El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 12

Semana 35
La noche de la semana 35 era tan cerrada que parecía que el mundo había apagado todos sus colores. Ni la luna quiso acompañarnos. La lluvia golpeaba los cristales con fuerza, como si alguien tocara un tambor afuera de la casa, marcando un ritmo inquietante. Yo corrí bajo el aguacero y llegué a la puerta de mi abuela empapado, con el corazón latiendo rápido por el viento helado que me perseguía.
Apenas crucé la entrada, la luz se fue. Todo quedó sumido en una oscuridad densa, húmeda, llena del olor a tierra mojada que entraba por las rendijas. Por un instante, sentí que un escalofrío me subía por la espalda, como si la sombra misma me hubiera tocado.
—Tranquilo, hijito —dijo la abuela con esa calma que siempre rompía cualquier miedo—. Justo hoy… te voy a contar un cuento que no se ve a simple vista.
Su voz era la única luz en la habitación. Luego encendió una pequeña vela apoyada en un plato de barro, y la llama, temblorosa al principio, fue revelando poco a poco su rostro y las paredes de la cocina. Las sombras danzaban detrás de ella, alargándose y encogiéndose al ritmo de la lluvia.
Me senté a su lado; la abuela acercó la vela un poco más y empezó la historia.

La vela que él encendió primero

—Había una vez —comenzó— una mujer que era la luz del hogar. Y no solo porque encendía las velas o abría las ventanas cada mañana… sino porque su presencia iluminaba todo. Ella cocinaba para todos, limpiaba, escuchaba las penas, sostenía lágrimas ajenas, calmaba enojos, ordenaba el caos y sanaba heridas sin que nadie se lo pidiera.
La voz de la abuela era suave, como si acariciara cada palabra antes de dejarla salir.
—Ella brillaba incluso cuando estaba cansada —continuó—. Había días en que su espalda dolía, en que sus ojos se cerraban solos del sueño, en que su corazón estaba triste… pero igual seguía dando luz.
Yo respiré hondo. Afuera, el trueno retumbó como si la montaña hubiera gruñido.
—Hasta que un día —dijo la abuela, y la llama pareció encogerse con su tono— el cansancio pudo más que ella. El brillo que siempre llevaba comenzó a apagarse. La casa se sintió más fría. Más pesada. Como si la luz se hubiera escondido en un rincón y nadie supiera cómo traerla de vuelta.
Me mordí el labio.
—¿Y qué hizo ella? —pregunté, apenas en un susurro.
—Nada —respondió la abuela—. No porque no quisiera… sino porque ya no podía. Había encendido la luz para todos durante tanto tiempo, que olvidó cómo encender la suya.
La llama de la vela titiló. Mis ojos siguieron su movimiento.
—Entonces —prosiguió la abuela— el hombre que la amaba se dio cuenta, al fin, de algo que había estado ignorando durante mucho tiempo. Descubrió que la luz de ella no era infinita. Que también necesitaba ser cuidada. Que no era justo esperar que siempre brillara sola.
Se inclinó un poco hacia la vela, como si la historia se escondiera dentro de la llama.
—Un día, sin decir nada, él tomó la vela que ella siempre usaba. La que solía mantener encendida cuando todos dormían. La llevó a la mesa, la sostuvo con sus dos manos y… la encendió él primero.
Yo tragué saliva.
—¿Solo eso? —pregunté.
La abuela sonrió.
—Solo eso —dijo—. Pero a veces un gesto pequeño carga más amor que mil palabras. La mujer lo vio hacerlo… y en ese instante entendió que ya no estaba sola. Que alguien la había visto sin que lo pidiera. Que alguien estaba dispuesto a sostener la luz cuando ella no podía más.
—¿Y ella? —pregunté, inclinándome un poco hacia la abuela—. ¿Qué hizo?
—Ella lloró —respondió—. Pero no de tristeza. Lloró de alivio. Porque por primera vez en mucho tiempo, alguien encendía una luz para ella. No para la casa. No para los demás. Para ella.
La vela volvió a temblar, y por un momento pensé que se apagaría, pero se mantuvo firme.
—Mucha gente cree que amar es siempre ser fuerte —dijo la abuela—. Pero a veces amar es darse cuenta de que quien ilumina también se cansa. Que quien sostiene también necesita que lo sostengan. Que quien siempre da… también debe recibir.
Me quedé mirando la llama. Era pequeña, pero suficiente para dar un poco de claridad en medio de la oscuridad más profunda.

La abuela pasó su mano por mi espalda y la dejó descansar ahí, como un abrigo en la tormenta.
—Hijito —susurró—, cuando crezcas y quieras a alguien, recuerda esto: la luz no es solo responsabilidad de una persona. No esperes que quien amas brille siempre. Ayúdala a brillar. Sostén su vela cuando el viento sea fuerte. Enciéndela tú cuando veas que ya no tiene fuerzas.
Mi garganta se apretó un poco.
Pensé en personas que yo también había visto cansarse en silencio.
—Y otra cosa más —añadió, mirándome directo a los ojos—: ser luz también significa cuidar de ti mismo. Porque nadie puede iluminar si está apagado por dentro.
El silencio se llenó del sonido de la lluvia y del suave chisporroteo de la vela consumiéndose lentamente. El olor a parafina quemada mezclado con la humedad del ambiente se quedó flotando entre nosotros.
—No le tengas miedo a la oscuridad —dijo la abuela—. Ten miedo a no compartir tu luz cuando alguien la necesita. Y ten miedo, también, de cargarle toda la oscuridad a alguien que ya no puede con tanto.
Sus palabras cayeron dentro de mí como gotas calientes en agua fría, expandiéndose despacio, llenando espacios que no sabía que estaban vacíos.

La vela seguía ardiendo, aunque la lluvia se intensificaba afuera. La luz bailaba sobre las paredes, como si quisiera decir que incluso la noche más profunda puede llamarse hogar si hay una sola llama encendida.
Me acerqué un poco más a la abuela y apoyé mi cabeza en su hombro.
Ella me abrazó, como siempre hacía cuando quería que mis miedos dejaran de temblar.
—Esa luz que ves allí —dijo señalando la vela— no es solo para iluminar. Es un recordatorio: amar también es encender la vela del otro cuando su mano tiembla.
Asentí, guardando cada palabra en el pecho.
La vela iluminaba la cocina… pero también algo dentro de mí. Algo nuevo, cálido, que no tenía nombre, pero que sabía que me acompañaría por mucho tiempo.
Esa noche, mientras la casa seguía a oscuras, entendí que hay luces pequeñas que alumbran más que cualquier bombilla. Y que a veces, en medio del miedo, de la tristeza o de la lluvia, lo único que necesitamos es eso: una vela encendida por alguien que nos ama… o por nosotros mismos.




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