La cajita que me eligió:
confesiones guardadas para un corazón roto
Al día siguiente desperté con el corazón hecho trizas. No había amanecido aún, pero yo ya estaba despierto, con los ojos ardiendo y la respiración pesada, como si la pena me presionara el pecho desde dentro. Abrí lentamente los ojos, esperando verla, escuchar su voz llamándome desde la cocina, preparando el desayuno, moviéndose por la casa como siempre lo hacía. Pero no hubo nada. Solo un silencio espeso, frío, insoportable.
Ese silencio fue lo primero que me golpeó: un silencio que no sonaba a descanso, sino a ausencia. A ese tipo de ausencia que arranca cosas de raíz.
Me levanté y caminé hacia su casa casi sin pensarlo, atraído por un reflejo que aún creía que ella estaba ahí. Y cuando llegué, lo supe. Lo supe con una certeza brutal: ya no había nada. Su casa, que siempre estuvo llena de vida, de colores, de flores, de risas que salían como campanas, ahora era apenas un eco vacío. Un cascarón.
Me senté donde siempre me sentaba con ella, en esa misma manta, en ese mismo rincón donde me enseñaba historias que inventaba mientras tejía. Me acomodé igual que antes, como si al adoptar la misma postura ella fuera a aparecer sentada a mi lado, sonriendo. Como si fuera a tocarme la cabeza y decirme que todo estaba bien. Pero no.
Ese día solo me acompañó el silencio.
Un silencio desesperador, que no daba tregua.
Miré la casa entera, y sentí que se derrumbaba algo en mí. Me pregunté dónde estaría ella ahora. Si estaría sonriendo, si estaría riéndose en el cielo con su voz dulce. Si me estaría hablando desde algún lugar y yo, torpe, sin poder escucharla.
Pasé así horas, hundido en esa tristeza que no tiene fondo, sintiendo que me quedaba solo en el mundo. Solo. Sin nadie que se preocupara de verdad por mí. Sin esa única persona que, aun sin tener mucho, me daba todo.
Porque así me sentía: abandonado.
Por la vida.
Por la muerte.
Por todos.
Entonces comenzaron a llegar ellos: sus hijos. Sus voces rompieron la poca calma que había. Marina y los demás entraron como si fueran inspectores, como si su mamá fuera solo una casa vacía que había que desarmar. Apenas cruzaron la puerta ya estaban diciendo que había que sacar sus cosas. Quemarlas, repartirlas, decidir qué se quedaba y qué no.
Yo los miraba con rabia, con un rencor nuevo que me sorprendía por lo fuerte que ardía en mí.
Algo que nunca olvidaré, algo que detesté con cada parte de mi corazón, fue la manera en que comenzaron a pelearse por las cosas de mi abuela.
Por sus terrenos.
Por sus utensilios.
Por su ropa.
Por todo lo que ella había conseguido en toda su vida, poco o mucho, lo que para mí valía oro porque era de ella.
Los vi discutir por sus polleras, esas que ella bordaba a mano y que guardaba con tanto cariño para “ocasiones especiales”, aunque nunca se las puso. Los vi querer llevarse su aguayo, sus chales, sus mantas, sus cojines, incluso esas cosas nuevas que ella guardaba en un baúl que apenas abría.
Y con cada objeto que desaparecía, sentí que ella se alejaba un poco más de mí.
Como si la estuvieran borrando.
Desarmándola.
Desapareciéndola pedazo por pedazo.
En ese caos de voces y manos revisando cada rincón, entré a su habitación. La luz era tenue y la sombra de la ventana se proyectaba sobre la cama como si aún estuviera ahí. Me acerqué despacio, con el corazón latiendo de miedo a encontrar algo que me rompiera aún más.
Y fue ahí donde la encontré: la cajita.
La cajita de la semana cuatro.
Esa misma que ella me había mostrado una vez, contándome que ahí guardaba cosas importantes, “cosas que se guardan donde nadie sabe pero que el corazón no olvida”.
Era pequeña, de madera vieja, con las esquinas gastadas por los años.
Y encima, tallado con sus manos torpes pero cariñosas, estaba mi nombre.
Junior.
Mi pecho tembló.
La agarré como quien rescata algo sagrado. La apreté contra mi corazón, sintiendo que ese era el último abrazo que ella me dejaba. Me la llevé sin pensar. Lo demás no me importaba. Ellos podían quedarse con todo lo que quisieran, con lo que nunca valoraron.
Yo solo quería aquello.
Su mensaje para mí.
Su última muestra de amor.
Y mientras escuchaba de fondo las voces de sus hijos discutiendo por terrenos y cosas que nunca cuidaron, yo los comencé a odiar.
Sí, odiar.
Odié la avaricia humana.
La miseria que sale a la luz cuando alguien muere.
La indiferencia con la que desarmaban la vida de una mujer que lo dio todo.
Ese día detesté al ser humano.
Lo detesté de verdad.
La casa se fue vaciando lentamente. Cada objeto que desaparecía dejaba un espacio frío, un hueco más profundo. Hasta que todo quedó casi desnudo. Sin embargo, hubo algo que nadie se atrevió a tocar: su jardín.
Ese jardín de flores que ella cuidaba como si cada pétalo tuviera alma. Nadie lo quiso, nadie lo valoró… excepto mamá. Ella no se llevó nada más. No agarró ropa, ni mantas, ni utensilios. Solo las flores.
Las recogió con cuidado, con respeto. Las puso en un balde como quien carga tesoros, y dijo que no iba a dejarlas morir ahí. Que las llevaría a casa para cuidarlas. Para mantener viva su presencia.
Esa fue la única acción humana que vi ese día.
La única que me sostuvo el corazón.
Esa tarde me senté con la cajita entre las manos, sintiendo todavía el ardor del llanto. La abrí con miedo, con temblor, con un dolor que parecía hacerse más grande cuanto más la miraba.
Adentro, sobre hojas amarillentas, aparecieron trece sobres.
Trece
Escogidos, ordenados, escritos con una pulcritud que ella solo usaba cuando algo era sagrado.
Tomé el primero.
Tenía mi nombre.
Mi nombre escrito por ella.
Y lloré.
Lloré sin contener, como si la tierra hubiera colapsado en mi pecho.
CARTA 1 “Cuando llegaste a mi vida”