El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 11

Semana 21
Aquella noche de la semana 21, el cielo parecía una inmensa manta azul oscura, perforada por miles de puntos blancos que titilaban como si alguien los soplara desde el otro lado. La abuela me llamó después de cenar, justo cuando yo guardaba la leña junto al fogón.
—Hijito, ven —me dijo—. Hoy tengo un cuento que sólo puede contarse mirando arriba.
Caminamos hasta la ladera detrás de la casa, donde siempre se veía mejor el firmamento. El aire golpeaba frío, pero la abuela llevaba su manta gruesa y me dejó meter la mitad sobre mis hombros. Nos sentamos en una piedra plana, su lugar favorito, y yo ya sabía que en cualquier momento empezaría ese cuento que esperaba toda la semana.
Ella respiró hondo, levantó la mirada al cielo como quien reconoce algo sagrado, y comenzó.

El hombre que hablaba con las estrellas

—Dicen, hijito —empezó la abuela— que hace mucho tiempo vivía un hombre que tenía un don especial: podía hablar con las estrellas. No con palabras, sino con el corazón. Cada noche se acostaba en el campo, sobre la tierra fría, y escuchaba lo que ellas tenían para decirle.
Las estrellas le hablaban de viajes, de mares, de montañas, de caminos que ningún hombre había recorrido. Y él, fascinado, pasaba horas comparándolas entre sí.
—Esta brilla más —decía—.
—Esta tiene un color más bonito.
—Esta parece más viva.
El hombre creía que así aprendía a conocerlas, que comparar una con otra lo hacía sabio. Hasta que un día, mientras las observaba, una estrella —pequeña, casi escondida— decidió hablarle de verdad.
—Hombre —le dijo—, ¿por qué haces eso?
—¿Qué? —respondió él sorprendido.
—Compararnos. Decir que una vale más que otra. ¿No te das cuenta de que cada una brilla como puede?
El hombre se quedó callado, por primera vez sin saber qué decir.
—Cuando nos comparas —continuó la estrella— no nos estás mirando de verdad. Sólo estás buscando que una sea mejor para sentir que entiendes algo. Pero no entiendes nada.
El hombre quiso defenderse.
—Es que… algunas parecen más hermosas.
—No —respondió la estrella—. Algunas sólo te quedan más cerca. O te alumbran justo cuando tú necesitas luz. Pero eso no las hace mejores. Sólo diferentes. Y cada diferencia es un brillo propio.
El hombre sintió el corazón apretarse. Miró el cielo otra vez, pero esta vez sin elegir, sin medir, sin comparar. Y de pronto entendió algo que nunca había visto:
Cada estrella brillaba con su historia.
Cada una tenía un camino.
Y no podían compararse sin arrancarles su esencia.
Aquella noche, el hombre dejó de buscar la “mejor”. Aprendió a mirar una por una, con respeto y silencio.
Y desde entonces —dijo la abuela con voz más suave— nunca más volvió a perder el brillo de ninguna.
Me miró, acariciándome el cabello como cuando quería que prestara verdadera atención.
—Hijito —dijo—, con las mujeres pasa lo mismo. No compares a una con otra. Ni con lo que fuiste, ni con lo que tuviste, ni con lo que crees que debería ser. Cada mujer tiene su propio brillo. Y si no sabes mirarla por lo que es… la perderás.
Yo asentí en silencio, mientras el viento frío nos rodeaba y miles de estrellas parecían escucharnos desde arriba.
La lección quedó guardada en mi pecho, brillando como la luz de aquella pequeña estrella que, sin competir con nadie, había dicho la verdad más grande.

Semana 22
Era una tarde fría de la semana 22, el viento soplaba desde la puna y traía consigo un aroma a tierra mojada y pasto fresco. Salimos con la abuela a llevar las ovejas al pasto alto; Ronal venía detrás, cargando un pequeño fardo con la comida. Yo caminaba al lado de mi abuela, sintiendo cómo su presencia calmaba cualquier miedo que pudiera tener.
—Hoy, hijito —me dijo ella mientras me tomaba de la mano—, te contaré algo mientras caminamos. Es sobre un abrigo que no se veía, pero que siempre estaba allí.
Me senté junto a ella bajo un árbol enorme, donde se veía todo el valle y las nubes que ya bajaban pesadas. La abuela suspiró, como quien recuerda una historia antigua, y comenzó a hablar.

El abrigo que no se veía

—Hace mucho tiempo —empezó—, vivía un niño en un pueblo frío. No tenía mucho, pero tenía algo que no veía: un abrigo invisible.
El niño pasaba sus días corriendo, jugando y, a veces, tropezando con la vida. Lloviera o hiciera frío, siempre sentía que algo lo protegía, aunque no podía señalarlo. No sabía que era el cariño de quienes lo cuidaban: su madre, su abuela, sus amigos.
Un día, mientras caminaba por un camino lleno de piedras y barro, comenzó a quejarse del frío. El viento le mordía la cara y sus manos estaban heladas. Se sentó en una roca y empezó a llorar, porque pensaba que estaba solo.
De repente, alguien se sentó a su lado. Era su abuela, que había venido en silencio, sin que él la notara. Sacó de su bolso un abrigo grueso y se lo puso sobre los hombros. El niño lo miró sorprendido.
—Pero… abuela, —dijo—, yo no te vi venir.
—Hijito —respondió ella con voz cálida—, muchas veces no se ve todo lo que nos cuida. Este abrigo está siempre contigo, aunque no lo veas. Solo debes aprender a sentirlo.
El niño entendió que ese abrigo invisible era el amor silencioso que no siempre se mostraba con palabras, pero que siempre estaba presente. Cada gesto, cada comida caliente, cada abrazo en la madrugada, eran hilos de ese abrigo. Nunca desaparecía; solo esperaba ser reconocido.
Desde entonces, cada vez que sentía frío o miedo, el niño recordaba el abrigo invisible. Y, aunque nadie lo viera, se sentía protegido.
—Hijito —terminó la abuela, mirándome con ternura—, muchas veces la vida nos da abrigo y no lo vemos. El cariño de alguien que nos cuida puede ser invisible, pero no deja de ser real.
Me abrazó, y mientras el viento frío nos rodeaba, añadió:
—Aprende a ver quién te protege, quién te escucha y quién te acompaña. No ignores el cariño que te dan, incluso si no lo ves. Eso, hijito, es amor verdadero.
Yo asentí, sintiendo en el pecho el calor que ya no provenía del abrigo ni de la manta, sino de la presencia de mi abuela y sus palabras. Desde ese día, supe que hay abrazos que no se ven, pero que siempre nos sostienen.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.