El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 13

La cocina de los secretos

Cuando terminó el último cuento… yo pensé que los días se volverían silenciosos.
Que la casa de abuela ya no tendría historias escondidas detrás de las ollas, ni enseñanzas apretadas entre sus trapos de cocina. Pero no fue así. Al contrario. Los días parecían querer compensar el final de los cuentos con algo más grande, más real, más vivo: el simple hecho de seguir existiendo a su lado.
Yo seguía yendo a su casa cada tarde, casi sin darme cuenta, casi sin querer detener ese impulso que tenía desde que era pequeño. Era como si mis pies, acostumbrados a caminar ese mismo camino por un año entero, ya no supieran hacer otra cosa.
Iba a clases, volvía. Dejaba mis cuadernos en casa y en lugar de salir a jugar con los demás niños, caminaba directo hacia donde abuela. Como si ella fuera un pequeño faro que me llamaba siempre a la misma hora, sin falta.
A veces llegaba y la encontraba cosiendo, otras veces rezando. Pero la mayoría de las veces, la encontraba cocinando. Y yo… yo amaba verla cocinar. Me parecía que en sus manos había una magia que yo no veía en ninguna otra parte.
La forma en que cortaba la cebolla sin cerrar los ojos, sin llorar.
La manera en que removía el arroz como si le hablara.
La forma en que probaba el caldo y sonreía antes de agregarle un poco más de sal.
Aquello era arte. Y yo, un niño, sentía que estaba frente a una maestra.
Un día cualquiera, mientras el sonido del cuchillo chocaba suave contra la tabla, le dije:
—Abuela… ¿me enseñarías a cocinar?
Ella levantó la mirada. Recuerdo perfectamente cómo me observó con esos ojos suyos que siempre parecían saber lo que yo sentía antes de que yo lo dijera.
—¿Y para qué quieres aprender, hijo? —preguntó con suavidad.
Yo no tuve que pensar mucho.
—Quiero aprender para alimentar a mis hermanos cuando papá y mamá no estén… Cuando sea grande quiero cocinar para los demás. Tal vez… tal vez sea mi manera de quererlos.
Abuela sonrió. Una sonrisa distinta. Más tierna, más larga, como si hubiera esperado que yo dijera eso desde hacía tiempo.
—Si es así… entonces sí te enseñaré.
Y así comenzaron mis lecciones de cocina.
Primero, me mostró lo básico: cómo picar una cebolla sin cortarse, cómo lavar el arroz, cómo freír una papa sin que explote. Me hacía repetir los movimientos una y otra vez, hasta que mis manos aprendían más que mi cabeza.
—Esto es lo primero, hijito —decía—. Lo básico. Lo que te puede salvar de morirte de hambre si algún día estás solo.
Reíamos. Pero yo sabía que había verdad en sus palabras.
Después pasamos a los platos importantes.
A mis favoritos.
A los suyos.
Me enseñó a preparar ají de gallina, y cada vez que lo hacíamos yo sentía que el mundo volvía a tener sentido. Después me enseñó el segundo: un lomo saltado, y luego carapulca. Cuando llegó la parte de los postres, me enseñó a preparar mazamorra, y yo, que nunca había hecho un dulce, me sentí como si fuera un mago.
Así pasaron semanas. Meses.
Y yo seguía ahí, sentado a su lado, viendo cómo su vida se mezclaba con la mía con la misma suavidad con que ella mezclaba los guisos.
Pero no todo era perfecto.
Un día, mientras cocinábamos, abuela dejó el cuchillo sobre la tabla, se sentó en la silla y suspiró. Ese suspiro… no era como los demás. Era un suspiro que tenía historia. Uno que pesaba.
—Te contaré una historia, hijo —dijo sin mirarme al principio—. Una historia real. La historia de tu abuela.
Yo me senté frente a ella. Sabía que algo grande venía. Algo que ella había guardado por años.
