Cuarenta y Ocho Semanas con la Abuela
Los cuentos que enseñan a ser hombre sin dejar de ser niño.
El día siguiente amaneció gris, como si el cielo hubiera decidido quedarse sobre nosotros y no dejarnos respirar. Yo no quería abrir los ojos. Todo mi cuerpo estaba cansado, dividido entre el deseo de esconderme bajo la manta y la sensación de que el mundo se me venía encima. Cada palabra de mi papá del día anterior retumbaba dentro de mí, golpeando mi pecho.
Pero sentí algo cálido. Un calor que se filtraba entre la tristeza, un respiro de alivio. Mi abuela estaba ahí.
Cuando abrí los ojos, la vi sentada debajo de la cama, mirándome con esa mirada que todo lo entiende. Sus ojos eran suaves, cansados, y llenos de cuidado. No dijo nada. Solo me observaba mientras yo respiraba con dificultad, como si el aire fuera demasiado pesado para mí.
—Buenos días, abuelita —susurré, todavía a medio despertar.
Ella sonrió, y esa sonrisa me llegó al pecho como una caricia que no sabía que necesitaba.
—¡Vamos, hijito! Levántate, vamos a desayunar —dijo con voz firme y cálida.
Me tomó de la mano y caminamos hacia la cocina. Ronal nos seguía en silencio, como un guardián invisible, respetando el peso que arrastraba mi corazón.
En la mesa nos esperaba un desayuno sencillo pero perfecto: mazamorra humeante, pan recién horneado y queso fresco. El olor del pan tostado y del café mezclado con el aroma de la madera vieja me hizo sentir algo parecido a la calma, aunque todavía temblaba por dentro.
Todo parecía sencillo, pero para mí era perfecto. Cada detalle de aquel lugar, cada gesto de mi abuela, me daba seguridad.
—Hoy iremos a tu otra casa —me dijo mientras acomodaba los platos—. No te preocupes, hijito, no vas a estar solo.
Caminamos juntos por la carretera. Las hojas secas crujían bajo nuestros pies y el viento frío me rozaba la cara, pero la mano de mi abuela sostenida a la mía era un ancla que me mantenía firme, aunque el mundo pareciera querer derrumbarse. Ronal caminaba detrás, callado, pero atento, como si entendiera que en mi pecho había un temblor que nadie más podía ver
Al llegar, vi a papá, mamá y Ariana en la cocina. Abuela saludó como siempre, con su voz serena que parecía no temerle al mundo. Yo también saludé, aunque con menos confianza. Mamá respondió con una sonrisa breve y cansada. Papá… papá no dijo nada. Ni siquiera me miró.
Subimos al segundo nivel, a la entrada desde donde se veía toda la cocina y el comedor. Papá había comenzado otra vez. Gritaba a mamá, despreciaba la comida que ella servía, como si nada de lo que hiciera tuviera valor. Yo sentí que mis piernas temblaban, que mi corazón se encogía, y mi cuerpo entero quería salir corriendo.
—No vale la pena que te lastimes con lo que él hace —susurró—. No es tu culpa, hijito.
Yo asentí, pero no podía hablar. Ni siquiera podía respirar sin que me doliera.
Después del almuerzo, abuela decidió que ya era hora de irse. Yo no quería quedarme; sentía que cada minuto allí me aplastaba un poco más.
—Abuela… quiero irme contigo —dije bajito.
Ella me miró con cuidado, luego habló con mamá. Mamá asintió, entendiendo sin preguntas, como si supiera exactamente lo que pasaba por dentro de mí.
Caminamos por la carretera de regreso. Ronald nos seguía detrás, haciendo crujir las piedras con sus pies. El cielo seguía gris y los últimos rayos del sol dibujaban sombras largas sobre la tierra. Cuando llegamos a la loza, Ronald pidió quedarse a jugar con sus amigos y abuela aceptó. Antes de irse, me revolvió el cabello con cariño, como diciendo: “Aquí estoy”.
Subimos a su casa. El patio grande nos recibió con su silencio conocido, lleno de recuerdos de otros días tranquilos. Nos sentamos en la entrada. Ella sacó su tejido y comenzó a mover las agujas con precisión, creando un ritmo lento que me dio cierta paz. Yo me senté a su lado, con las manos en el regazo, sintiendo que todo lo que me había pasado seguía ahí, pero un poco más ligero.
—Abuela… —susurré, sin atreverme a mirarla—. Él… él es mi papá, ¿verdad?
Ella dejó de tejer y me miró a los ojos. Esperó, como si supiera que todavía tenía mucho que decir.
—No sé por qué —seguí, la voz quebrada—, pero siempre quiero que me ame. Quiero que me mire como mira a mi hermana. Yo también quiero sentirme querido. Pero no puedo… no puedo conseguirlo.
El silencio se hizo pesado, pero seguro, y yo respiré profundo, soltando palabras que hasta entonces habían estado atrapadas dentro de mí:
—Abuela… cuando sea grande… no quiero ser como él.
No quiero gritarle a una mujer como le grita a mamá.
No quiero mirar a un hijo como él me mira a mí.
No quiero que alguien que me quiera me tenga miedo.
No quiero… no quiero ser como él.
Abuela dejó su tejido a un lado y me invitó a sentarme entre sus piernas. Me abrazó con fuerza, pegando su barbilla a mi cabeza. Su voz era suave, pero firme, cargada de certeza:
—Yo te entiendo, hijito. Tienes un corazón hermoso. Has sufrido mucho, y aun así tu corazón no se ha endurecido. Tú no vas a ser como él.
La vida es dura, sí. No puedo prometerte que siempre vas a sonreír. Vas a llorar, vas a sufrir, vas a caer… pero siempre te levantarás.
Porque tú decides quién eres.
Solo tú.
No él.
Sentí un alivio profundo, como si alguien hubiera quitado el peso de mis hombros. La abracé con fuerza, dejando que sus manos acariciaran mi cabeza.
—Yo solo… quiero que alguien me quiera de verdad —susurré.
—Lo tendrás —respondió ella—. Pero antes, tienes que quererte tú.
Me abrazó fuerte, como si quisiera unir todas mis partes rotas. Y por un momento, creí que el mundo no era tan frío. Creí que todavía podía aprender a vivir.