner en palabras: que empezaba a quererla también. Que me gustaba sentir que ella confiaba en mí.
Ella, sin saberlo, estaba empezando a reparar algo dentro de mí.
A veces me quedaba mirándola cuando lavaba ropa en una batea.
El ritmo de sus manos era lento, seguro, lleno de costumbre. La ropa golpeaba el agua y el sonido se mezclaba con el canto de los pájaros y el viento entre los árboles.
Yo me quedaba parado ahí, mirándola trabajar, y por primera vez en mucho tiempo sentía paz.
Pero la paz nunca es eterna.
Siempre llega un día que rompe algo.
Para mí, ese día fue el 25 de abril.
Esa mañana mi papá dijo que viajarían a pomabamba.
—Volveremos en la tarde —aseguró.
Yo asentí. Tenía colegio y no quería faltar. Además, sabía que en el recreo la profesora Margarita me enseñaría palabras nuevas.
Pero algo en la voz de mi papá tenía un tono raro.
Un peso.
Un silencio escondido entre palabras.
Aun así, me fui al colegio.
El día fue bueno.
Jugué con mis amigos.
Roger, como siempre, me buscó.
—¡Vamos a correr! —dijo jalándome del brazo.
—Siempre haces trampa —respondí riéndome.
—No hago trampa. Solo soy rápido.
—Mentiroso.
—Ya pues, corre.
Corrimos hasta que nos faltó el aire. Ese fue uno de los últimos momentos en los que me reí sin motivo.
Al llegar a casa por la tarde, no había nadie.
Nada en la mesa.
Nada en la cocina.
Nada.
Un silencio extraño me llenó el pecho.
Me quedé parado un buen rato sin saber qué hacer.
Luego me fui al borde de la carretera, donde el camino se extendía como un hilo entre los cerros. Desde allí podía ver a lo lejos, por donde supuestamente mis padres volverían con la moto.
Me senté y esperé.
Se hicieron las cinco.
Las seis.
Las siete.
Cada luz que se acercaba por la carretera hacía latir mi corazón.
Ahí vienen, pensaba.
Pero siempre era otro vehículo.
Nunca ellos.
El frío comenzó a meterse en mis huesos, el estómago me dolía de hambre. Pero más me dolía la idea de que me hubieran mentido.
A veces me paraba, caminaba un poco para espantar el frío, y volvía a sentarme.
Miraba las estrellas, que empezaban a aparecer una por una.
El viento hacía ruido entre las chacras.
Los grillos comenzaban a cantar y yo seguía esperando.
Cerca de la carretera vivían dos ancianos, una pareja tímida pero amable. De vez en cuando me saludaban cuando pasaba.
Esa noche, su hija me vio, sentado, con los brazos cruzados y temblando.
—Hijito, ¿por qué estás aquí solito? —preguntó.
—Estoy esperando —dije sin levantar la mirada.
—Hace frío. Ven, vamos a cenar.
—No. Si me voy, no me verán cuando vuelvan.
Ella suspiró.
—No creo que vuelvan ahorita. Solo come un poquito. Después vuelves a esperar.
Finalmente acepté.
Me dieron sopa.
Calentita.
Suave.
El tipo de comida que te hace sentir humano.
Cuando terminé, volví corriendo a mi puesto.
Me senté otra vez.
Miré el camino.
Nada.
A las nueve, escuché pasos detrás de mí.
Era mi abuela y Ronal.
—Hijito… —dijo ella, acercándose— ¿por qué te quedaste aquí tanto rato?
—Estoy esperando —respondí.
—Ya no van a venir. Ven, vamos a casa —insistió Ronal.
Pero yo sabía que si me iba, me iba a doler más. Sentía que si abandonaba ese lugar, estaría aceptando que no iban a regresar.
Aun así, mi abuela me tomó del hombro.
—Vamos. Ya es tarde.
Me llevó a su casa.
Me acosté.
Pero no pude dormir, me escapé.
Volví a la carretera.
Me senté en el mismo sitio,a esperar.
No sé cuánto pasó.
Pero de pronto escuché pasos conocidos.
La voz de mi abuela.
—Ay, hijito… —dijo, con un cansancio que me quebró—. Vamos juntos. Ya no van a llegar hoy, mañana seguro vienen.
Se sentó a mi lado.
No me dijo que dejara de llorar.
No me dijo que me calmara.
Simplemente me acompañó.
Me llevó a su otra casa. Entre sombras, encendió una vela. Sacó una fruta que yo nunca había visto.
—Se llama yacón —me dijo.
La peló lentamente, como si ese acto fuera una ceremonia.
—Toma. Es dulce.
Lo probé.
Era suave, crujiente, fresco.
Era como si algo en mí, tan acostumbrado al hambre, se despertara.
Luego sacó una canasta llena de dulces.
—Come, hijito. Come nomás.
Yo agarraba uno, luego otro.
Ella se reía.
—Parece que no hubieras comido nunca.
Mientras comíamos, me contó historias antiguas.
Relató cómo antes viajaban con burros por caminos sin luz.
Cómo las noches eran más oscuras que ahora.
Cómo aparecían los pishtacos, seres que buscaban grasa humana para vender.
Yo me tapé con la manta, temblando.
—No tengas miedo —dijo suavemente—. Estoy aquí.
Y esa frase, tan simple, me envolvió de una manera que no esperaba.
Me quedé dormido escuchando su voz.