El Niño Que Fui, El Hombre Que Intento Ser

Capitulo 14

Heridas de noviembre: memorias de un adiós que llegó demasiado pronto.

Papá llevaba varias semanas viajando. Sus idas y vueltas se habían convertido en una rutina tan silenciosa que parecía no pertenecer ni al tiempo ni al hogar. Era como un reloj viejo que nadie mira, pero que nunca deja de marcar las horas. A veces desaparecía por días; otras, se perdía por semanas enteras. El motivo siempre era el mismo: su mamá.
Decía que estaba mal, que no dormía, que lo necesitaba, que no podía esperar. Y él partía sin dudarlo, con ese impulso casi sagrado que tenía cuando hablaba de ella, como si allí estuviera su verdadera obligación, como si ese amor filial fuera un motor que jamás se cansara ni pidiera explicaciones.

Yo, en cambio, ya me había acostumbrado a su ausencia. No porque no lo extrañara, sino porque la presencia de mi abuela bastaba para llenarlo todo. Ella era como una lámpara encendida en mitad de una noche larga: cálida, suave, suficiente. Sus manos, arrugadas pero firmes; su voz, siempre envuelta en ternura; sus ojos, que parecían guardar la luz incluso en los días más apagados. Mientras ella estuviera ahí, yo sentía que nada malo podía alcanzarme. Con ella todo era sencillo, incluso la felicidad: sentarnos juntos a tomar mate, escuchar sus historias de un pasado que para mí era casi un mito, reírnos de anécdotas que nadie más recordaba.

Pero noviembre llegó con un aire distinto. Traía un silencio extraño, pesado, como si el viento susurrara que algo estaba por romperse.
El 20 de noviembre amaneció igual que siempre: el sol asomándose entre los cerros, los pájaros cantando sobre los techos viejos de calamina, el olor familiar a madera húmeda. Nada advertía la grieta que se abriría ese día.

Yo aún dormía cuando papá entró a mi cuarto y, con esa voz grave que nunca dejaba lugar a dudas, anunció:

—Vamos a visitar a mi mamá hoy.

Y en ese instante, algo dentro de mí se heló.

Un escalofrío me recorrió como un relámpago. El corazón se me desordenó en el pecho, golpeando con una fuerza que no entendía. No quería ir. No quería volver a ese lugar que me llenaba de un miedo antiguo, de recuerdos que me apretaban la garganta. Cada vez que pensaba en esa casa—en los gritos injustificados, en las miradas duras, en esa sensación de no pertenecer—se me formaba un frío profundo en el estómago.

Quise quedarme con mi abuela. Quise abrazarla y sentir su calor como un escudo. Quise que fuera ella quien me dijera que no pasaría nada, como siempre hacía. Pero papá negó con la cabeza. Firme. Inamovible.
Por primera vez en mi vida, me obligaban a ir a un lugar donde yo no quería estar.
Y entonces, como un golpe, me pregunté: ¿por qué siempre que quería ir con ellos me decían que no, y ahora que no quería, me obligaban?
La injusticia me ardió por dentro. Me hizo sentir pequeño, invisible, como si mis deseos no tuvieran peso en el mundo.

Antes de subir a la moto, corrí hacia mi abuela. Mis pies descalzos tocaban la tierra fría de la mañana, y cada paso parecía una despedida que mi cuerpo no sabía explicar.
La encontré en la cocina, de espaldas, arreglando algo que no importaba. Pero cuando me vio entrar, su sonrisa hizo que todo el miedo se detuviera por un segundo.

—Me voy de viaje —le dije, intentando que mi voz no temblara.

Ella me miró largo, profundo, como si pudiera ver lo que yo aún no sabía nombrar. Y con esa serenidad que siempre la rodeaba, dijo:

—Cuídate, hijo. No llores. No dejes que lo que hagan los demás te duela demasiado. Trata de sonreír… sé feliz.

Sus palabras eran suaves, pero dolían. Eran un abrigo y a la vez un aviso.
Me dijo que me cuidara mucho, y yo, con el corazón apretado, le respondí que también, que volvería mañana.
Mañana… una palabra tan pequeña para un destino tan grande.

Subí a la moto junto a papá. El motor rugió, el viento golpeó mi cara y el mundo empezó a quedar atrás. Los cerros se abrían frente a nosotros, y cada curva me hacía sentir más lejos de mi refugio. El camino hacia Llumpa era largo, sinuoso, como si la tierra misma quisiera recordarme que estaba entrando en un territorio donde no tenía control.

Papá no dijo una palabra durante el viaje. Su mirada firme, clavada en el camino.
Yo lo observaba de reojo, buscando en él algún gesto de ternura, algo que me dijera que no estaba completamente solo. Pero su silencio era impenetrable, y me hacía extrañar aún más la voz cálida de mi abuela.

Llegamos a Llumpa alrededor de las cinco de la tarde. El sol ya comenzaba a esconderse detrás de los cerros, estirando sombras largas que parecían presagiar algo oscuro. El aire olía a tierra mojada y a leña quemada, ese aroma triste que siempre anuncia nostalgia.

Apenas entramos, mamá recibió una llamada. Su teléfono vibró como si temblara en sus manos. Cuando escuchó la voz al otro lado, su rostro cambió por completo.

—Tu mamá… —dijo con un hilo de voz— está muy mal… no puede hablar…

Mi mundo se detuvo.

Intenté decirme que era una broma. Una exageración. Un error.
Pero algo dentro de mí—aunque yo no quería admitirlo—sabía que no lo era.
Las lágrimas me ardieron antes de salir. La respiración se me cortó. Sentí un miedo tan grande que mi cuerpo quiso correr, huir, escapar de la realidad como un animal herido.




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