El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 10

Semana 11
Aquella mañana, el aire olía a tierra húmeda y fresca. Papá llegó con un costal negro enorme y una mochila en la espalda. Mientras dejaba los bultos en la entrada, subía de nuevo por la carretera con otro costal. Yo estaba emocionado de verlo, de sentir que, por un momento, su presencia llenaba la casa. Ariana y mamá se movían alrededor de los paquetes con alegría; yo, en cambio, esperaba con un hilo de ansiedad.
Cuando abrieron los costales, descubrimos que traía muchas cosas para mi hermana: dulces, ropa, juguetes. Mi corazón latía fuerte, esperando algo para mí. Finalmente, vi un pantalón demasiado grande, un zapato demasiado pequeño, y un polo que parecía un vestido en mis manos. No importaba que no me quedara perfecto, no importaba que no fuera lo que había imaginado. Lo más importante era que papá, por fin, había pensado en mí. Y eso me hizo sonreír.
Al llegar la tarde, como cada fin de semana, caminé a la casa de mi abuela. Allí la encontré esperándome, sentada en el mismo lugar de siempre, bajo la sombra de su árbol favorito. Su cabello brillaba con la luz del atardecer, y sus manos se movían lentamente sobre el tejido que estaba haciendo. Me senté a su lado y, como siempre, comencé a sentir que ese era mi lugar seguro.
—Hola, hijito —dijo suavemente—. Hoy te voy a contar la historia de un río.
Yo la miré, curioso, y acomodé mi cabeza en sus piernas. El viento movía las hojas, y por un momento, todo parecía tranquilo, como si el mundo esperara a que comenzara el cuento.

El río que no discutía”

—Había una vez —empezó la abuela— un río que atravesaba un valle. Este río nunca se enojaba, nunca levantaba su voz, ni golpeaba las piedras con furia. Caminaba suavemente, sorteando obstáculos, abrazando las rocas, acariciando las orillas. A veces, los árboles caían sobre él; a veces, el viento trataba de desviar su curso. Pero el río siempre encontraba un camino, sin pelear, sin discutir, solo siguiendo su cauce.
Yo me imaginé el río: brillante, transparente, rodeado de piedras y flores, moviéndose despacio entre montañas, sin prisas ni conflictos.
—Un día —continuó la abuela—, llegaron dos aldeanos que querían controlar el río. Uno decía: “Debemos cambiar su curso para que solo sirva a mi campo”. El otro replicaba: “No, debe seguir por aquí para regar mi huerta”. Comenzaron a discutir, a empujarse, a gritar. Pero el río no respondió con fuerza, no los golpeó, no se quejó. Solo siguió fluyendo, buscando un camino que pudiera satisfacer a todos sin perder su esencia.
—¿Y funcionó? —pregunté, imaginando el río moviéndose entre los hombres.
—No siempre —dijo la abuela—. Algunos se cansaron de empujar y discutir; otros aprendieron a observar, a escuchar, y a seguir la corriente sin pelear. El río enseñó, sin palabras, que la paz y la paciencia son más poderosas que la fuerza o la imposición.
Yo cerré los ojos, pensando en papá y mamá, en los momentos de tensión en casa. Recordé cómo él podía enojarse, levantar la voz, y cómo mamá a veces le respondía con calma, tratando de no pelear. Pensé en la sensación que tenía cuando papá traía cosas, cómo la emoción se mezclaba con miedo, con tristeza, con esperanza.
—Hijito —dijo mi abuela, acariciando mi cabeza—, aprender a no discutir, a buscar la paz, es una de las lecciones más difíciles. No siempre podemos controlar lo que los demás hacen, pero sí cómo respondemos nosotros. A veces callar, escuchar y buscar un camino tranquilo, como el río, vale más que tener la razón.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba, como si cada palabra de mi abuela abriera espacio para entender. Aprendí que no se trata de ganar; se trata de no herir, de encontrar caminos suaves, de cuidar lo que queremos sin pelear por imponer.
Después del cuento, me levanté y fui al borde del río cercano a su casa. Observé cómo el agua corría, como si no le importara nada más que seguir su camino. Cada piedra que tocaba lo hacía más fuerte, no menos. Recordé las palabras de mi abuela y respiré hondo: si un río podía ser paciente y fluir, yo también podía aprender a hacerlo con mi corazón, con los demás, con mamá, con papá y con Ariana.
Esa noche, antes de dormir, sentí que mi corazón había aprendido algo nuevo: que la fuerza no siempre está en la lucha, sino en la calma, en la paciencia, en la forma en que elegimos responder al mundo. Y mientras la brisa movía suavemente las cortinas, pensé en el río y en su lección: la paz, hijito, es más sabia que cualquier discusión.

Semana 12
Aquel fin de semana no fuimos a la casa de mi abuela como siempre. Esta vez, ella me llamó temprano con una sonrisa que parecía guardar un plan secreto.
—Hoy no te contaré el cuento sentados en la casa —me dijo—. Hoy vamos a caminar un rato. El aire de la puna te va a hacer bien.
Yo asentí sin entender del todo. El sol apenas aparecía detrás de los cerros, tiñendo el cielo de un naranja suave. Mamá estaba terminando de preparar el desayuno cuando ella apareció en la puerta con su manta y su sombrero.
—Vamos a pastar las ovejas —anunció—. Hace tiempo que no subo y quiero que me acompañes.
Yo sentí un pequeño orgullo inflándose dentro de mí. No siempre me pedía acompañarla para algo importante. Caminamos por los senderos que subían hasta la parte alta de la puna. El aire se volvía más frío a medida que avanzábamos, pero también más limpio, más silencioso, como si el mundo allá arriba se olvidara del ruido.
Las ovejas avanzaban delante de nosotros, dispersándose un poco, pero nunca demasiado lejos. Mi abuela caminaba despacio, con pasos firmes, apoyándose en su palo, mientras yo trotaba a su costado, a veces adelantándome, a veces quedándome atrás para ver las lagartijas que se escondían entre las piedras.
—Hijito, no te alejes tanto —me decía—. Vamos juntos.
Pero yo, emocionado, a veces corría un poco más lejos. Era un niño, y la puna era tan grande, tan abierta, que era imposible no sentir que quería explorarla entera.
Cuando llegamos a una loma desde donde se veía todo el valle, mi abuela se sentó en una roca grande. El viento movía su manta como si quisiera llevársela. Las ovejas pastaban tranquilas más abajo.
Yo me senté a su lado, respirando hondo ese aire frío que parecía limpiar todo por dentro.
—Ya estás cansado, ¿no? —me preguntó.
—Un poco —dije—, pero tú también estás cansada.
Ella sonrió, y ahí, en medio de ese silencio inmenso, comenzó el cuento de la semana.




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