—Antes —comenzó—, cuando los viajeros pasaban por este pueblo, yo siempre les cocinaba. Les abría la puerta. Les daba agua, aunque fuera lo último que tenía. A veces prometían regresar con algo para agradecerme… pero yo nunca lo hice esperando nada. Lo hacía porque… porque para eso están las manos: para ayudar.
Yo escuchaba sin moverme.
—Pero no a todos les gustaba lo que yo hacía —continuó—. Las vecinas… decían cosas. Decían que yo cocinaba para mis amantes, que yo abría la puerta a cualquier hombre… que era indecorosa… que me gustaba la atención.
Yo la miré y sentí una mezcla de enojo y tristeza.
—Abuela… —susurré.
Ella negó con la cabeza.
—Hijo, escucha. Cuando haces el bien, siempre habrá quienes te critiquen. Quienes inventen. Quienes te señalen. Las vecinas hablaban… y hablaban… y hablaban. Decían que yo atendía a los hombres porque estaba buscando cariño. Porque era débil. Porque algo quería.
Hizo una pausa larga, mientras sus ojos se perdían en un punto de la pared.
—Pero yo sabía la verdad. Y Dios también. Yo hacía lo que hacía porque alguien tenía que hacerlo. Porque si un viajero llegaba con hambre, ¿cómo no darle un plato? Y si llegaba sediento, ¿cómo no darle agua? Y si alguien necesitaba un lugar para descansar… ¿cómo negar una silla?
El silencio que siguió fue profundo.
Yo sentí que algo dentro de mí se rompía, como si una ventana que nunca había abierto ahora dejara entrar un aire nuevo, frío, pero luminoso.
—Y si tú —continuó con voz firme— quieres aprender a cocinar, quiero que lo hagas por eso. No te pido que lo hagas como yo. No te obligo. Pero si algún día te nace… alimenta a los hambrientos. Ayuda al triste. Da de lo que tienes. Aunque sea poco. Hazlo de corazón… y Dios sabrá cómo recompensarte.
Se quedó callada un momento y luego me sonrió. Esa sonrisa…
Esa sonrisa que hacía que todo valiera la pena.
Los meses siguieron.
Yo seguía aprendiendo.
Ella seguía enseñándome.
Y así, sin darnos cuenta, llegó enero.
El cumpleaños de Ariadna.
El cumpleaños de Elisa.
Las dos nacidas en enero, así que siempre celebraban juntas. La casa se llenaba de risas, de globos, de olores dulces. Mamá las vestía bonito. Papá… aunque indiferente, igual estaba presente. Él siempre fue así: presente por obligación, pero por dentro ausente. Yo ya lo entendía. Ya no me dolía tampoco. Mis hermanitas merecían ese amor. Esa alegría. Esa atención.
Yo, desde lejos, las miraba con cariño.
Eran mis pequeñas.
Y saber que ellas tenían lo que yo no tuve… me hacía feliz.
Pasaron los meses. Volví a clases. Y esta vez, algo hermoso pasó: abuela me acompañó el primer día. Me dejó en la entrada. Me acomodó el cuello del uniforme. Me deseó suerte.
Yo caminé hacia adentro… sintiendo que el mundo era un poquito más amable ese día.
Y así empezó un nuevo año.
Uno donde ya no había cuentos cada fin de semana, pero sí había lecciones reales, vivas, profundas.
Uno donde yo ya no buscaba aprender para escuchar historias… sino para convertirme en alguien.
En alguien que abuela pudiera mirar con orgullo.
Ronal seguía ahí. Igual de travieso. Igual de desobediente. Trepándose a los árboles como siempre. Yo… yo era distinto. Nunca me gustó jugar con los demás niños. Ellos hablaban de juegos, de marineros, de pistolas imaginarias. Yo… yo pensaba en otras cosas.
Pensaba en sobrevivir.
Pensaba en crecer.
Pensaba en no repetir historias.
Pensaba en ser mejor que lo que la vida había sido conmigo.
Y con abuela… siempre, siempre encontraba refugio.




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